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lunes, 12 de septiembre de 2011

Con mano izquierda: corazones solitarios y cazadores adormecidos
(A propósito de la novela de McCullers, Chile y Felipe Camiroaga)


La referencia a la mano izquierda originalmente no era porque pensara tratar un tema particularmente delicado, sino porque como la tendinitis me había mantenido alejada de este blog, tuve que recurrir literalmente a la mano izquierda para dar alguna fe de vida. Con la “siniestra” pensaba, pues, colocar unas líneas mínimas con un par de cosas que hubieran llamado mi atención en estos días.

Pero al sentarme aquí mis pensamientos han terminado recayendo, una y otra vez, con diferentes excusas, en una misma cosa: The heart is a lonely hunter, de Carson McCullers. Y la razón por la que vuelvo y relaciono tantas cosas con este libro, puede que sí amerite cierta “mano izquierda”.

Hasta este verano no había leído esta primera novela de Carson McCullers. Y qué novela. A pesar de lo insólitamente ridícula de la traducción de Seix Barral –en los diálogos se traduce “ok”, como “conforme” (es que hasta la computadora Hal suena más humana; tocará releerla en original), el libro no sólo me capturó, sino que se ha quedado ahí dándome vueltas, con ecos y resonancias.

No pretendo hacer aquí un gran análisis de la obra –mi mano solitaria, no me lo permitiría. La traigo a colación precisamente por los ecos, porque ahora, cuando todavía veo algunas notas “llorando” a Amy Winehouse –cada vez más pocas y pronto desaparecerán, hasta algún aniversario- y recuerdo cómo se hablaba de Kurt Cobain como el representante de una generación desencantada, me quedo pensando en cuántos han sido nuestros respectivos Mister Singer, ese sordomudo elegante del cual nadie sabía realmente nada, pero alrededor del cual todos comenzaron a girar.

Cuando Chile se pone de duelo, no por todos los fallecidos en el accidente de avión en el archipiélago Juan Fernández, sino especialmente por la muerte del animador de las mañanas Felipe Camiroaga -la gran “compañía de los sencillos”, dicen, de quienes tienen poco o nada y se sentían reconfortados por sus humoradas-, me pregunto hasta qué punto nos conmovemos –y nos dejamos llevar- por proyecciones.

Y no quiero referirme aquí a la calidad de artistas y personas que eran realmente Winehouse o Camiroaga –este último falleció ayudando en la reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto de 2010. Ni siquiera quiero referirme a la pena que puede producir la pérdida de alguien cercano –o no-, sino a cómo asumimos en nuestras vidas ciertas figuras públicas y mediatizadas.

A Mister Singer nadie lo conocía. En contraste con la imagen un tanto grotesca de las primeras páginas -la del dúo que formaba con su amigo Antonapuolos-, a lo largo de la novela va adquiriendo cada vez mayor brillo. Y va ganando nobleza, por lo que dice e imagina la gente. Precisamente porque no habla, se convierte en el modelo perfecto para vestir los trajes que cada quien le quiera poner: de amigo, de padre, de justiciero, de confidente.

Por su aspecto sobrio y su mirada atenta y amable, unos lo toman por judío, otros por protestante, unos por sabio, otros por santo… cada quien según sus necesidades o deseos. Pero en el pueblo nunca se enteran de lo que realmente le importa. Y lo que le interesa a Singer nada tiene que ver con los sueños y expectativas más o menos nobles, que cada uno de los personajes le fue endilgando: la justicia, la igualdad o la sensibilidad artística.

A Mister Singer sólo le importa su amigo recluido en un sanatorio, Antonapuolos, quien, como para remarcar todavía más la soledad humana, tampoco lo conoce realmente. Pocas veces o nunca da señales de comprender todo lo que Singer le cuenta, ni muestra real empatía; sólo funciona como una especie de receptáculo más o menos pasivo de sus regalos y cariño.

Todos creen que lo aman, pero nadie sabe quién es. Le hablan pensando que existe una “comunicación secreta entre ambos”. Cada uno le habla “más de lo que había hablado con nadie en su vida”. Comparten con él porque tienen “la sensación de que el mudo nunca dejaba de comprender lo que querían comunicarle. Y tal vez más aún”, “como si el hombre fuera una especie de eminente maestro; sólo que, como era mudo, no podía enseñar.”

Y yo leo la novela y veo las noticias y vuelvo a preguntarme cuántos han sido y serán los “personajes” que, sin haberlos tocado realmente o precisamente por no poder llegar a ellos, encarnan todas nuestras expectativas del amigo, del hijo, del hermano cercano que en realidad no tenemos.

O, peor aún, del que sí tenemos, pero que no tratamos mucho, mientras criamos gatos o perros y lloramos a Camiroaga y antes a Cobain, porque la convivencia es difícil, porque “ese no pareciera hermano mío”, porque “la vieja está muy pesada”, porque con seres que sí hablan y que no están tras el cristal de la televisión es mucho más difícil ponerse de acuerdo.

Amy Winehouse, como Michael Jackson o Felipe Camiroaga pueden funcionar como nuestros Singer de carne y hueso -y eso si es que sus imágenes en los medios puede considerarse más reales que las descripciones en una novela. Sólo que en lugar del silencio, lo que da pie a que cada quien cree su propia historia, quizá sea el escándalo, la exposición masiva, el parloteo de cada mañana y, lo más grave, las proyecciones mercadotécnicas de productores, medios, publicistas y asesores de imagen.

Precisamente porque “no hablan”, más allá de sus imágenes mediatizadas y construidas; porque no podemos llegar a ellos para tratar de entender quiénes son y cuál es su verdadera tragedia –si ya es difícil llegar a quien tenemos al lado, cómo podríamos alcanzar a una “estrella"-, entonces vemos en esa pantalla lo que queremos ver, nos proyectarnos en ellos y les inventamos virtudes e historias.

Se entiende. Es humano. Pero aunque tales proyecciones pueden acercarse más o menos a la realidad –creo, por ejemplo, que Camiroaga era buena persona- no deja de ser patético que tengamos que recurrir a ellas, para sentirnos menos solos y pretender que nuestros sueños y miserias cotidianas tienen algún sentido.

Al final de la novela, todos lamentan la muerte de Mister Singer, pero se produce una especie de desencantamiento. Más allá del misterio de su suicidio, todos se afligen, más que por él, por sí mismos, porque ya no tienen ese pedazo virtuoso de ellos mismos, encarnado en ese caballero elegante. Caen en cuenta entonces de cuán sólo están y de qué es lo que han estado perdiendo o aplazando, obnubilados por sus propias proyecciones y fantasías.

Se trata de un desencantamiento desolador, sin duda. Pero lo terrible es que en la vida real a veces ni siquiera tenemos ese momento de desencantamiento; no llegamos a ver cómo se quiebra el espejo mágico, ni tomamos conciencia de la alienación. Por el contrario, lo peligroso es que nos dejémonos impresionar, no por nuestros ‘héroes’, sino por quienes se aprovechan de esas figuras y sus muertes, y perdemos de vista a quien realmente tenemos al lado, o nos distraemos de nuestras propias luchas. Quedamos así, no sólo solitarios, sino también adormecidos, esperando al nuevo Mister Singer que nos quieran presentar.

Conocemos el viejo truco, la cortina de humo que pueden significar las declaraciones de guerra, o los llamamientos masivos de solidaridad ante desgracias. Pero seguimos cayendo, sin reparar demasiado en qué dejamos de lado o quién saca provecho.

Mientras lloramos las historias de héroes y buenas personas que en realidad no conocemos, en Chile, por ejemplo, en estos días se llegó a criticar que continuaran las movilizaciones estudiantiles, en medio del luto por la tragedia en la isla de Juan Fernández y la muerte de Camiroaga -de hecho se suspendieron actividades-, aunque ahí, en esas protestas y con el inminente peligro de perder fuerza con la pausa, se estuvieran jugando las reivindicaciones sociales de mayor profundidad desde la caída de la dictadura.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Comiquitas y música o cómo se inicia una melomanía

Esta semana, explorando la exposición El siglo del jazz –en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, hasta el 18 de octubre-, me topé con un viejo dibujo animado: "Three Little Bops", una versión de "Los Tres Cochinitos" totalmente jazzeada, no sólo por la música, sino por el twist picarón –o debería decir bebop- aplicado a la historia.

Dentro de la muestra vino muy bien para tratar el tema en cuestión: la influencia e impacto del jazz, no sólo en las artes e industria conexas a la música -como podría ser el diseño de carátulas a lo Mondrian- sino en todas las expresiones artísticas, incluyendo el cine y la televisión, la pintura o la fotografía.

Pero a mí, además de recordarme viajes y conciertos increíbles en Nueva York o Nueva Orleans y llenarme la cabeza de las melodías que he estado tarareando toda la semana, en esa sala la exposición me conectó con algo quizá más recóndito: con ciertos primeros encuentros con la música y con parte del inicio de mi melomanía, aunque en su momento no supiera de qué se trataba.

Hoy me gustaría compartir algunos de los dibujos animados que me capturaron de niña. No supe hasta mucho después el por qué de su encanto, y el impacto que tendrían en mí. Pero lo cierto es que aún hoy me resulta casi imposible no recordar algunas de estas imágenes al escuchar ciertos temas. Sirvan, pues, para reactivarse tras el vaporón veraniego.

The Sorcerer's Apprentice -Aprendiz de Brujo

Del gran clásico de Walt Disney, Fantasía, de 1940. Aunque prontamente aborrecí las pelis de Walt Disney y nunca me gustó Mickey Mouse, Fantasía es visual y musicalmente imperdible.




The Cat Concerto

The Hungarian Rhapsody No. 2 de Listz es una de las piezas que más se ha utilizado en dibujos animados. Fue interpretada por Bugs Bunny en “Rhapsody Rabbit”, dirigido por Friz Freleng en 1946. Pero yo la recuerdo siempre en “The Cat Concerto”, ganador de un premio de la Academia ese mismo año.




Rahpsody in blue

Fantasía 2000 no pertenece exactamente a mi niñez y, sin duda, la segunda parte del clásico no salió tan bien. El listón estaba demasiado alto para la actual Walt Disney. Sin embargo, no sé si por mi amor a Nueva York y a Gershwin, esta parte me pareció muy buena. Eso sí, en mi mente "Rahpsody in blue," como banda sonora de Nueva York, siempre será de Woddy Allen, en Manhattan.




Three Little Bops

Aunque "Three Little Bops" no estaba en mi catálogo original, fue el que disparó esta retahíla de remembranzas, así que viene bien de bonus track. Es de 1957, fue dirigido por Friz Freleng y cuenta con las voces de Stan Freberg y música del compositor y trompetista Shorty Rogers.

domingo, 19 de abril de 2009

Gran Torino, los buenos y los malos y lo políticamente correcto


Residir en Barcelona, una ciudad que se debate entre ser España, pero antes Catalunya y luego parte de la Comunidad Europea, mientras aprende a encajar la mayor inmigración de su historia, significa vivir en un entrecruce de mensajes ‘políticamente correctos’: interculturalidad y tolerancia, pero parla català, internacionalidad e integración, pero defensa de parcelas y fronteras; cosmopolitismo y apertura, pero exudando payés.

Viniendo de Venezuela, un país donde –al menos antes– todo el mundo sabía que era ‘café con leche’: una mezcla infinita de razas, culturas y costumbres; y habiendo crecido en una ciudad donde la mayoría de mis amigos tenían un padre o un abuelo español, italiano o portugués, muchos de estos mensajes no dejan de causarme cierta gracia, cuando no franca inquietud.

No me llama la atención que el dueño del bar de mi barrio me hable con un catalán cada vez más cerrado, ante mis balbuceos de aprendiz. El viejo me parece al menos auténtico, y su exigencia, legítima. Me inquietan más otros mensajes aparentemente inofensivos o que, incluso, condescendientes, pretenden ayudar sin notar su arrogancia.

Tal es el caso del director de un programa de música para la integración, quien en una entrevista subrayaba había que escoger bien la programación, ya que no se podía meter a unos inmigrantes árabes recién llegados a un concierto académico, porque no estarían familiarizados con la ‘complejidad’ de la música europea.

O el de una profesora de Teoría Postcolonial, ésa que pretende ‘revindicar’ la literatura de países que fueron colonia, quién lanzó un insólito: “porque aquí todos somos blancos”, para explicar el enfoque europeo que había prevalecido, ante el cruce de miradas de todos los latinoamericanos -en toda nuestra gama de ‘cafés con leche’-, sin nombrar a un par de chinos.


Fue en este contexto que vi Gran Torino (2008), la última entrega de Clint Eastwood, y me encuentro a este viejo racista y gruñón, soltando perlas como: “¿cuántas ratas cabrán en esa sala?”, ante la llegada de más y más invitados a la casa de uno de sus vecinos asiáticos.

Autoerigido en una especie de última resistencia blanca, en un barrio ‘invadido’ por ‘minorías raciales’, y disputado entre pandillas asiáticas y latinas, Walt Kowalski no podía ser menos políticamente correcto… ni tampoco más efectivo al poner en evidencia la flacidez e ingenuidad de muchos de esos mensajes.

Del honor al desconcierto

Alguien me dijo que vio Gran Torino como un western urbano. Muchas críticas leen en el protagonista una especie de recuento de los grandes duros eastwoodianos como el William “Bill” Munny de Unforgiven (1992), el Harry Callahan de la serie Dirty Harry (1971), o el Thomas Highway de Heartbreak Ridge (1986).

Y sí, hay algo de eso. Está la violencia, la venganza, la justicia, la hostilidad hacia el extraño, además de todo el magnetismo de un protagonista mordaz, receloso y brutal, que sólo quiere permanecer como outsider, sin implicarse y sin que lo molesten.









Pero el giro está en agarrar a uno de esos duros y lanzarlo al desconcierto, al lugar donde sus códigos implacables de antaño parecen ya no tener sentido, donde ya no se puede –o no procede- saber quién es el bueno, el malo y el feo.

Es curioso que muchos críticos españoles hayan visto la película como un diagnóstico de una realidad netamente estadounidense: “el maestro radiografía desde una miniatura aparentemente menor, la columna vertebral de la América descuartizada del siglo XXI”, dice Roberto Piorno, en la Guía del Ocio.

Para él se trata, pues, de “la muerte del americanismo terco”, de “la transformación del paisaje humano de un país a costa de la demolición de las raíces, del olvido de una cierta manera de entender América”. Pero para mí se trata de algo bastante más amplio y cercano.

Walt no es sólo un veterano de la guerra de Corea, racista y huraño, es también alguien que vio desvanecer su trabajo ante la evolución de la industria, la reducción de costos y la tercerización; alguien a quien su familia, aunque cumpla con llamadas y visitas políticamente correctas, en realidad ignora; alguien acorralado por un interculturalismo y por las contradicciones de un mundo que ya no acierta a comprender.

Walt Kowalski es, en resumen, un ser obsoleto; alguien desplazado de su época, que empieza a tomar conciencia de su obsolescencia, como antes lo hizo el entrenador de Million Dollar Baby (2004), como quizá le suceda al viejo del bar de mi barrio, y como cada día nos pasa a todos de algún modo.

Por eso gruñe. Y es justamente en ese gruñido y en esas mentadas de madre que otros podemos identificarnos, si bien no con su racismo inicial, sí con su consternación, su rabia e impotencia, su miedo a ser parte de esa historia o, más bien, a quedar apartada de ella.

La comodidad de no pensar

Si fuera políticamente correcto, Walt no podría decirle asqueroso italiano al barbero, ni acusarlo de ser medio judío por sus precios; tampoco llamar ‘rollito primavera’ al joven Thao, ni suponer que su familia come perros.

Pero la simpleza de lo políticamente correcto también le daría patente de corso para desentenderse de todo, para llamar a la policía en caso de disturbios y pasar de sus vecinos, así como de cualquier extraño, mientras no crucen su jardín.

Lo políticamente correcto es, de hecho, lo que le permitió a sus hijos pretender mudarlo a un asilo, dizque para facilitarle (se) las cosas, en un giro que no deja de sonarme a ‘programa de integración’ a la ancianidad.

Walt, en cambio, más allá de sus palabrotas y prejuicios, es capaz de ver lo que hay en el otro. A pesar de su propia voluntad de permanecer al margen, no puede dejar de reflexionar y, por ello, de reaccionar.

Puede ver que Trey, el joven blanco amigo de Sue, es un payaso al tratar de pasar ‘cool’ ante los pandilleros. Puede identificar la valentía de Thao al tratar de no involucrarse con la pandilla de su primo, e intentar encontrarse a sí mismo, incluso en tareas supuestamente femeninas.

Y puede, sin duda, ver la integridad e inteligencia de Sue, la única capaz de seguirlo en sus pesados juegos de palabras.

“¿Quién es el bueno y quién es el malo?”, le preguntó a un amigo, su hijo de cinco años, cuando veían 3:10 to Yuma (2007). Y sí, a los niños muy pequeños no queda más remedio que decirles ‘esto es bueno, esto es malo’.

Pero a veces me da la sensación de que lo políticamente correcto se queda allí. O, peor, al no poder decir esto es bueno o es malo, entonces su alternativa es la abstinencia, la tolerancia distante o, en el mejor de los casos, la condescendencia, el disfrute de lo exótico sin dejarse permear, el ver -o no ver- sin conocer, ni comprender.

Lo políticamente correcto es la versión cómoda de ciudadanía: hacer nuestro trabajo, cumplir las leyes; la versión fast food de nuestra conformación como individuos.

Lo realmente retador, lo que nos hace adultos y ciudadanos es comprender los matices, desarrollar –y ejercer- una capacidad de reflexión y discernimiento que nos permita enfrentarnos, sin atrincherarnos temerosos, ni proyectar culpas, a nuevas experiencias, incluso a aquellas frente a las que la moral colectiva todavía no tiene respuestas asentadas.

Una de las frases que más recuerdo de The Last King of Scotland (2006) es cuando el médico Nicholas Garrigan, finalmente escandalizado ante las barbaridades de Idi Amin, le dice: “You're a child. That's what makes you so fucking scary”. El detalle es que no sólo Amin estaba siendo un niño.

Es ya vieja –pero lamentablemente poco asimilada- esa idea de Hannah Arendt de la banalidad del mal, de que cualquiera podría ser capaz de atrocidades como las de Auschwitz. No hace falta un monstruo, sino una persona ‘normal’ metida irreflexivamente dentro de un sistema, una tuerca más que cumple con su trabajo.

Sin criterios, sin matices, sin reflexión ni capacidad de discernir, no sólo podemos quedar a merced de personajes aterradores, podemos ser uno de ellos. El problema, el pecado, no está en decirle a alguien ‘rollito primavera’, el problema es no pensar. That’s what makes us so fucking scary.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Madagascar, pingüinos y los secundarios que se roban el show

A Daniel

Pensando en ir a ver la secuela de Madagascar, Escape 2 Africa, casi exclusivamente por los pingüinos, pensé en hacer un breve post en homenaje a esos personajes secundarios que se roban el show.

No me refiero a algunos antagonistas que se revelan rápidamente más interesantes que el plano y soso protagonista de muchas de las películas animadas. Tampoco necesariamente al compañero que lo apuntala.

Me refiero a esos caracteres que con frecuencia aparecen en historias paralelas. Son personajes de comparsa que, en teoría, sirven de ambientación y guiño simpático, pero que se te quedan tan pegados en la retina, que terminan motivándote a ver las secuelas de películas medianas o, incluso, malas.

La industria lo sabe, así que va dándole cada vez más minutos en las siguientes ediciones, cuando no el total protagonismo en cortos, promociones y hasta spin off.

Aquí coloco a tres de ellos.

Los Pingüinos: Corto de Navidad

En la primera Madagascar, las escenas que más disfruté fueron, sin duda, las de estrategia de los pingüinos, además de algunas con Melman, la jirafa hipocondriaca. Aquí coloco el corto de navidad –doblado al español latino, que considero quedó muy bueno– donde se los puede ver en todo su esplendor de planeación y acción... además de "bonitos y gorditos".


Burro: Ogres are like onion

De Burro hay un montón de escenas notables en Shrek. Hay líneas que recuerdo –en su excelente doblaje al español latino–, y no puedo evitar sonreírme: “porque estoy solito”, o “jue horrrrifble, jue horrrrifble ". Entre mis amigos, lo citamos constantemente, ya casi sin darnos cuenta, para relatar nuestras vicisitudes cotidianas.

De hecho, aquí estoy haciendo una excepción. Burro no es de ninguna manera un personaje de comparsa. Con su torpeza y candidez es el catalizador de la acción. Pero lo más interesante es que, casi como un Sancho Panza, ilumina a Shrek; interactuando nos muestra su esencia y resume el espíritu de la historia, como sucede en esta escena.




Scrat: Gone Nutty

La ardilla de Ice Age es la quintaesencia de estos personajes secundarios que crecen. Es el perfecto “breakout character", consiguiendo no sólo cada vez más minutos en las pelis –le sacan todo el jugo en los trailers-, sino cortos especiales, videojuegos y apariciones y homenajes en series como Family Guy, The Simpsons y South Park. Aquí está el primero de sus cortos:




El último lo sacaron de YouTube, pero se lo puede ver aquí: No time for nuts

¿Cuál otro personaje recuerdas tú?

lunes, 21 de julio de 2008

Mirar, fotografiar, intervenir

A mis fotógrafos maestros Freddy Henríquez y Esso Álvarez

Estos ojos, estas manos temblorosas que tratan de asirse a la balsa, a otra mano, a la vida, fueron las que me recibieron en la muestra Reuters mira el mundo, en el Palau Robert de Barcelona.

Imaginándome ahí arriba, en la cubierta de esa patrulla de la Guardia Civil que por fin acude al naufragio provocado, de una de las tantas pateras que llegan a las aguas de Fuerteventura, pensaba sería difícil no intentar tender una mano, en lugar de tomar la fotografía.

Claro, si les diera mi mano, perdería la foto, también mi trabajo. Y entonces volvió a mi mente una vieja inquietud: mirar, fotografiar o intervenir.

En unas prácticas de fotografía, cuando empecé a estudiar Comunicación Social, quise hacer un fotoreportaje de niños que trabajan. Conocía a varios de ellos, los saludaba cada día. Pero cuando me acerqué con mi cámara al primero, el pequeño Carlos se emocionó tanto que empezó a posar.

Y ahí, sonriente, derechito e impecable al lado del carro de perroscalientes que le encomendaba su padrastro, no parecía nada infeliz, ni explotado. En el encuadre no se sabía si era un cliente, un curioso o, simplemente, un niño glotón; y yo fui incapaz de sacarlo de la ilusión de ser, al menos por esa vez, un chico como cualquiera. Mi reportaje fue un fracaso.

Nunca pude sacar entonces una foto sin que mi lente interfiera en el drama. Quien sabe si también por eso me decanté por las letras y el periodismo impreso que me daba la oportunidad de mirar, de hurgar con la pretensión –real o imaginaria- de llegar más a fondo, de reflexionar y luego –quizá y ojalá– intervenir para bien.

Sin embargo, siempre tuve cierta sana envidia de algunos de mis compañeros fotógrafos que, en la Revista Primicia o los periódicos El Nacional y El Mundo, lograban captar en un cuadro lo que a mí me llevaba varias entrevistas y horas averiguar y demostrar.

En ocasiones su trabajo llegó a ser tan bueno que me hicieron sentir que el mío era simplemente confirmar y documentar la intuición que los llevó a accionar el obturador.

Encuadrar, intervenir

Obviamente al fotografiar también se interviene. De hecho, el fotorreportaje del cual fue sacada la primera imagen comentada, “Morir tan cerca, secuencia de un naufragio", pretendía “herir la sensibilidad del espectador” y concienciar acerca del drama de los “inmigrantes” que llegan a las islas.

La muestra Reuters mira el mundo, por su parte, aspira ser un registro visual sobre la historia del estado del mundo en el siglo XXI y un homenaje a los 240 periodistas que han muerto, mientras ejercían su profesión desde el año 2000.

Para ello se escogieron 80 fotografías clasificadas en grandes temas como el terrorismo, las migraciones, los desastres naturales, la religión, los estilos de vida, la política y los conflictos armados.

El detalle es que simplemente escoger un tema y enfocarse en un determinado fragmento de la realidad, también nos hace intervenir. No es de gratis que haya sido la imagen de la bandera de EE.UU., en pie entre los escombros de los atentados de 2001 en Nueva York, la que sirvió de punto de partida.

En este caso –y desde su título se evidencia– la exposición lleva implícita una determinada forma de entender y explicar el mundo; una determinada lectura que, por cierto, ya también se ha llevado a Francia, China, Alemania, Inglaterra, la Unión de los Emiratos Árabes, Bélgica, Italia, Grecia y Luxemburgo.

La propia comisaria de la muestra, la fotógrafa y vicepresidenta de Picture Reuters Media, Ayperi Karabuda, decía: "Queríamos dar una visión de lo que es el mundo hoy, por eso hemos elegido las fotografías que nos parecen más fuertes, pero también queríamos hacer una exposición de placer visual".









De allí que al lado de unas mujeres que se refrescan en el mar, en Alegeria, probablemente después de sobrevivir infinidad de penurias, se presente a otras que se meten al agua en Rusia, 26˚ bajo cero, por simple diversión. La exposición es, pues, también un show.

Fotografiar, ¿trivializar?

No pretendo aquí descalificar a fotógrafos y medios en general diciendo que inventan la realidad, como en la película Wag the dog.

Pero la perfección de esta foto, donde una mujer llora por la muerte de su esposo a causa de un tsunami, me hizo preguntarme: ¿Cómo pudo lograr ese encuadre y esa composición?

Daniel, mi compañero de visita y quien también escribió sus reflexiones sobre la muestra, considera que se necesitaría bastante más altura que 1,80 metros para capturar todos los elementos. Y si el agua arrasó con todo, ¿desde dónde tomó la foto?

¿Realmente ni siquiera movió la sandalia abandonada que se ve al fondo? ¿Importaría si lo hizo? ¿O ello sirve para mostrar mejor el drama real? En todo caso, ¿de qué manera impacta exactamente una imagen como ésta, brutal pero estéticamente tan hermosa?

Y en esta otra de un hombre que se lava el rostro, tras una explosión, ¿hasta qué punto la precisión del encuadre o el color de la escena difuminan el dolor?

¿En qué medida esta imagen en solitario, fuera de su contexto, trivializa la situación hasta volverla, incluso, menos real que una película de Hollywood?

Vamos, no exageremos, no estoy diciendo que no se haga la exposición. Me encantó y sin ella esta reflexión no hubiera sido posible. Todo el mundo tiene un punto de vista. Y en el caso de los medios, me parece legítimo que lo tengan y más realista el aceptarlo.

La objetividad es más una búsqueda constante que una condición. Y para aclarar bajo qué principios están analizando la realidad, sirven los códigos de ética, los editoriales y las primeras páginas de los manuales de estilo.

Queda en nosotros informarnos, beber de distintas fuentes, contraponer críticamente enfoques y reflexionar para expresar y defender, con criterio y responsablemente, nuestro propio punto de vista.

Los fotógrafos de estas imágenes:

  1. Juan Medina. Fuerteventura, España, 2004

  2. Finbarr O’Relley. Tahoua, Nigeria, 2005.

  3. Dylan Martínez. Londres, Inglaterra, 2005.

  4. Peter Morgan. Nueva York, EEUU, 2001.

  5. Zohra Bensemra. Algeria, 2005.

  6. Ilya Naymushin. Rusia, 2005.

  7. Arko Datta. Cuddalore, India, 2004.

  8. Akintunde Akinleye. Nigeria, 2007.

  9. Radu Sigheti. Kenya, 2007.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Afterpop: la literatura de la implosión mediática

En la foto que la revista Club Cultura publicó para ilustrar su entrevista titulada “Ciudadano afterpop”, Eloy Fernández Porta lucía más bien como un profesor cualquiera: delgado con lentes, barba rala, manos de intelectual inofensivo. Quizá el toque extraño era su mirada perdida, no en un libro, sino en su cartera. Pero probablemente se trataba de una “licencia creativa” del fotógrafo.

Fernández Porta sí es profesor y crítico, mas sus palabras en Afterpop. La literatura de la implosión mediática no tienen nada que ver con el estereotipo del académico trasnochado. Tampoco con la otra academia que se jura transgresora y cool, vistiéndose simplemente de teorías queer.

En esta entrega profunda, exigente y hasta erudita, pero también cargada de humor e ironía, el autor analiza y cuestiona las categorías y términos con las que la crítica y el mercado –el establishment cultural- han abordado las creaciones literarias de los últimos tiempos.

Con una actitud desprejuiciada y aguda, desmonta la tradicional clasificación y contraposición entre cultura masiva y alta cultura, y pone en evidencia el reduccionismo de una supuesta fisura generacional.

Comienza provocando. En una especie de adivinanza, contrasta dos libros de relatos cuyos títulos no devela hasta avanzado el capítulo, pero que pertenecen, uno, a un escritor generalmente considerado autor pop (menor de 35 años, influenciado por música, televisión, cine y videojuegos) y, el otro, a un escritor normalmente catalogado como autor serio (mayor de 35 ó 40 años, proveniente de la alta tradición literaria y leído en términos de maestría y clasicismo).

Intentando “hablar de libros, no de autores; de textos presentados como fenómenos, no de marcas registradas”, desgrana los textos a través diferentes tamices, como la temática o las referencias utilizadas.

La mayoría de los criterios resultó inútil para diferenciaciones, por estar subordinados a presupuestos relativos. Pero al final el texto tomado a priori como serio, era en definitiva más poppy al suponer un lector con mentalidad de espectador de cultura de masas, mientras que el otro aspiraba al ciudadano afterpop.

Y es que este profesor de la Universitat Pompeu Fabra identifica en la producción de algunos autores que la gran crítica cataloga como producto pop masivo, lo que él denomina afterpop: no una moda, un movimiento o un grupo definido, sino una condición estética y una actitud visible en la literatura y otras artes conexas, que puede haber partido del pop o convive con él, pero “se sitúa en un espacio histórica y simbólicamente posterior”.

Por el pop, para el pop, contra el pop

Para Fernández Porta, el autor afterpop asume “que la cultura del consumo tal y como se conoció a lo largo de la segunda mitad del siglo XX no sólo está en ruinas, sino que, en cierto modo, es el pasado inmediato. En algunos casos llega incluso a asumir que se trata de un clásico, al que se respeta pero se da muy por sentado –tan por sentado que va desapareciendo”.

Más que canonizar a nuevos exponentes, el libro digiere la obra de escritores como Ray Loriga o Julián Ríos –además de numerosísimos referentes y antecesores- para mostrar las posibles vías o actitudes del afterpop: a veces de deconstrucción extrema de los referentes pop, o de erudición pop que reclama estatus de alta cultura, pero también de nostalgia, fascinación, superación, desentendimiento o, incluso, la posición propia del punk, de asunción provocativa de sus rasgos superficiales.

Así, por ejemplo, El hombre que inventó Manhattan de Loriga resalta por su estrategia entra-i-surts, paseándose por referentes clásicos que van desde William S. Borroughs, hasta llegar a las revistas femeninas, pasando por David Letterman y un sin fin de otros referentes, a veces muy desde dentro de la mentalidad del consumo, pero otras muy desde afuera.

Aunque repletas de referencias pop, las obras citadas no podrían catalogarse como tal, ya que generalmente exigen al lector-espectador un alto vuelo crítico y analítico, cuando no nociones muy específicas, bien de deconstrucción, psicología de los media o cualquier otro saber serio, bien de historia del cómic o de cualquier otro elemento del universo underground.

De Brian Eno a Family Guy

Para caracterizar y analizar esta literatura heredera del posmodernismo y del pop, pero enmarcada en una época de disipación de sus criterios como cultura, Fernández Porta adopta una perspectiva extremadamente interdisciplinaria.

El cómic, J. G. Ballard, la cultura indie, las vanguardias históricas, W. S. Burroughs, las películas de Cronenberg, Haneke y Solondz, el video, Disney, la escena underground, el thrash metal, la drogadicción, la publicidad, los graffitis, Roy Lichtenstein, la serie Family Guy, entre muchas otras manifestaciones, son convocadas aquí como estableciendo un nuevo vocabulario para hablar de literatura y dar cuenta de los referentes a los que cierta crítica pareciera haberle perdido el hilo, reduciendo la visión y valoración de las obras actuales a meras diferencias generacionales.

Curiosa e ilustrativa me resultó su reflexión acerca del ambient y la música electrónica -con Brian Eno y John Zorn como figuras de ruptura- para evidenciar el espíritu propiamente afterpop:

“Una forma musical estructurada en torno al vacío del pop, o en torno a su reciente desaparición. Ese vacío es presentado por medio de técnicas diversas (superficie sonora, distorsión, gestos minimalistas, uso o exacerbación del medio tiempo), que acogen, de manera flotante, restos, pecios y ecos de la antigua concepción pop (samplers, pregrabados, préstamos y plagios diversos). Al postular una forma de atención fluctuante, este tipo de música usa algunas llamadas y gestos propios del pop, pero en conjunto desactiva su forma de atención, a la vez que se sirve de sus propios recursos para poner en evidencia su trivialidad”.

El volumen es, pues, un intrincado recorrido por manifestaciones culturales aparentemente dispares que sí logra mostrar las características de una nueva literatura, siempre que el lector acepte el reto de asumir, él mismo, la actitud afterpop: desprejuiciada, pero también aguda y crítica, o “seriamente frívola”, como quizá le agrade decir a este también escritor de ficción.

No exento de ironía y humor, repleto de referencias y vínculos poco ortodoxos entre libros, películas, comics y demás creaciones de alta y baja cultura, conviene abordarlo en una rica biblioteca y con conexión a Internet.

En Venezuela, posiblemente algunos de los escritores incluidos en mi cata de nuevos narradores se sentirán identificados.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Cassandra’s dream: para apreciar otro Woody Allen

En espera del estreno de la película rodada en Barcelona –Vicky Cristina Barcelona, ya en montaje-, aquí en España la última entrega de la trilogía británica de Woody Allen, Cassandra’s Dream (2007), fue recibida tibiamente por la crítica de medios tradicionales y con extremos en los medios electrónicos.

Mientras El País o La Vanguardia la han otorgado 3 estrellas, en sitios como Blogdecine le endilgan desde calificativos tipo “fuera de serie”, hasta destempladas expresiones de estruendoso fracaso.

Para mí no es de ninguna manera la mejor película de Woddy Allen. En temas y tratamientos creo que siempre preferiré los enredos, disertaciones metafísicas y neurosis, entre otras obsesiones, de Manhattan (1979), Annie Hall (1977) y Hannah y sus hermanas (1986).

Y esta preferencia no es sólo porque en mi mente mi querida Nueva York es, de muchas formas, la presentada por Allen –mis viajes no han hecho más que alimentar esas imágenes-, sino porque he estado –o creído estar- rodeada de sus personajes –cuando no los he encarnado.

Y creo que ha sido más fácil poder entenderme y entenderlos –o al menos reírme- después de haber visto sus películas.

Sin embargo, no espero que el director se quede para siempre hurgando en las mismas historias, personajes o estilo. Así como evolucionó de las comedias más simples, a enredos domésticos y dramas de gran profundidad dentro de la realidad norteamericana, me parece perfecto que se vaya a explorar otras ciudades y otras historias.

Con más de 70 años, Allen sí vuelve a hurgar en la familia, el amor, la moral, la religión, el honor y el crimen. Pero el Reino Unido le da un toque distinto, así como el casting.

Recupera muchos de los elementos de Match Point (2005) –un crimen en Londres-, pero ahora a través de una familia de clase media, con pretensiones de ascenso.

Dos hermanos muy distintos en carácter y fisonomía, Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell), poco a poco se ven tan enmarañados entre sus mentiras y ambiciones, que aceptan hacerle un favor a su exitoso tío Howard -el veterano Tom Wikinson, quizá un tanto desaprovechado en el film-, a cambio de dinero: el boleto de salida de sus deudas y problemas, y el de entrada a una nueva vida.

La escena donde Howard propone a sus desesperados sobrinos cometer un crimen es una de las mejor logradas, con una cámara que los rodea para mostrarlos enredados entre la vegetación y los argumentos, protegidos por la lluvia, como de miradas curiosas.

En esta película, Allen prescindió de su musa Scarlett Johasson, pero la sustituye por Hayley Atwell (Ángela). Aunque para muchos no es tan hermosa como la primera, es uno de los catalizadores de la historia, tentando con toque ambiguo y sexy, elegante y fresco, al ambicioso Ian –no brillante, pero bien encarnado por McGregor.

A pesar de que Farrel me gustó en The Recuit (2003), luego de haberlo visto dizque de Alejandro Magno (Alexander, 2004), no puedo quitarme de la mente la imagen del sobreactuado niño malcriado (y se supone que amamantado por Angelina Jolie), lo cual me hace difícil creerle en cualquier papel.

Incluso esta vez, con un personaje cuyos tormentos hasta pudieran recordarme al Raskolnikov de Dostoyevski, lamentablemente los sollozos y gimoteos con que pretende mostrar su culpa, paranoia y desmoronamiento como ser humano, no me convencieron. Insisto, puede ser que Alexander haya destruido para mí toda posibilidad de apreciarlo.

La evolución de los hermanos y sus dilemas morales me resultó, por tanto, un poco débil. La trama transcurre por momentos demasiado lentamente, dándome la sensación de que la película es más larga de lo que realmente es.

Sin embargo, en los últimos quince minutos –los mejores del film- el disímil dúo sí logró mantenerme en tensión para sufrir, imbuida en la historia, la desgarradora estocada final.

Como Cassandra, sabía el desenlace, pero eso no le restó contundencia a esas escenas en el Cassandra’s Dream, este barco, símbolo de sus sueños y testigo mudo de su desmoronamiento.

Otro elemento distintivo es la banda sonora a cargo del veteranísimo Phillip Glass. El cambio para algunos resultó terrible, pero para mí sí le dio una ambientación distinta y funcionó perfecta para estas demoledoras escenas finales.

Acostumbrada a los geniales diálogos de Allen, en este thriller con aires de cine negro no me sorprendió especialmente. Sí destacan ciertas reflexiones sobre dios o la muerte, atravesadas por un curioso sentido del humor que, nuevamente, para algunos representa la debilidad de guión y, para otros como yo, le otorga frescura y verosimilitud a la película.

“Siempre quise ser un escritor trágico, pero cuando era joven me salían sólo chistes. Ahora que estoy mayor me puedo permitir escribir tragedias”, declaró Allen en la presentación de su película en el Festival de Venecia. Su Cassandra’s Dream no es un tratado de la naturaleza humana, pero bien vale la pena dejarlo hacer.

Argumento:
Las deudas financieras están a punto de acabar con el negocio y los sueños de dos hermanos, Ian y Terry. Las ambiciones de lujo por parte de uno y la afición por el juego del otro, han llevado la situación al límite. La llegada de su tío Howard, un exitoso hombre de negocios en Estados Unidos, podría salvarlos, pero a cambio deberán cumplir un encargo: un crimen que carcomerá sus vidas.

Ficha técnica:
Guión y Dirección: Woddy Allen
País: EEUU-Gran Bretaña
Año: 2007
Duración: 108 min.
Género: Drama-Thriller
Interpretación: Ewan McGregor (Ian), Colin Farrel (Terry), Hayley Atwell (Angela), Tom Wilkinson (Howard), Sally Hawkins (Kate), John Benfield (padre), Clare Higgins (madre), Ashley Medekwe (Lucy).
Música: Philip Glass

domingo, 29 de julio de 2007

FUR-Retrato de una pasión: la sensualidad de lo freak

Por despistada o qué se yo, no sabía nada de la película que en Venezuela y otros países hispanoparlantes pésimamente titularon “Retrato de una pasión” (Fur: An imaginary portrait of Diane Arbus, 2006).

En la copia que me prestaron no aparecía el título original. Un amigo sólo atinó a decirme muy rápidamente que estaba basada en la vida de una fotógrafa, sin mayores detalles. Y lo que aparecía en la portada eran Nicole Kidman y Robert Downey Jr. en una posición más o menos romántica.

Siendo sincera, la cosa no me llamó demasiado la atención. Sin embargo, tratándose de una fotógrafa y como Downey Jr. suele hacer papeles interesantes, decidí verla.

De entrada me encantó la advertencia: no es una película biográfica de Diane Arbus, la fotógrafa norteamericana que a partir de los cincuenta se dedicó a captar a los freaks de su época: enanos, gemelos, enfermos mentales, gigantes y demás fenómenos de circo.

La película es un homenaje, una fantasía, una historia fabulada con personajes y situaciones ficticias, que los creadores imaginaron pudieron impactar la vida de Arbus, impulsándola a convertirse en una de las fotógrafas más revolucionarias e importantes del siglo XX.

Mezclando realidad y fantasía, en un viaje parecido al de Alicia en el País de las Maravillas –el libro era uno de los favoritos de Arbus y, en el film, a Diane también le espera una taza de té-, la película relata todo el proceso interno, psicológico y emocional, que pudo haber vivido la fotógrafa para producir su primera foto. Es la transformación de una tímida mujer en una original y poderosa artista.

Ficción para revelar realidad
Dirigida por Steven Shainberg, el mismo director de La Secretaria (Secretary, 2002), el film me enganchó desde un primer momento con una estética de época, que rápidamente se ve trastocada y atravesada por las visiones de mundos extraños, los que Arbus luego captaría con su cámara.

Una luminosidad similar a la de esos comerciales de los cincuenta, cuando junto con una lavadora se quería vender la gran vida americana, presenta el mundo de riqueza y educación acomodada del que surge Arbus y al que, inicialmente, ella pretende seguir perteneciendo asistiendo a su esposo, un fotógrafo de publicidad y moda.

Pero inmediatamente una serie de encuadres y zooms a detalles retorcidos de esa realidad, empiezan a delatar la singular óptica de Arbus. Nos introduce entonces -por imágenes, color, textura e iluminación- al tono nostálgico, al vacío tras los bastidores del mundo de caja de detergente que vende un esposo amoroso, pero también distante y conservador.

A su vida de diligente madre y esposa se contrapone un excitante mundo de enanos, hombres lobo, gemelos, trasvestis… seres diferentes y fascinantes, presentados por un nuevo y enigmático vecino, Lionel, encarnado por un Robert Downey Jr al que, tras una maraña de pelos, sólo se le ven unos tiernos y enigmáticos ojos hasta el final de la película.

La belleza de lo inusual
Shainberg conoce bien el mundo de Arbus. Su tío era amigo de la fotógrafa y él creció viendo sus imágenes en las paredes de su casa. “La mayoría de los padres leían cuentos a sus hijos por la noche mientras que yo, cuando me iba a la cama, pasaba por delante de la foto del Gigante Judío”, comentó a TriPictures, refiriéndose a una de las fotos más conocidas de Arbus: Jewish Giant at Home with His Parents in The Bronx, NY (1970).

Aunque la película creó muchas expectativas, ni la crítica ni la taquilla la trataron muy bien. El abordaje a la transformación-maduración psicológica de Arbus no es el de una Madame Bovary, ni mucho menos. Y algunos problemas de ritmo atentan contra la inmersión total del espectador en la historia.

Sin embargo, muy bien interpretada tanto por Kidman como por Downey Jr., a mí me mantuvo atenta y me pareció interesante al crear –como las fotos de Arbus- un ambiente torcido cargado de una particular sensualidad, especialmente a través del personaje de Lionel.

Lo misterioso siempre es atractivo, pero en este caso es lo extraño, lo fuera de lo común y lo que para algunos pudiera parecer monstruoso lo que atrae a Diane. Allí está, por ejemplo, la escena en un bar de enanos, donde ella queda embelesada ante los galanteos de una pareja, o el baile amoroso con un trasvesti.

Ciertas escenas como la visita de los freaks a la casa de los Arbus –por cierto, todos son seres reales porque no se quisieron usar efectos especiales- me hicieron recordar la película Big Fish (2003).

Y la referencia más obvia a la relación surgida entre Lionel y Diane es La Bella y La Bestia de Jean Cocteau. Sin embargo, Lionel también me trajo a la mente el Minotauro de Los Reyes de Julio Cortazar: adorable y monstruoso, guía y protector de las artes, de los mundos no convencionales, de la verdad más profunda.

Y es que, si bien en la Bella y la Bestia, Belle se enamora del monstruo a pesar de sus deformaciones físicas, en FUR, Diane se enamora de Lionel debido precisamente a su físico inusual.

Inspirada en el libro Diane Arbus: A Biography de Patricia Bosworth, no es la mejor película que pudiera hacerse de esta curiosa artista. No obstante, me resultó un interesante homenaje a su estética e imaginería, y una forma original, rara, sensual y hermosa de mostrar los dilemas que pudieron ocupar a alguien capaz de ver lo grotesco en un glamoroso desfile de modas y, en cambio, percibir la belleza de un niño con un gran lunar morado en la cara.

Argumento:
A mediados de los años 50, Diane Arbus es en un ama de casa modélica que trabaja como asistente de su esposo, un fotógrafo de moda y publicidad. La llegada de un nuevo y curioso vecino, Lionel, quien de niño fuera exhibido en ferias por su abundante vello corporal, marca el inicio de un viaje a mundos poco convencionales y a su descubrimiento interior, que culmina en su transformación de dócil esposa en artista de vanguardia.

Ficha técnica:

Dirección: Steven Shainberg
País: EEUU
Año: 2006
Duración: 122 min.
Género: Drama
Interpretación: Nicole Kidman (Diane Arbus), Robert Downey Jr. (Lionel), Ty Burrell (Allan), Harris Yulin (David Nemerov), Jane Alexander (Gertrude Nemerov), Emmy Clarke (Grace Arbus), Genevieve McCarthy (Sophie Arbus), Boris McGiver (Jack Henry), Marceline Hugot (Tippa Henry), Mary Duffy (Althea), Emily Bergl (Alicia).
Guión: Erin Cressida Wilson; inspirado en el libro biográfico Diane Arbus de Patricia Bosworth.

lunes, 16 de abril de 2007

Catando pelis: Más extraño que la ficción

La idea de que un ser común y corriente se despertara un día para descubrir que era un simple personaje de una historia y que debía encontrar al autor, antes de que éste lograra escribir –o dictaminar- su inminente muerte, era para mí un dulce difícil de resistir.

El argumento de Más extraño que la ficción (Stranger than fiction, 2006) no sólo se conectaba de muchas maneras con mis búsquedas y predilecciones, sino que, además, me recordaba historias e imágenes que he disfrutado en diferentes momentos de mi vida.

Recordé “Las Ruinas Circulares” de Jorge Luis Borges, con ese hombre que es soñado por otro que a su vez es soñado; también aquél, de Julio Cortazar, que sentado en un sillón verde leía en un libro su propio asesinato; y hasta la mano pintada por el otro Borges –Jacobo- que dibujaba una montaña y a otra mano dibujando una montaña y así hasta el infinito.

“Ésta es la historia de un hombre llamado Harold Crick... y su reloj de pulsera”, narraba la voz de Emma Thompson, quien encarna a la escritora y demiurgo del personaje. La frase inicial prometía, pues, también humor.

El detalle es que Harold Crick era encarnado nada menos que por Will Farell. Un actor de comedia, cuyo esfuerzo por ser gracioso y trabajos patéticos como el de Hechizada (2005), no me parecían muy buena referencia. Su sobreactuación podía dañar cualquier buena intención.

Sin embargo, el desastre no ocurrió.

Más extraño que la ficción me resultó interesante, inteligente, fresca, divertida; sin pedanterías intensas, pero tampoco cayendo en trivialidades. Dirigida por Marc Forster, con guión de Zach Helm, posee diálogos y situaciones inteligentes, sin dar concesiones a la comicidad bobalicona.

El reparto es más que solvente: Emma Thomson, como la escritora atormentada; Dustin Hoffman, como un excéntrico profesor de literatura a quien Harold acude para identificar a su autor; Maggie Gyllenhaal, como la anárquica cocinera, que termina de trastocar la rutinaria vida de Harold. Y, contra todos mis pronósticos, Forster hasta logra sacar una interpretación digna y creíble por parte de Farell.

Más extraño que la ficción no es una película de carcajadas, sino de sonrisas cómplices, mientras nos inserta simpáticamente en grandes inquietudes del hombre: la prisión creada por la rutina; el encuentro del amor y la liberación sólo ante el shock de una inminente muerte; la desesperación de una autora ante el estancamiento creativo.

La dirección artística y los encuadres están muy bien cuidados y limpios. Y la narración se completa con ideas visuales, detalles gráficos superpuestos a la película, que terminan de definir a los personajes de forma innovadora y dan una atmósfera particular y actual al film.

Así, un contador sale dibujado al lado de Harold para mostrar cómo trabaja su mente neurótica contando las cepilladas a sus dientes, los pasos hacia el trabajo, o cuánto jabón queda en las jaboneras de un baño público.

Gracias a Helm, la historia está además revestida de giros y pistas sutiles como los nombres de personajes, calles y negocios: Crick, Pascal, Eiffel, Escher, Banneker, Cayly… todos matemáticos que se centraron en el orden.

La película me pareció muy literaria por tema y estructura, pero sin caer en pretensiones pesadas. Me recordó por momentos a Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, 2005). Y, aunque algunos críticos han notado algunos altibajos de ritmo, a mí me mantuvo siempre entretenida con su juego metalinguístico.

En su relativamente corta carrera, el director alemán criado en suiza ha experimentado muchos géneros: el drama con Monster’s ball (2001), la fantasía con Finding Neverland (2004) y hasta el triller psicológico con Tránsito (Stay, 2005). Si bien ninguna se ha considerado una obra maestra, han sido películas ricas e innovadoras. Habrá que estar pendiente para nuevas entregas.

Argumento:

Una mañana, un solitario y monótono agente de la Agencia de Impuestos de Estados Unidos, Harold Crick, comienza a escuchar una voz femenina que narra, de manera detalladamente alarmante, cada una de sus acciones, pensamientos y sentimientos.

Cuando la narradora que sólo él puede escuchar anuncia su inminente muerte, la controlada y rutinaria vida de Harold queda irremediablemente trastocada. Él debe descubrir quién es la autora de su historia y persuadirla para que cambie su final fatal.

Ficha técnica:
Dirección: Marc Forster
País: EEUU
Año: 2006
Duración: 113 min.
Género: Comedia dramática
Interpretación: Will Ferrel (Harold Crick), Maggie Gyllenhaal (Ana), Dustin Hoffman (Jules Hilbert), Queen Latifah (Penny Escher), Emma Thompson (Karen Eiffel).
Guión: Zach Helm

viernes, 9 de marzo de 2007

Héroes: ¡salven a la cheerleader, salven la buena televisión!

Gracias a Internet, empecé a ver Héroes –la serie que desde hoy comienza a transmitir Universal, en el cable local- cuando se estrenó en Estados Unidos en el otoño de 2006, al mismo tiempo que la apocalíptica Jericó y la oscura The Nine.

Por personal simpatía, me llamaba más la atención el tema de Héroes, con un grupo de seres humanos comunes que empieza a desarrollar poderes inusuales: un enfermero que cree puede volar, un artista capaz de pintar el futuro, un geek japonés que puede viajar en el tiempo, una porrista indestructible…

El piloto me encantó. Entretenido y bien estructurado, fue una presentación de personajes muy bien llevada, con un ritmo ágil y sin desperdicios en tensión y caracterización. Sin embargo, mantuve el escepticismo: excelente tema, sólo que muy proclive a desastres televisivos y cinematográficos.

Vi cada uno de los primeros capítulos, como esperando el duro golpe de la desilusión. Pero Héroes nunca decayó. Por el contrario, cada nuevo episodio me fue enganchando y sorprendiendo más, mientras a The Nine la abandoné a la tercera entrega.

Y cuando dos de mis contactos en el messenger, ubicados en lugares muy distantes del mundo, colocaron como su frase: “Save the cheerleader, save the World” –la clave de la serie en ese momento-, fue claro que se trataba de un fenómeno mundial.

Ritmo y caracterización

El pasado lunes 5, el capítulo 18 de la serie tuvo nada menos que 14.90 millones de espectadores, superando a Two and a Half Men y a 24.

El éxito ha sido tal que, pensada inicialmente para 18 capítulos, fue extendida a 23; las dos últimas entregas fueron grabadas dos veces, no por malas, sino porque ahora contaban con recursos para desplegar quizá los mejores efectos especiales vistos en televisión; y ya se encargó la segunda temporada.

Pero su fortaleza no parte ni se queda en la superficie. Su fuerte es la trama, la caracterización de los personajes y, sobre todo, la tensión.

Presentada inicialmente con un enfoque similar a X-Men, la serie se interna, no en las aventuras de una nueva liga de la justicia, sino en el dramático proceso en el que cada uno de los personajes –de un casting extenso y multicultural– va descubriendo sus poderes y consecuencias.

Es un paso lleno de confusión, dolor y miedo, parecido a lo vivido por el Unbreakable (2000), pero sin olvidar el lado jocoso –subrayado por Hiro Nakamura, uno de los mejores personajes-, y sazonado con misterio, conspiración, ciencia y teorías de evolución.

El manejo del ritmo y la tensión es excelente. Cada episodio va revelando y solucionando pequeñas piezas de la trama, que tranquilizan a quienes queremos desentrañar el misterio y nos fastidia la incoherencia extendida de Lost. Pero cada respuesta va desembocando en nuevas aristas o develando elementos inexplorados, que mantienen la tensión a lo largo de la serie.

Su creador, Tim Kring, dice no ser geek ni fanático de los cómics. En una entrevista afirmó sentirse más inspirado por el cine actual, especialmente por The Incredibles (2004): “I have two small children and you find when you have kids, you've got to go to movies. I was literally surrounded by (superheroes)”.

Y quizá fue esa visión más fresca la que le permitió escalar de los fanáticos del cómic y los geeks –quienes hicieron del capítulo piloto una de las descargas más populares de Internet- a las grandes audiencias.

A ellas va dirigida la intensa campaña promocional Héroes 360, conformada por varios sitios web oficiales, blogs y extras que complementan la serie, desde todas las perspectivas posibles.

El más reciente y quizá uno de los más interesantes es el sitio sobre la investigación del doctor Suresh: http://www.activatingevolution.org/. Pero no pienso sabotear a los que hoy comienzan a sintonizar la serie. Disfrútenla tranquilos esta noche, luego ya podrán explorar.

domingo, 4 de marzo de 2007

Santaolalla ronrockea

“Para todos los latinos”, dijo otra vez Gustavo Santaolalla, mientras asía firmemente y con sonrisa plena su segunda estatuilla del Oscar, ahora por la banda sonora del abanico multicoral y variopinto de Babel.

Y qué curioso que fuera el peculiar sonido del ronroco, ese charango especial creado entre grupos folclóricos de la Cordillera de los Andes, el que me hiciera sentir el desamparo en el otro extremo del mundo.

Yo recordaba muy bien el sonido de las instrumentaciones con sabor a altiplano de su disco Ronroco (1988). Pero esta vez el ronco timbre me transmitió más bien el dolor, desolación e impotencia, en el agreste terreno de Marruecos.

Y qué curioso que de allí me trasladara a Japón y que fuera la música preparada por Santaolalla -con sonidos encajonados y amortiguados que explotan en música electrónica actual- la que pudiera mostrarme el mundo interior de una sordo muda adolescente, nada menos que en una discoteca.

Para algunos esta estatuilla fue el premio de consolación a Alejandro González Iñárritu. Para mí, la película hubiera sido muy distinta sin la intervención sonora del maestro. Pude percibirla lenta por momentos, sobreextendida en esa narración por turnos.

Pero fueron los acordes de Santaolalla los que sirvieron de amalgama; los que unieron cada una de esas historias en un universo integral y verosímil, dándole, al mismo tiempo, una identidad, una atmósfera emocional y una personalidad a cada ambiente y drama particular.

Vivificador de identidad sonora

“El midas del rock latino”, lo llaman, por sus trabajos como productor de agrupaciones y artistas como los mexicanos Café Tacuba, Molotov y Caifanes, el colombiano Juanes, los argentinos Bersuit Vergarabat y los cubanos Orishas.

Músico sensible e inquieto, productor agudo y detallista, empresario organizado e incansable, Santaolla es un catador vital –no es casualidad que tenga una hacienda de vinos en Mendoza. Y en esa tarea ¡vaya que ha recorrido mundo!, incluyendo Venezuela.

Aquí vino, por primera vez, a participar en unas conferencias organizadas por la Fundación Nuevas Bandas -ocasión de la gráfica en Plaza Venezuela, junto al presidente de la FNB, Félix Allueva, y Rubén Scaramuzzino de la revista Zona de Obras. Luego a presentar su Bajo Fondo Tango Club y hasta para grabar un disco de música académica, sin olvidar el fichaje de proyectos para su editorial y sello disquero, como el venezolano Panasuyo.

Pero en lugar de explotar el rock latino como una etiqueta vacía de marketing –tal y como se volvió el realismo mágico en la literatura hispanoamericana- Santaolalla es un explorador auténtico, un arqueólogo y vivificador de identidad sonora.

Es alguien capaz de ver en sí mismo y en otros lo más genuino; lo que se puede llegar a ser antes de serlo y cumplir cada de una de las tareas necesarias para hacerlo realidad.

Sin duda fue ese germen de búsqueda de lo auténtico lo que motivó proyectos como “De Ushuaia a la Quiaca” (1985): un viaje exploratorio y musical por el interior de Argentina, junto con León Gieco, que desembocó en un álbum leyenda y reveló las joyas del folclore local, mucho antes que empresas como la de Ray Cooder y el Buena Vista Social Club.

Y es esa mirada atenta y humilde ante el talento, pero también firme a la hora de imponer disciplina; centinela de tradiciones, pero sin temor a los riesgos de la innovación, lo que hace que toda la música creada, interpretada o producida por Santaolalla suene actual, pero arraigada; auténtica, pero sin las telarañas de políticas pro-folclore.

“Describe a tu barrio y describirás al mundo”. “Muestra tu sentir y mostrarás el de cualquiera”. Ésas parecieran ser las máximas. Sólo que el barrio es mucho más complejo y diverso que Macondo, y su banda sonora incluye sonidos tradicionales, pero transmutados en otra cosa.

Así, como muestra la película de Iñárritu, el dolor, el desamparo y la impotencia se pueden sentir igual aquí, en el Altiplano, en Marruecos, en Japón o, incluso, en Brokeback Mountain.