lunes, 9 de mayo de 2011

Mas allá de lo ‘auténtico’: las estrategias de la creación musical latinoamericana
(Rock latino, nuevas músicas o músicas actuales de América Latina,
hacia una definición… o apreciación VI)

'Fusión', 'hibridación', 'apropiación' son algunas de las palabras que he mencionado frecuentemente en esta serie sobre músicas actuales de América Latina, para caracterizar de manera general las estrategias creativas que más me interesan. En esta última y más amplia entrega, quisiera profundizar en qué se traducen tales palabras, analizando cómo funcionan estos y otros 'mecanismos' en el desarrollo de los múltiples y particulares sonidos de Latinoamérica

Y no me refiero -ni me enfocado, en ningún caso- a las mezclas de géneros como receta pintoresca y sabrosona. A esos intentos se les suele ver las costuras, se les siente el oportunismo en un empaquetamiento de ‘tercer mundo’ demasiado visible, demasiado ‘very autoctonal’ para tomarse en serio. Apelan, además, a un consumo condescendiente y marginal, que nada tiene que ver con el impacto en lo musical y en las estrategias de creación, que considero tienen gran parte de los sonidos generados en la región. 
 

Ciertamente el mercado de la música ha aprendido a absorber sonidos ‘latinos’, si se tiñen de tintes tropicales y exóticos, y pasan bien con cerveza y ganas de baile. De ahí las bromas que juegan Los Amigos Invisibles titulando sus discos: A Typical and Autoctonal Venezuelan Dance Band, The Venezuelan Zinga Son o Commercial, con el que –como para remarcar su ironía-, ganaron un Grammy nada menos que en la categoría Mejor Álbum de Música Alternativa.
 


 

Pero las músicas que me interesan, Amigos Invisibles incluidos, no encajan tan fácilmente en esas etiquetas, como lo evidencia la guitarra de José Luis Pardo, al final del video, o la presentación de David Byrne. Incluso en aquellas más cercanas a lo ‘caribeño’, resulta muy difícil listar los ingredientes de la fórmula, siempre hay algo –o mucho- que se escapa.
 

Cuando Kevin Johansen comenzó a darse a conocer en España, la prensa no paró de preguntarle acerca de qué tipo de música tocaba. “Soy un desgenerado”, declaró él, como librándose de rótulos y hasta hoy extiende la broma, inventando curiosos nombres como milonga subtropical, cumbia flamenca, celtic sambarera o rumbita amilongada, para esos temas imposibles de demarcar, como "La Procesión", suerte de rumba con aires de milonga, funky, cumbia, pop rock, con lírica de tango revertido. 



Hijo de madre argentina y padre estadounidense, nacido en Fairbanks y ahora radicado en Buenos Aires, pero con tiempos de residencia en San Diego, Colorado, Arizona, Nueva York y  Montevideo, Johansen destaca siempre por su mestizaje lingüístico y estilístico. Pero lo que me resulta más atrayente es la carga subversiva y libertaria de ese eclecticismo.
 

Obedeciendo únicamente al concepto que desea expresar; no a géneros o estilos, sino a lo que exige la canción como obra integral, su lírica cargada de humor e ironía  recalca lo que ya muestra con contundencia y riqueza a través de sonoridades. Los sonidos se sienten surgen de antemano fundidos, porque apelan a la raíz –común, complementaria o totalmente contrastada- de esos ritmos y estilos; no sólo cultural o musicalmente hablando, sino también en lo emotivo.
 

Es esta visión la que creo permite a ciertos artistas tirar de un hilo común de tristeza o lamento, por ejemplo, encontrándolo indistintamente en el blues, el tango o la ranchera. Es algo de esto lo que sostiene los temas de San Pascualito Rey: sus integrantes entiendieron que la forma de darle intensidad a su 'trip hop' retorcido es cargarlo del dramatisco en la vocalización que tiene un bolero o una ranchera.  
 


 

Y es que, más que un cóctel de géneros con sombrillita incluida, en estas músicas siento una ‘consustanciación’ de repertorios culturales. Hay sonidos y ritmos, sí, pero también imaginería, timbres, atmósferas e idiosincrasias, que no sería posible concertar de manera tan orgánica, si no se hubieran vivido y digerido así: a veces yuxtapuestos, a veces entrelazados, a veces contrapuestos. Elementos conviviendo con más o menos tensión, que son destilados en algo distinto y propio, con la calidad artística que alcance el talento y la sensibilidad de cada quien.
 


 

Los ‘Tacubos’, por ejemplo, no sólo encontraron una forma original y efectiva de cantar rock en español -o chilango- y sacarle partido al idioma en términos melódicos y rítmicos, intercalando timbres y estilos de fraseo. Con letras de humor agudo e inteligente, un eclecticismo llevado al máximo, y un dominio notable de la vocalización del español, Café Tacuba logra un peculiarísimo rock-pop que bien podría interpretarse casi como encarnación de las ‘culturas híbridas’, hasta en temas tan experimentales como los instrumentales de Revés/ Yo soy (1999).
 


 

Sus temas parecieran contener un reconocimiento de las diferencias que conviven en el territorio -culturales, étnicas, sociales, temporales, estéticas-, y lograr su integración sónica, a través de una gran paleta de instrumentaciones y la incorporación de géneros y estilos, que pueden sucederse no sólo de un tema a otro, sino en una misma canción. De hecho, las inflexiones producidas por el cambio radical, pero expresivo de un género a otro, son las que dan fuerza a muchos de los tracks, como “El Ciclón”, incluido en el anterior post, o su versión de “No controles”, del que hablé en la nota “Covers que reinventan canciones”. Aunque con los años quizá han matizado la fusión más explícita con folklore, su sello se mantiene inconfundible incluso en los cortes más clásicos, vanguardistas o pop. 
 


 

Y creo que gran parte de la singularidad de las músicas actuales de América Latina, tiene que ver con cómo allí han convivido y todavía conviven, no sólo músicas, sino modelos y formas de aprehender la realidad, racional, cultural y emotivamente hablando. No se trata de que en Latinoamérica veamos desaparecer doncellas en el aire, cual Remedios La Bella, como hace unos días me ironizaba un profesor de literatura, aquí en España, tratando de relegar a artilugio exótico -comercial y extemporáneo- el realismo mágico de García Márquez. Se trata de entender cómo un latinoamericano es capaz de vivir y funcionar entre múltiples modelos, entre diferentes formas de ver y sentir la realidad, igual de válidas según el contexto.
 


 

Si para vivir la ‘espiritualidad’ en tiempos coloniales se tuvo que generar y experimentar uno de los sincretismos culturales más intensos que haya visto el mundo, sin recetas ni medidas para las mezclas; creo que en América Latina hay una disposición natural, vital y hasta involuntaria para ver y experimentar sincronías, paralelismos, articulaciones y diálogos posibles entre lo diferente, y para hacer que el resultado se asemeje –y no- a lo no semejante, como esta décima metalera del panameño Cienfue.    
 

Systema Solar no une samplers de música folklórica o popular sobre una base de house. Traducen lo que en el Festival Sonar se entendería como una experiencia de éxtasis ‘ultramoderno’, entre laptops, mc’s, vc’s y scratching, a la efervescencia de una fiesta callejera de pueblo, de igual poderío hipnótico: la Berbenéutika. 



En un espectáculo audiovisual de inmersión, inspirado en los gigantescos sistemas de sonidos que se usaban en las verbenas de vecinos, los llamados ‘pikos’ –y vale recordar los soundsystem jamaiquinos y su importancia en el nacimiento del dub-, Systema Solar logra el trance destilando y potenciando la intención de arrebato y descarga del hip hop, el house, el techno y el break beats, a través de la esencia tribal y conexión corporal de la champeta, el bullerengue o el fandango.

Y no es que echar mano de ritmos ‘originarios’ sea la única manera de tocar electrónica auténticamente colombiana. Me asusta la palabra ‘autenticidad’, porque se acerca demasiado a ‘pureza’, a polvo e inmovilidad museística. ¿Y quién podría ser un sujeto puramente latinoamericano, colombiano, chileno, venezolano? Ninguno puede suponerse puro, anterior a la colonización o a tantas otras conquistas y movilizaciones que se dieron y se siguen dando en el territorio. Ninguno es casto de influencias, porque eso significaría desconocer las mezclas que lo conformaron.
 


 

Me gustan estas músicas porque en lugar de asumir un ‘postcolonialismo’ como una resistencia por conservar lo que se cree hubo, o a la recuperación nostálgica de un comienzo sin desencuentros, ilustran precisamente a sujetos híbridos, en parte integrados y ciertamente al día respecto al mundo que habitan, pero también con la rebeldía e inconformidad necesaria para innovar y seguir buscando.  

Estas sonoridades parecen provenir de artistas orgullosos, pero igualmente insatisfechos, curiosos e inquietos, por lo que no se cierran a las influencias internas o externas, sino que se las apropian dándole un sentido personal y creativo. Desarrollan así conceptos que incluyan o no un posicionamiento combativo expreso, ya involucran subversión y resistencia al evidenciar creatividad, movilización y criterio propio. A veces hasta logran mostrar –o al menos a mí me divierte pensar- las tensiones y contradicciones que también nos habitan.
 


 

Así quizá puede interpretarse el ‘jazz’ de la banda colombiana Puerto Candelaria, con sofisticación y vuelo para los arreglos y la improvisación, pero donde el virtuosismo se coloca en función de las ideas y experiencias que los han hecho quienes son y los diferencian de músicos de cualquier otra parte del mundo. En ese sentido, van más allá de academicismos o exigencias de género, dándose permiso para el humor o para ‘desafinar’ estratégicamente, como sucede en el maravilloso "Porro Lateral", una suerte de homenaje a esas bandas de pueblo en el interior colombiano, con músicos viejos e instrumentos antiguos y oxidados, pero con una energía equiparable a la de las leyendas de Nueva Orleans en el Preservation Hall, antes de Katrina.
 


 

No se trata, pues, de respetar una ‘autenticidad’ inamovible, ni una supuesta ‘identidad’ pura o autocontenida. Tampoco de agarrar un elemento de color, un toque exótico que llame la atención, o de practicar arqueología chauvinista para parecer comprometido con la nación y las raíces. Se trata de ‘fidelidad’ y ‘consistencia’; de ser fiel y consecuente con lo que se siente, lo que se es, lo que se piensa, y con lo que se quiere expresar, lo que exige la música y el concepto de cada uno de los temas. En ese sentido, Puerto Candelaria y Choc Quib Town hacen música tan colombiana como la de la folklorista Totó la Momposina; y todos los que he mencionado en esta serie, hacen tanto rock, jazz o nuevas músicas, como Radiohead o Arcade Fire.
 


 

Agrupaciones como el colectivo binacional Bajofondo se apalancan en lo que efectivamente forma parte de su mapa genético musical, volviendo porosos los límites nacionales, étnicos y genéricos estancos, o más bien evidenciando algo que siempre ha pasado con las creaciones culturales: están vivas más allá de lo que digan constituciones, fronteras o definiciones académicas. Un buen ejemplo es la cumbia que se ha extendido con distintos rostros a lo largo de todo el continente, o la misma milonga, presente y vital en todo el sur del sur, como bien han sabido entender y aprovechar los nuevos cantautores de la cuenca del Río de la Plata, de quienes he hablado en varias notas sobre ‘templadismo’. 
 

Liderado por Juan Campodónico y Gustavo Santaolallauno de los productores artífices del rock latino, investigador de músicas regionales desde su juventud con Arco Iris, el proyecto De Ushuaia a la Quiaca con León Gieco, y premiadas producciones en solitario-, Bajofondo no sólo acerca el tango a la música electrónica, como pudieran hacerlo Gotan Project y otros agrupaciones que suenan en cuñas publicitarias. En sus temas, el tango, la milonga, el candombe y la murga se sienten consustanciados, no sólo con la electrónica y el hip hop, sino también con 40 años de ‘rock nacional’ y el pop de los 60 y 70, que también los alimentaron.
 


 

Lo que comenzó como una experimentación en el rompedor proyecto discográfico Bajofondo Tango Club (2002), se ha templado en el fuego del directo como banda binacional de virtuosos, que descargan con fuerza rock y pasión tanguera. En Mar Dulce (2007), un disco grabado en vivo, como lo hacían las antiguas orquestas de tango, mirándose y escuchándose; el poder agitador de “Pa bailar”, por ejemplo, está en la acertadísima fusión de un beat sesentero con la violencia rítmica de Juan D’Arienzo, a quien bien llamaban “el rey del compás”.
 

Y los sonidos se sienten fundidos porque la composición no se hace en función de lograr una hibridación exótica, un collage atractivo. Es la mezcla la que se coloca en función de la obra compositiva, y no al revés. Se acude al mestizaje sólo porque el mensaje lo exige -aunque éste sea algo aparentemente tan simple como la fiesta-; porque se quiere expresar algo que no podría decirse de otra manera con el mismo efecto.
 

El rock latinoamericano nació con su componente de enfrentamiento generacional. Pero a lo largo de los años aprendió a mirar atrás –como al lado y adelante- no para imitar, sino para construir y reconocer su propio rostro. Cuando estos músicos vuelven a sus antepasados, siento que lo hacen para encontrar aliento y empatía en la búsqueda más espontánea, como personas cercanas a la vida, vulnerables y dispuestas a dejarse permear. El grupo chileno Los Tres, a mi juicio una de las bandas más consistente y original de los noventa -poco difundida fuera de Latinoamérica-, ganó mucho de esta visión liberadora al pasado.
 


 

Iniciándose en las lides del rock más clásico y el rockabilly, Los Tres –en realidad un cuarteto- encontraron su particularidad y fuerza estética echando mano de la herencia de Roberto y Lalo Parra (hermanos de Violeta y Nicanor Parra), y de la llamada ‘cueca chora’. Hablo de la música que nació en los burdeles y fondas de puertos como San Antonio, cuando los músicos locales, entreteniendo a los ‘gringos’ que llegaban de San Francisco con jazz, fox trot y charleston, terminaron reconfigurando las cadencias populares más callejeras.
 

Grandes virtuosos en sus instrumentos –como puede verse en el Unplugged de MTV-,  Álvaro Henríquez, Ángel Parra, Roberto Lindl y Manuel Basualto -antes Pancho Molina-, se dejaron influir también por la actitud inquieta de estos monstruos populares. Asumiendo que en la música no hay categorías absolutas que defender o estabilizar -como ya lo había mostrado la primera generación de los Parra, con su jazz huachaca, sus cuecas choras o su nueva canción chilena-, Los Tres asumieron todo aquello únicamente como nociones para crear; no sólo como referentes que respetar, sino como plataformas de impulso para inventarse su sonido, donde confluyen y dialogan tiempos, espacios, técnicas y ritmos.
 


 

Lograr una particularidad sonora amerita, pues, curiosos procesos de cesión y revaloración, en muchos casos bastante inconscientes y no siempre expuestos de manera obvia. Cuando el argentino Lisandro Aristimuño sacó su primer disco, Azules Turquesas (2004), a la crítica le sonó a Patagonia. Y ciertamente nació en la provincia de Río Negro. (Antes aquí publiqué varias notas de Lisandro Aristimuño)
 


 

Pero lo interesante era que su ancla telúrica provenía, no tanto de la forma de rasgar la guitarra, de su voz quebrada, o de que a veces apelara a cadencias folklóricas. Lo que lanzaba el cable a tierra, a sensaciones de naturaleza, clima y temperatura, eran las atmósferas envolventes de sus canciones, logradas, paradójicamente, con las texturas electrónicas que aprendió a crear para poder tocar sin banda, cuando recién llegó a Buenos Aires.
 


 

En ése y sus discos posteriores, melodías mántricas, cual postales de llanuras sin fin, se revisten de matices y sonoridades superpuestas de voz, arreglos de cuerdas y vientos, ruidos y loops, muchas veces a modo de contrastes y guiños entre campo y urbe.  Como neucantautor de juegos armónicos nada inocentes, resulta especialmente asombroso en directo y fascinante en su set solo, debido a su capacidad de mezcla improvisada, su arte para reinventar cada tema cada vez, y para construir en escena, capa sobre capa, toda una orquestación con sólo guitarra, pedalera y voz.
 


 

Algo similar, pero con distinto resultado estético, pasa con el joven chileno Chinoy. Por su fuerza lírica y guitarra de palo, lo catalogaron como folk punk –relacionándolo con Gepe, Camila Moreno o Nano Stern-. El detalle es que él nunca tuvo escuela folklórica y, de hecho, comenzó a descargar canciones en crudo y sin banda, en los bares de Valparaíso durante 2007, simplemente por la necesidad trabajar. “Era eso o ser mesero”, me confesó en una entrevista, publicada este mes de abril, en la revista RockDeLux. Y aunque hoy participe en festivales nu-folk o comparta escenario con Inti Illimani, su propuesta es más simple y a la vez más profunda -por esencial- que una ‘actualización’ del folklore.



El fervor con que empuña la guitarra, golpea la madera, rasga furibundo las cuerdas y enhebra metáforas, tan agudas y ásperas como su voz, lo acerca, más que a las cadencias y técnicas del folklore chileno, a la esencia telúrica, popular y callejera de toda música de raíz. “Tiene que ver más con el mundo, con el flamenco, el blues... Uno toma un sonido y al pasar por ti es transformado y sacado adelante de otra manera, que sólo debería llamarse Chinoy”, me comentó. 

La máxima quizá debería aplicarse no sólo a él, sino a todos los músicos y bandas que en esta serie sobre músicas actuales de Latinoamérica he mencionado. ¡A su salud!

*Ésta es la sexta y última entrega de una serie sobre rock y músicas populares contemporáneas de América Latina, que consta de las siguientes entradas: 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Menudo artículo!
¿Te estabas reservando lo mejor para el final?
Ahora me dejaste con ganas de más.
En serio muy interesante lo que planteas sobre las diferentes formas de apropiación.
Creo que tienes razón con eso de que los latinoamericanos vemos conexiones entre diferentes cosas. Y si eso lo usamos creativamente, con un buen concepto, surgen temazos.
Lo del ser “auténtico” es otra cosa. Con esa excusa uno ve cada bodrio. Hay que salir de los estereotipos.
Salud por los que se arriesgan a inventar.
Nacho

SUSANA FUNES dijo...

Gracias, Nacho, qué bueno que te haya dejado con ganas de más.
Y, sí, concuerdo contigo respecto a los bodrios que se venden como “auténticos”.
Lo más terrible es que en algunos lugares eso es lo que se conoce de Latinoamérica. Muchas personas, incluso entre las que se supone saben de música, se quedan en la versión estereotipada y hueca, no sé si porque no tienen mayor acceso, o se autolimitan por prejuicios.
De ahí la idea de este artículo y de toda la serie, para profundizar en las propuestas que sí tienen con qué pegar, y consistencia para trascender.
Quería compartir cosas que considero valiosas y dar algunas pistas para su apreciación.
A ver cuántos se dejan conquistar ;-)

Anónimo dijo...

Interesante. Me has mostrado algunas bandas que aquí no se conocen de nada.
Me preguntaba qué piensas acerca de los grupos españoles y como han llevado este proceso de apropiación del rock.
¿Te parecen mejor las que hacen hibridación con flamenco y así? ¿O cosas como Manu Chao?
A mí eso me parece horrible. Creo que hacemos mejor rock rock, más puro.
Raúl desde Madrid

SUSANA FUNES dijo...

Gracias Raúl por tu interés. Me alegra mucho haberte podido dar algunos datos de bandas que te puedan gustar.
También muchas gracias por tu pregunta. La respuesta da para otra serie de post, pero no me voy a escabullir y trataré de darte una respuesta breve ahora.
No sé a qué te refieres con “rock rock, más puro”.
Una de las cosas que hay que recordar es que el rock nació mestizo, y así ha ido evolucionando (algunos dicen que ha muerto, pero yo creo que ha ido mutando y reproduciéndose. Y mejor, porque así tenemos más música).
Como habrás visto en la serie, no tengo una posición muy cerrada en cuanto a definiciones de género. Creo que las etiquetas son útiles cuando ayudan a describir y apreciar matices, pero son molestas y odiosas cuando limitan la creatividad.
En todo caso, no creo que haga falta hacer una mezcla evidente con ritmos folklóricos o populares de la región para hacer rock español, como me dices del flamenco.
Hay mezclas así a las que, como decía en este post, se les ven las costuras.
Creo que la cuestión está en que la música pase por ti (el rock o cualquier otro género o subgénero), y al pasar por ti, dejar que se impregne de todas las cosas que te han hecho quien eres: músicas, culturas, entornos…, que sean útiles para el concepto o emoción que se quiere compartir.
Eso se hace evidente en grupos como Pony Bravo.
Ellos sí tienen algo de flamenco, pero es más un aire que se cuela, que un motivo o una referencia. Se nota va saliendo de forma natural (lo que no quiere decir que no hayan tenido que trabajarlo mucho, ni pretende obviar sus talentos particulares).
También se respira un sentido del humor y cierta personalidad que podría identificarse con el sur de España, pero no se siente estereotipado ni forzado, y todo viene revestido de tantas cosas más (como dub, reggae, etc.), que se hace imposible ponerle una etiqueta tradicional a su música. Efectivamente creo que su “psicodelia” sólo debería llevar el nombre de Pony Bravo.  
Por mencionar una propuesta más joven, me parece notable el rock-blues-rockabilly hipnótico de Guadalupe Plata. Ésta es mi nueva gran apuesta de exportación.
Y otra psicodelia muy particular es la de Cuchillo (en este blog ya he publicado notas de Cuchillo, incluyendo una entrevista).
Su propuesta es totalmente diferente a la de Pony Bravo, cantan mayormente en inglés y sin embargo se siente algo muy peculiar en ese vuelo experimental como de Led Zeppelin, pero con armonías nice tipo The Beatles y Beach Boys, más su ingrediente secreto.
Creo que Pony Bravo y Cuchillo son las dos propuestas más contundentes, distintas y distintivas de psicodelia española. Ahora toca ponerle oído a Guadalupe Plata.
Salud por ellos y por lo que viene!

Jesús Nieves Montero dijo...

Brutal la selección y muy interesante la reivindicación de Los Tres que quedaron en la percepción de la historia del rock chileno como bloqueados por Los prisioneros y La ley.

Su, su, su: ¡Buen artículo!

SUSANA FUNES dijo...

Gracias, Jesús, qué bueno que te haya gustado la selección. Mira que es tan difícil...
Y de Los Tres, es cierto, lastimosamente tuvieron un perfil más bajo, pero para mí ha sido una de las propuestas más valiosas, originales e interesantes, no sólo de Chile, sino de Latinoamérica. Vale la pena la revisión.