Sí, nació como un festival de música y, coincidiendo con el inicio del verano, durante su realización la ciudad toma un aire que a cualquier venezolano le recordaría a Choroní, solo que en lugar de tambores proliferan los beats.
Sin embargo, el Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sónar, no es una simple fiesta juvenil o, al menos, no es lo único que pretende.
Se vende como el encuentro del arte sonoro y visual que captura las últimas tendencias. No lo es siempre, ni en todo su cartel, pero el discurso ha calado y no sólo en las masas de fanáticos de los ritmos frenéticos o experimentales, que agotan las entradas y, consecuentemente, llenan los bares, restaurantes y hostales.
Así, aunque gran parte de los lugareños se esfuerza por huir a toda costa del centro durante su realización –los periódicos publican notas sobre “cómo sobrevivir al Sónar”- otros sí han visto las posibilidades de negocio y buena imagen que el festival puede tener, tanto para los comercios como para la ciudad en general.
En 15 años de vida, el Sónar ha pasado de ser un evento modesto y underground, a uno de los festivales más destacados y grandes de Europa, con un presupuesto que en esta edición superó los cuatro millones y medio de euros.
Ciertamente la mayor parte provino de las propias arcas del festival, pero 30 por ciento fue aportado por patrocinantes privados, y 10% por el mismo ayuntamiento y otros entes gubernamentales, que suscriben su discurso como queriendo creer -y capturar para sí- la idea de ser el centro de lo más innovador de la cultura urbana.
Con tal padrinazgo, el festival inunda no sólo pequeños espacios marginales de un museo o una plaza, sino las salas de los entes culturales más importantes de la ciudad:

Se trata pues de un encuentro que, con mayor o menor tinte fiestero, del 19 al 21 de junio contó con 174 actuaciones, entre conciertos y sesiones de DJ’s; 15 instalaciones; 174 obras de arte digital y musical; 65 piezas audiovisuales; y 12 ponencias, además de una feria discográfica y editorial.
Todo estuvo a cargo de 505 artistas de 32 países, interconectados por una radio que transmitía en vivo lo que pasaba en cada tarima, y que ahora pretende convertirse en escenario permanente del festival.
Edición femenina…

La violencia de género sigue siendo un problema en España pero, para el festival, artistas y músicas catalogadas por los organizadores como “femeninas, feministas y feminizantes” fueron convocadas para mostrar lo que ellos denominan su “lado más sentimental y vulnerable”, al mismo tiempo que pronunciaban los discursos sociales y políticos más combativos del encuentro.

Pero allí estuvieron, por ejemplo, las integrantes de Yo Majesty, para enfrentar el pretendido machismo del hip hop; la newyorkina Tara de Long, con su denuncia a la presión y manipulación mediática; los rapeos incendiarios de Norhern State y Kid Sister; y el avant-pop histriónico de la exMoloko, Róisín Murphy, de lo mejor del festival.
…e intercultural

Y en este sentido, aunque el Sónar sí albergó una interesante muestra de Europa y Estados Unidos, de Latinoamérica la oferta fue comparativamente escasa. En la parte musical, de Venezuela sólo participaron las DJ’s Sharon Shael y Virginie, esta última radicada en Barcelona; y como gran estrella únicamente se promocionó al chileno Ricardo Villalobos.
La intención de intercambio con el continente africano también tuvo sus tropiezos. Se convocaron a tres interesantes muestras del fenómeno llamado “Third World Beats”: Buraka Som Sistema, representantes del Kuduro, ritmo surgido como escapismo juvenil tras el fin de la guerra civil angoleña; DJ Key, que introdujo la cultura hip hop en Marruecos; y Konoko No. 1, referencia del sonido “congotronics”, el nacido de la introducción de sonidos electrónicos en el bazombo, la música tradicional del Congo.
Sin embargo, los nuevos requerimientos de visados para entrar en la Unión Europea dejaron a este último grupo varado en Kinshasa.
El encuentro evidenció –y sufrió- así las contradicciones de una Europa que intenta estar unida y reconoce tangencialmente los beneficios de la inmigración –al aumentar las tasas de natalidad y la fuerza de trabajo-, pero que todavía teme, se atraganta y no sabe muy bien cómo conciliar las bondades del intercambio y la hibridación, con la protección de lo cultural, social y, sobre todo, económicamente “autóctono”.
Del bastardismo


1 comentario:
Me gustó la reflexión que sacaste del Sonar: esa contradicción de la Europa que intenta estar unida y reconoce los beneficios de la inmigración, "pero que todavía teme, se atraganta y no sabe muy bien cómo conciliar las bondades del intercambio y la hibridación".
D.
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