domingo, 29 de junio de 2008

Camille’s hole: cuerpo, juego y soul

Si algo se le da bien a Camille son las entradas. Apenas llegó al encuentro con los periodistas, en el marco del Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sonar 2008, se apropió del micrófono. Una sucesión de ruiditos percusivos, simulación de animales y vocalización operática, dejó a la jefa de prensa inerme para presentarla. Pero ya no hacía falta más.

Y al día siguiente cuando la artista francesa entró, cual caperucita naranja colándose al castillo de caramelo, el Palau de la Música Catalana, sólo hicieron falta unas palmas y una línea de voz para arrojarnos rápidamente a su agujero de experimentación… vocal, dirían algunos, aunque su música o, más bien, su arte, sale de mucho más que del agujero de su boca.

Music hole se llama precisamente su último disco o, mejor, su proyecto performático.

“Está en un CD porque es la forma como empieza la industria”, aclara ella. Pero se trata más de un espectáculo visual y de escenario, que envuelve percusión, palmadas en casi cualquier parte del cuerpo, pisadas, repiqueteos, juegos vocales y mucha interacción con el público.

“Mi música, más que de estudio, es de espacio y de momento. Es una experiencia de laboratorio, física y vital”, precisa la parisina de 30 años de edad. Intenta, sí, renovar y retorcer el concepto de music hole como espectáculo y, en ese sentido, conserva lo juguetón y lo sensual del cabaret. Pero, dice ella, se adentra a espacios mucho más íntimos, “a través de lo que nos queda: lo orgánico, lo físico y el cuerpo, para llegar a lo que nos viene del fondo del alma”.

Music hole se refiere, pues, “a la forma femenina, donde las cosas empiezan y terminan”, pero también a lo que sale de cada uno de los agujeros de su cuerpo: “no sólo es mi garganta y mi boca, sino también mi nariz”, aclara marcando ritmos con su respiración, “es cada uno de los poros de mi piel, es mi ombligo y también lo que sale de aquí”, señala su vagina al son de un gemido “… y de acá”, simula con una trompetilla lo que podría salir de su trasero.




Traviesa, poderosa y sensual

Con ese espíritu juguetón descarado es como Camille saca el mejor provecho a su particular voz, por momentos con fuerza operática y energía de soul, para luego pasearse por la dulzura de una chanson francesa, o terminar transformándose en una caja de ritmos y efectos especiales.

La han comparado con Björk, Fiona Apple, Pj Harvey y Edith Piaf. Pero su sonido va mucho más allá de la interpretación de una melodía. Se adentra en las texturas, en los patrones rítmicos, en las onomatopeyas y hasta en las particularidades del idioma, para convertir palabras y fonemas en matrices de sonido que envuelven y seducen, invitando a participar a todos –con mayor o menor tino para dar el golpe- en su experimentación.

Así, sin más instrumentos que un piano y la percusión corporal del grupo brasileño Bartuquedes, Camille construye, por ejemplo, una atmósfera de bossa con unos cuantos periódicos y una bandeja de agua. En otros temas es una cuerda que gira o una tela. Y en el contrapunto de voces puede resonar, bien una llovizna, bien un zoológico.




Experimentación orgánica

Aunque estamos en el Sonar, no hay tecnología. Pero sí experimentación. Las gargantas, manos, piernas y pechos son los samplers que recuperan lo orgánico y tribal de los loops. Las palmas y los saltos conforman el contundente muro percusivo sobre el cual se monta el llanto ronco de “Home is Where it Hurts”.

Ella procura que nadie se quede sentado, que todos entren en su beat con palmadas, patadas y fonemas. Marca el paso con sus botas negras. Salta, se retuerce en el escenario, se divierte, se golpea y la golpean como el cuero de un tambor, que acompaña las piruetas vocales.

Se tiende en el suelo, como muriendo, para resurgir luego entre las sombras alargadas y dejar escapar de su garganta un río de voz que ahora suena godspell, cuando hace minutos era un scratch, y más tarde desemboca en una gran descarga soul.




Y se despide como es. Un traje negro ceñido al cuerpo nos ubica en el music hole, pero al darse la vuelta en una reverencia vemos el gran agujero de su escote: un círculo que termina –o empieza- en su trasero, desde donde también nos había advertido viene su música.

El nacimiento de Afrodita

Hija de escritor, Camille Dalmais estudió inicialmente Letras y Ciencias Políticas. Se dice que se dejó seducir por el escenario tras ver un recital de Ray Charles. Siendo todavía estudiante grabó su primer álbum, Le Sac des filles (2002), donde ya pueden verse influencias de música soul, aires de cabaret, humor y toque de chanson.

Pero fue con su segundo disco Le Fil (2005), una obra grabada en un solo tono -la nota si- que esta vocalista, compositora y productora terminó de enloquecer a la crítica y ganar resonancia internacional.




Algunos han relacionado su trabajo con Bobby McFerrin, con quien realizó algunos workshops. “Es interesante encontrarte con alguien y sentir que, aunque es muy distinto, te revela quien eres. Yo creo que él es más técnico, te transmite mucha espiritualidad jugando con la armonía y la técnica. En cambio mi actuación es más teatral y física. También me gusta jugar con las letras y el texto”, aclara ella.

Y no es de gratis que su tercer disco, realizado junto con el productor MaJiker, esté mayormente en inglés. Más que expandir el mercado, la escogencia del idioma venía por la experimentación. “El inglés es de vocales… el francés de consonantes”, aclaraba en un video de presentación en YouTube. Si el francés es bueno con percusión y melodía, el inglés es más funcky; es mejor si quieres "rock it out”, decía entonces.




“Para mí cantar en inglés es una forma de tocar más cosas dentro de mí”, aclara ella ahora. Y en el escenario no sólo apeló al francés y al inglés, sino que también recito y jugueteó con el español y el catalán. “Los lenguajes son sobre humanidad. Mientras más lenguas hables, eres más humano, estás más abierto y eres más músico”. Ella sin duda lo es.

Marcando ritmos con su cuerpo, saltando por el escenario y haciendo toda clase de ruiditos y gestos que cualquier madre ortodoxa querría eliminar -cual si fueran malas mañas en la mesa-, Camille resulta más seductora que cualquier vocalista grácil. Talentosa, refrescante y atrevida, verla y pretenderla es, como dice un fanático por ahí, enamorarse de afrodita.

(No conseguí videos decentes de su show en Barcelona. Además, la experiencia en vivo es difícil de capturar. Sin embargo, aquí incluí algunos videos de otras presentaciones, con sonido e imagen aceptable, como para que se dieran una idea. Disfrútenlos)

miércoles, 7 de mayo de 2008

Gabriela Montero: Le dan una melodía y conquista el mundo (y II)

“Give me a tune”, pide vestida de gala frente a un imponente piano Steinway. Podía haber acabado de fascinar al público con su interpretación de Rachmaninoff o Beethoven, en Londres, Nueva York o Hamburgo. Pero con Gabriela Montero hasta el escenario más solemne toma luego una atmósfera más parecida a la de un club de jazz o a una fiesta de amigos.

“Claro de Luna”, se atreve un señor. “El cumpleaños feliz, que mi nieta está cumpliendo cuatro hoy”, salta otro. “I will survive” tararea uno más osado, y el más descarado propone el ring tone de su móvil.

Ella sonríe, chequea el tema rápidamente en el piano y, tras una pequeña pausa, transforma cualquier línea melódica –la más banal o la más sublime- en lo que bien podría ser una sonata de Bach, Haydn, Schubert o Chopin; algo que suena conocido pero a la vez es totalmente nuevo.


“Comencé a hacerlo en los conciertos, porque la gente no creía que improvisaba”, cuenta ella acerca de esta práctica de creación y performance por demanda. Sin importar lo complejo de la variación, la melodía original emerge entre una tempestad de matices: de Chopin al jazz, del tango a Debussy. “Ahora simplemente no puedo pararlos, se emocionan y si es por ellos me tendrían allí para siempre”.

Descubrió que podía tocar e improvisar desde muy pequeña. Sus padres la encontraron al año y medio interpretando las melodías que su madre le cantaba para dormir. “Siempre improvisé, ha sido como hablar”, confiesa. Pero este talento lo dejó tras bastidores hasta hace muy poco. “Tuve una profesora que prácticamente me dijo ‘olvídate de eso, no tiene ningún valor’”, cuenta ahora divertida ante el giro de su carrera.

Taboo breaker

Sus éxitos como intérprete clásico, en el sentido más estricto y tradicional, nunca han sido para despreciar. A pesar de ciertas pausas por motivos personales, es reconocida como una magnífica concertista. De hecho, en 2006 fue galardonada como mejor instrumentista, con el premio Echo Klassik de la Academia Fonográfica de Alemania.

Ha tocado con la Sinfónica de Berlín, la Filarmónica de Tokio, la Filarmónica de la Florida y la Filarmónica de Nueva York, dirigida por el célebre Lorin Maazel, entre muchas otras. Pero fue a partir del 2001, cuando Martha Argerich la vio improvisar, que comenzó la fascinación mundial y un entusiasmo que no se veía desde hacía mucho tiempo en el sector de la música académica.

“Me senté, improvisé y Martha enloqueció”, rememora Gabriela, todavía sin creerlo demasiado. Como en las películas de nacimientos de estrellas de rock, Argerich –considerada una de las más célebres pianistas del globo– no tardó ni un segundo en hacer las llamadas indicadas para relanzarla.


“Taboo breaker” la llama ahora la cadena de televisión CBS. “She is the hottest rising star in the classical music world, and the most controversial, as well”, resaltaba la nota en 60 minutes, al verla como podía estar una noche en el Queen Elizabeth Hall y otra en Joe’s Pub.

Actualmente es la artista más vendida del sello EMI Classics. Su disco Bach & Beyond –donde, a partir de la música de Bach, demuestra su dominio de diversos idiomas musicales– ha ocupado varias veces el Top 10 en la Billaboard Charts. Igual camino viene recorriendo Baroque, su última placa editada el año pasado, esta vez de improvisaciones sobre piezas del barroco y calificada con 5 estrellas por la BBC Music Magazine.

El viejo arte

Gabriela no es, obviamente, la primera en improvisar. Mozart, Liszt, Bach y Beethoven eran adorados por sus audiencias cuando se daban a las variaciones. Y desde siempre la improvisación ha sido un elemento esencial del jazz.

Sin embargo, en la música clásica a partir del siglo XX sólo muy pocos artistas, como el recientemente fallecido Karlheinz Stockhausen o Gyorgy Ligeti, incluyen elementos de improvisación.

En ese sentido, Gabriela apuesta por todo. No ha abandonado el repertorio clásico. Pero la segunda parte de sus conciertos siempre la dedica a las improvisaciones, tal y como lo hizo hace más de diez años en el recital relatado en la anterior entrada.

“Por eso debe ser que dicen estoy rompiendo barreras”, comenta ella, recordando el premio Echo Klassik que le entregaron el año pasado, en la categoría Mejor Período Clásico sin Fronteras.

“Si bien lo que hago tiene una tradición muy antigua, hoy casi ya no existe. Y lo bonito es que estoy uniendo públicos: el que va a escuchar los temas más clásicos y el otro que se fascina con la parte de la improvisación, y que no necesariamente estaba involucrado con lo académico”.

La interactividad con el artista es difícil de resistir. En su sitio web mantiene la sección Life in my living room, donde los visitantes pueden solicitar improvisaciones a partir de cualquier melodía. Hasta el ancla de un programa de televisión alemán cayó en la tentación de hacer la prueba.

Lo que más suele sorprender es la naturalidad y libertad de sus notas. “En el jazz, si bien es cierto que hay una improvisación libre, se hace con un esqueleto”, explica. “Los jazzistas saben a dónde van, a qué acordes quieren llegar, a qué armonías, cuántos compases van a hacer. Yo no tengo nada”, aclara ella.

Nunca estudió armonía o composición, precisamente “para preservar esa pureza, ese no razonamiento cuando improviso”, se justifica. “Yo nunca sé a dónde voy a parar. Es como tirarse en parapente. Tú sabes que vas a caer, pero no sabes dónde, ni cómo te va a llevar el viento. Esa es la sensación”. Y es ese salto al vacío lo que tiene a todo el mundo perplejo:

“No pienso en nada. No hay antes o después. Dejo que esa fuerza, que eso que maneja mis manos, haga lo que tenga que hacer. Escucho las armonías. No sé que son, simplemente las escucho y las toco. No puedo decirte qué hice después de haber improvisado. Tengo la sensación de lo que sentí, pero no sería capaz de tocarlo de nuevo a menos que escuche una grabación y tratara de copiarlo, de conectarme con aquella sensación. Y probablemente, incluso así, la segunda vez se convertiría en otra cosa”.