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martes, 27 de septiembre de 2011

Rock chileno: Programa especial como invitada en Radio 3

Este miércoles 28 de septiembre, estaremos conversando sobre rock chileno en el Programa El Gran Quilombo, de Consol Sáenz, desde las 8 p.m. en Radio 3.

Ahora, cuando Javiera Mena continúa impactando en cada una de sus presentaciones –la última en las Fiestas de La Mercè-, y gracias a ella, a Gepe y a Dënver, en España se habla de Chile como el “nuevo paraíso del pop”,  vale la pena terminar de voltear hacia esa delgada franja de tierra, con un interesantísimo historial musical y un arsenal de artistas emergentes, también en las vertientes más rock.

No sólo el pop crece en Chile. Y si una de sus herencias musicales más importantes proviene del lado cantautor -Violeta Parra, Víctor Jara y la Nueva Canción Chilena-, el país sureño también colocó piedras fundamentales en el nacimiento y consolidación del rock latinoamericano.

Los Jaivas, Los Prisioneros y Los Tres son nombres imprescindibles no sólo para Chile, sino para el rock en español y la música actual latinoamericana, como apuntaba en esta serie sobre nuevas músicas de América Latina.

Con estos antecedentes y el legado de la familia Parra es que, a mi juicio, se vienen generando las propuestas más interesantes de la música actual chilena, en diversos géneros y tendencias.

Venga, pues, una mirada a los padres de todo y una muestra de lo que viene creciendo. Si ya aquí suenan Mena y Dënver y se sabe del rap Ana Tijoux o el electropop de Fakuta, apuntalaré el rock pop de Los Bunkers, el rockabilly garagero de Perrosky o el cruce de folk y psicodelia de Philipina Bitch, sin olvidar a The Ganjas.

Aquí ya se puede escuchar el programa:



Para completar la panorámica dejo unos videos de los artistas mencionados, con algunos datos referenciales, y otra lista de nombres a tomar en cuenta: Pánico, Pedropiedra, Los Chinches, Casino, Trancemission, Hielo Negro, Astro, Mostro, Caravana, Odisea… además de toda la camada de neucantautores como Chinoy, Nano Stern y Camila Moreno.

Perrosky
Retro y vanguardista. Revelación en el pasado Primavera Sound. Aunque prácticamente desconocido en Europa, el dúo enganchó a todo el que pasaba cerca del escenario. Rotunda descarga de folk, rockabilly y rock and roll de vieja escuela norteamericana, con un revés de campo sureño y un dejo garagero experimental. No gratuitamente Jon Spencer produjo su último disco, Tostado, grabado con máquinas análogas, micrófonos y amplificadores de los años 50 y 60. Más referencias en el post: Perrosky y el rock chileno en el Primavera Sound. En el video, grabado en su gira "Panamericana", vienen reforzados por la banda amiga Philipina Bitch.


Los Prisioneros
Antecedente fundamental del pop chileno actual, pero también estandarte del rock latinoamericano. Su tema “We are sudamerican rockers” abrió las transmisiones del MTV Latino, cual jocosa declaración de principios: “No nos acompleja revolver los estilos / mientras huelan a gringo y se puedan bailar. Nuestra pésima música no es placer para dioses / jamás ganaremos la inmortalidad”.


Rock, punk, rockabilly, new wave, electrónica y hasta el germen de un sonido “industrial” podrían apuntarse en su haber. Tan o más impresionantes y visionarias fueron –y son- sus letras, retrato de problemáticas todavía vigentes en la región: inmigración, identidad, postcolonialismo o exclusión, como apuntábamos en este post: "Cuando Latinoamérica empezó a rockear". Su tema “El baile de los que sobran”, bien podría ser la banda sonora de las protestas estudiantiles actuales, con ecos para el Movimiento del 15 M.


Los Jaivas
Padres del rock progresivo chileno, originalmente llamados “The High Bass”. Una de las piedras fundacionales del rock latinoamericano, al apropiarse del género, no sólo castellanizando su nombre, sino especialmente al incorporar las propias historias, ambientes, atmósferas, instrumentos y sonidos. Quenas, zampoñas, charangos, sonoridades y ritmos de folklore andino y sureño, unidos a un cuarteto de rock, con piano y minimoog. Alturas del Machu Picchu, un álbum y un documental filmado en las propias ruinas, con Vargas Llosa como presentador, es una musicalización del Canto General de Pablo Neruda y es considerado el segundo mejor disco de todos los tiempos, después de Las Últimas Composiciones de Violeta Parra. Marcaron una línea de psicodelia que hoy continúa presente en grupos como The Ganjas.


Los Tres
Agrupación estandarte de los 90, que logra cuajar un rock reconociblemente chileno. Aunque internacionalmente menos conocida que La Ley, es a mi juicio una de las bandas más consistentes y originales de Latinoamérica. Supo catalizar la fuerza del rock clásico, el rock and roll y el rockabilly, a través de la sensibilidad y picardía del jazz huachaca y la cueca chora, logrando un sonido maduro y personal, en el que confluyen tiempos, espacios, técnicas y ritmos. Aquí uno de sus mejores videos, con su lado más acústico.


Grandes virtuosos en sus instrumentos, como decía en el post “Mas allá de lo ‘auténtico’…”, sus integrantes encontraron su particularidad y su fuerza a través de la herencia de Roberto y Lalo Parra, de la música que nació en los burdeles y fondas de los puertos, cuando los músicos locales, entreteniendo a los ‘gringos’ con jazz, fox trot y charleston, terminaron reconfigurando las cadencias populares más callejeras. En la sesión del MTV Unplugged demostraron cómo una mirada al pasado puede ser liberadora, apuntalando la creación sin prejuicios, sin categorías absolutas que defender o estabilizar.


Los Bunkers
Una de las bandas activas más destacadas en lo que va de siglo, especialmente por sus presentaciones en vivo. En cierto sentido, la evolución pop del rock chileno de Los Tres (Álvaro Henriquez, apadrinó sus primeros pasos). Por sonido y aspecto les solían decir los Beatles chilenos, aunque es más bien heredera, en clave rock pop, de esa línea de fusión con sonidos de raíz folklórica o popular, especialmente de la Nueva Canción Chilena, Víctor Jara y Violeta Parra, además de Inti Illimani y Quilapayún, a quienes también han homenajeado con su look. Radicados en México, en los últimos tiempos se han decantado por un sonido más pop e internacional. Acaban de sacar un disco de versiones de Silvio Rodríguez, pero yo prefiero destacar un video del álbum anterior, Barrio Estación.


Philipina Bitch
Novel y potentísimo dúo, proveniente de Concepción. Heredero en igual medida, tanto de sus coterráneos Los Tres y la familia Parra, como del primer Pink Floyd, Syd Barret y The Beatles. Prácticamente desconocida fuera del under chileno y muy austera en recursos, la banda sorprende y engancha por la fibra en la interpretación. Curiosa y enérgica mezcla de vanguardia experimental y descarga psicodélica, con tradición y sensibilidad cantautora. El peso de los ingredientes cambia según el carácter de cada canción.


martes, 14 de junio de 2011

Aeiou: Juan Son con Simone Pace en el Sónar de Barcelona...
y el desembarco del Festival en Latinoamérica


Escasa, escasísima es la representación de Latinoamérica en la 18ª edición del Festival de Música Avanzada y Arte Multimedia, Sónar de Barcelona

Si bien el año pasado, los colombianos de Bomba Estéreo conquistaron la jornada diurna, y otro tanto lograron la provocadora puesta de feminismo ‘carnicista’ de Le Butcherettes, o la psicodelia a lo mariachi wave de Los Amparito, en el programa de 2011 únicamente figura el mexicano Juan Son, presentado por la Red Bull Music Academy en el Sonar Dôme, además de la sesión del chileno radicado en Barcelona DJ Raff, incluido como talento nacional en el Sonar Village.



 
Exvocalista de Porter, una de las agrupaciones de rock alternativo de mayor impacto en México en los últimos años, pero internacionalmente más conocido por su trabajo en solitario Mermaid Sashimi (2009), Juan Son presentará en el Sonar -por primera vez públicamente- AEIOU, su nuevo proyecto junto con el baterista de la banda neoyorkina Blonde Redhead, Simone Pace

Space Hymns (2011) se llama el álbum de estreno de esta iniciativa alterna, binacional y multilingüe; y puede que sean algo como “himnos espaciales” los que articulan sus líricas fantasiosas, sus atmósferas de electropop sosegado y experimental, y esa voz entre andrógina, infantil y extraterrestre. 
 


 


Según nos comentara en una entrevista para la revista RockDeLux, publicada este mes de junio (RDL #296), fue un “peculiar sentido del humor” lo que unió a este músico nacido en Guadalajara, y Simone Pace, italiano de nacimiento, pero que junto con su hermano Amedeo y la japonesa Kazu Makino, han llevado adelante lo que hoy es grupo de culto en la escena alternativa neoyorkina. 

Radicado en la ciudad estadounidense luego de editar Mermaid Sashimi, el disco de corte más experimental y electrónico con el que fue nominado al Grammy Latino, Juan Son buscó a Pace simplemente como productor. “Pero Simone empezó a sumarle cosas y hubo tanta química, que ya no era una producción, sino un proyecto de los dos”, nos confesó.
 

El resultado fueron diez temas -cantados mayormente en inglés- de un art pop evocador, que busca ser onírico, humorístico y un tanto freak.

Con su aguda voz tendiente a los gorjeos y una interpretación muy dada a lo teatral, con maquillaje y disfraces, Juan Son se ha ganado un nutrido y celoso grupo de fans en Latinoamérica, aunque también algunas críticas en México, ante su salida de Porter y su controvertida imagen entre tímida y exhibicionista, como de ‘emo’ histriónico.
 

“A mí también me gusta el pop y me gusta conectarme con mi lado femenino”, advierte de sus últimas exploraciones más alejadas del rock. En Marmaid Sashimi comenzó a explotar ese filón en una colección de temas grabados prácticamente sin batería, sino con ritmos de ruidos sampleados, e interpretados en vivo casi siempre de maneras imprevistas.
 



“Me gusta definir mi voz con humor”, subraya ahora, sobre el otro hilo del que tira en Space Hymns. “Me gusta que inspire paz, como Enya, pero también tensión como la de Björk o Billy Corgan. Me gusta que suene diversa, que la gente se pregunte si es una mujer, un hombre, un transexual, un niño… o hasta un buho, como en Space Hymns. Ahora estoy escribiendo historias medio filosofales, pero creo que el humor es darte cuenta de lo absurdo que es el universo”, sostiene. Esperemos no quede demasiado castigado por el absurdo del horario vespertino: jueves, a las 15h.
 

El Sónar, hace las Américas
 


Contrariamente a lo que pudiera sugerir el menguado número de artistas latinoamericanos en cartel, los organizadores del Sónar no han perdido el interés en Latinoamérica. El detalle es que ahora parecieran verla más como atractivo mercado, que como cantera de talentos.
 

Al menos eso se puede entrever del anuncio del Sónar São Paulo, “el más ambicioso de todos los proyectos en la estrategia de internacionalización de la marca”, según dijeran en la rueda de prensa, el cual se celebrará en el primer semestre de 2012, siguiendo el esquema del Festival de Barcelona, durante tres días y con cuatro escenarios, más el área expositiva de SonarMática y SonarCinema. 

Planteado como un proyecto de suma importancia para la música y cultura catalanas, en momentos de crisis; como una “plataforma obvia” de “expansión” y “proyección de las industrias creativas de Catalunya”, el Sonar Sao Paulo se proyecta con una duración mínima, en principio, de cuatro años.
El desembarco se realizará en alianza con Dream Factory, la productora de Rock in Río, que gestionará la producción, logística y arraigo en el territorio, mientras que los organizadores del festival barcelonés se reservan la dirección artística y cultural del encuentro.
 

“Tendremos en cuenta la escena local, que es gigantesca”, concedió Enric Palau,  encargado de la programación. Será una suerte de refugio para “los parias que hacen música experimental en Brasil”, se atrevió a decir, en tono aparentemente jocoso, refiriéndose al carácter “cerrado” de la industria musical brasileña, que, aunque reconoce no es nada conservadora –como lo subraya el mismo tropicalismo-, la percibe muy centrada en la bossa nova y otros ritmos locales.
 

“Esto me lo comentaban los mismos artistas brasileños, que en el ámbito experimental y de música avanzada, les costaba bastante encontrar su espacio en su propio país”,  nos reiteró, aunque no pudo mencionar ninguna de las agrupaciones con las que habló, que podrían entrar en el cartel. “Es muy temprano todavía”, se justificó.
 

Al menos antes había mencionado la importancia del “baile funk, que nació en las favelas”, así como algunos otros movimientos latinoamericanos, incluidos en ediciones anteriores del festival, como Nortec Collective. “Hemos sido el amplificador de fenómenos muy importantes, como fue Calle 13 en su momento, pero no cabe todo lo que nos gustaría y de América Latina seguro se nos pasa una cantidad de cosas”.
 

En este sentido, el capítulo en Sao Paulo les servirá también para detectar nuevos sonidos que estén surgiendo y “enriquecer” la programación europea. “Ahí estaremos indagando y rascando para traernos cosas nuevas”, aseveró. Esperemos, pues, que se topen, por ejemplo, con la Berbenéutika de Systema Solar, con el folklore electrónico de Tremor, con Lisandro Aristimuño y los neocantautores apuntalados por laptops, con el legado mangue beat, el huarache-gaze, Meridian Brothers y las múltiples contorsiones de la cumbia… 

miércoles, 30 de marzo de 2011

Vitor Ramil este jueves en Barcelona
... y luego con Jorge Drexler en Madrid


Interrumpo momentáneamente la serie sobre músicas actuales de Latinoamérica para avisar que mañana, jueves 31 de marzo, estará presentándose en Barcelona precisamente uno de los estandartes más interesantes de estos sonidos: el brasileño Vitor Ramil, músico gaúcho, poeta y ensayista, considerado el principal “teórico del templadismo”.

Ya escribí un post con una larga entrevista que le hiciéramos hace unos meses: La milonga que desemboca en canción.

Nacido en Pelotas, en el extremo sur de Brasil, encontró las señas de su identidad y estética entre el frío de las pampas, la situación de frontera y el tañido melancólico de la milonga.

Considerado como el “teórico del templadismo”, por su ensayo La Estética del Frío, comparte con figuras como Jorge Drexler, Lisandro Aristimuño y Paulinho Moska la búsqueda de un sonido más sosegado y melancólico, con gran poderío lírico y un abordaje sin purismos a géneros folklóricos.

Como compositor, sus temas han sido grabados por artistas como Gal Costa, Mercedes Sosa, Lenine, Pedro Aznar y Chico Cesar. Con Satolep Sambatown, disco realizado junto con el percusionista Marcos Suzano, fue reconocido en 2008 como mejor artista de Música Popular Brasileña.



Finalizando el 2010 editó Délibáb, un álbum centrado en ese sonido que cruza el sur del sur sin distinción de fronteras -la milonga-, donde musicaliza poemas de Jorge Luis Borges y João da Cunha Vargas. La entrega de gran carga lírica fue destacada entre los mejores discos del año por el diario La Nación de Argentina, y su presentación en vivo ha sido considerada entre los mejores shows por los periódicos Folha de São Paulo y O Globo de Brasil.

En España se presentará mañana jueves 31 de marzo en Barcelona, en el Festival Barnasants, Auditori Barradas; y los días 1, 2 y 3 de abril en Madrid, en el Local Teatro Arteria Coliseum, junto con su gran colega dentro y fuera del escenario Jorge Drexler.

Aquí les dejo un abreboca:



Acá tocando el delicioso tema "Astronauta Lírico", junto con Jorge Drexler, quizá similar a lo que serán sus presentaciones en Madrid, aunque allí estarán con orquesta:



Y un documental sobre Délibáb, una suerte de exploración del sentir común entre Brasil y Argentina, de ese "fondo criollo" del cual decía Borges salían las milongas.

martes, 4 de enero de 2011

Cuando Latinoamérica empezó a rockear
(Rock latino, nuevas músicas o músicas actuales de América Latina,
hacia una definición… o apreciación II)

Fue hacia la década de los noventa cuando el llamado ‘rock latino’ –o ‘rock en español’, ‘rock en tu idioma’ y otras etiquetas similares- comenzó a sonar internacionalmente, más que como género, como especie de ‘marca’ y también de ‘mercado’, evidenciados y en parte definidos por la aparición de MTV Latino y otros espacios especializados, así como de artículos tipo “Se habla Rock and roll? You Will Soon”, que publicó la revista Newsweek, dándole reconocimiento como sonido y movimiento, en el mismo lugar de génesis del rock and roll.

“Argentines, my God, they really understand rock and pop deeply”, decía Maribel Schumacher, líder del entonces llamado departamento ‘alterlatino’ de Warner Music. “It's the only Latin American country that has assimilated rock to the same extent as the Americans or the Brits. There's a maturity in their compositions that to me is telling of a people who've grown up with rock from day one”, remataba, sorprendida ante la contundencia de las agrupaciones como Los Fabulosos Cadillacs.



 
Su aproximación, aunque de buenas intenciones, evidenciaba cierto paternalismo y subestimación o, al menos, desubicación: América Latina tenía ya décadas cultivando el rock –los antecedentes nacionales datan de los cincuenta y sesenta-, y en ningún país, ni siquiera en Argentina –entre los primeros en cultivarlo de manera extensa, y con un acento alejado de lo que comúnmente se considera ‘latino’-, se asumía entonces exactamente como en Estados Unidos y Reino Unido.
 

No es mi intención aquí hacer apologías o detallar toda la historia del rock regional, pero sí resaltar, a partir de mis propias experiencias y encuentros –quizá el testimonio de cómo estos sonidos me conquistaron-, algunos elementos interesantes para la caracterización y apreciación del rock pop o, mejor, de las músicas populares contemporáneas hechas en Latinoamérica.
 

“We are sudamerican rockers” 

El rock and roll, ese hijo híbrido de nacionalidad estadounidense que en cierta medida definíamos en el anterior post, contagió al poco tiempo de su nacimiento a numerosos países de América Latina. Y enraizó no sólo por la propuesta estética y musical en sí –de la que hablaremos más ampliamente en próximas entregas-, sino también por un carácter irreverente y contestatario, que conectaría muy bien con los sectores juveniles que, cabe notar, en muchos países de la zona enfrentaban autocracias y militarismos o, al menos, fuertes conservadurismos y censuras a favor de la 'moral y las buenas costumbres'.

Quizá en ese sentido, fuera significativo que MTV Latino comenzara sus transmisiones con el video de la canción “We are sudamerican rockers”, de la agrupación chilena Los Prisioneros



Aunque al ser de los ochenta podía sonar un poco antiguo, el tema no sólo era simbólico por el discurso reivindicativo, una suerte de manifiesto en clave humorística. También resultaba ilustrativo de parte de la historia y carácter del rock latinoamericano, al tratarse de un grupo nacido en plena dictadura y censurado por años, como sucedió en varios países de la región.
 

Así, por ejemplo, si en Brasil se expulsó a Caetano Veloso, Gilberto Gil y demás líderes de la revolución cultural que significó el tropicalismo; en Argentina se persiguió, censuró y promovió el autoexilio de muchos músicos; así como en Chile se acabó con los estandartes de la Nueva Canción Chilena.
 

Por comentar un solo dato y seguramente de los menos pavorosos, la dictadura del recientemente condenado a doble cadena perpetua, José Rafael Videla y sus sucesores de la Junta Militar, tenía una lista de canciones prohibidas en la Argentina de finales de los setenta y principios de los ochenta, que incluía a Luis Alberto Spinetta, Victor Jara, Alfredo Zitarrosa, León Gieco y Astor Piazzola, entre muchos otros.

Raíz juvenil y contracultural

 
Frente a la ausencia de partidos políticos y otros actores sociales, que habían sido prohibidos o limitados en algunos de estos países de Suramérica, la juventud comenzó a ganar protagonismo no sólo en el ámbito estudiantil, sino también en lo social y lo político. Especialmente en Argentina, el llamado ‘rock nacional’ se asumió como fórmula de expresión y rechazo a las tradiciones y prácticas conservadoras, la represión y la doble moral, generándose importantes conflictos generacionales, que pusieron ‘bajo sospecha’ a todo joven pelo largo.


En un entorno así era de esperarse que músicos, como escritores y poetas, se entrenaran muy bien en eso de la creación de metáforas –tenían que medirse, además, con otros  géneros bastante poéticos como el tango- y que de ahí salieran grandes letristas como Luis Alberto Spinetta, Litto Nebbia o el Charly García de Serú Girán. Quizá fue gracias al buen ejercicio de la alegoría que este último nunca fue torturado o apresado, a pesar de ser interrogado muchas veces en comisaría, acerca del significado de canciones como "Los Dinosaurios", "Instituciones" o la "Canción de Alicia en el país".  



En ese sentido, Los Prisioneros, curtidos por las limitaciones para grabar y radiar sus temas en Chile -se dieron a conocer inicialmente a través de un cassette pirata-, lograron capturar en sus letras mucho de lo que pasaba a cierta juventud latinoamericana. Incluso se adelantaron al abordar problemáticas todavía vigentes: identidad, inmigración y postcolonialismo, en “Maldito sudaca” o “Latinoamérica es un pueblo al sur de los Estados Unidos”; procesos modernizadores chungos, individualismo y arribismo en “Por qué no se van” o “Lo Estamos pasando muy bien”.

Es esta línea de denuncia irónica y humorística, la que también puede verse en “Matador” y “Mal Bicho” de Los Fabulosos Cadillacs, o en “Sr. Cobranza” de la banda también argentina Bersuit



Y es que, aunque los procesos no se dieron en todos los países de la misma manera –Venezuela, por ejemplo, con una de las democracias más antiguas de la región, fue refugio de los sectores progresistas y de izquierda que huían del cono sur-, el elemento contracultural ha sido un factor clave en el afianzamiento del rock en América Latina.
 

Algunos músicos lo han asumido de manera explícita, a través de letras combativas y un compromiso social de mayor o menor intensidad. También en el norte y con diferentes estilos, bandas emblema como Cafe Tacuba de México, Desorden Público de Venezuela o más nuevas como Choq Quib Town de Colombia, entre muchísimos otros, han abordado el rock pop y derivados como hip hop, ska, reggae y electrónica, para hablar de diferentes realidades adversas, asumiendo una especie de compromiso local con resonancia global, en temas como racismo, corrupción, derechos humanos y ecología, entre otros. (Aquí hay un par de post que escribí antes de: Choc Quib Town: Hip hop afro-reinvindicativo y Desorden Público: Para degustar el mestizo ska caraqueño)


Sin embargo, cabe notar que en esos momentos de consolidación, el solo hecho de abrazar sonidos ajenos al establishment local, significaba una forma de combate. El rock internacional contenía, en ese sentido, importantes dosis de rebeldía –aun cuando al principio no se entendieran las letras-, especialmente al ser reabsorbido y adaptado de acuerdo con los fines, historias y sensibilidades locales, como veremos en algunas apropiaciones que comentaremos en la próxima entrega.

Desarrollar una estética propia es siempre prueba de que todavía se piensa, más allá de lo que quieran imponer los sectores de poder, e independientemente de que algunos sonidos sean mejor tolerados o finalmente absorbidos.  


Si bien la historia del rock en América Latina comenzó, como en otras partes del mundo, con covers de hits del rock and roll anglosajón, traducidos al español, pronto comenzaron los intentos locales por crear fórmulas originales, mediante la generación de atmósferas, la inclusión de instrumentos autóctonos, la incorporación y mestizaje con ritmos de origen folklórico y popular –lo que trataremos en el post "Rock mestizo o el surgimento del folklore urbano de Latinoamérica"- y, sobre todo, la atención a temas propios, inquietudes y angustias locales que han ido surgiendo, y que hoy se nos muestran como ‘universales’ al tocar la fibra humana e incitar nuestra vida sensual y emocional.



*Ésta es la segunda entrega de una serie sobre rock y músicas populares contemporáneas de América Latina, que consta de las siguientes entradas: 

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Rock latino, nuevas músicas o músicas actuales de América Latina,
hacia una definición… o apreciación (I)

Leyendas del rock nacional... argentino. Ilustraciones: Pablo Lobato
Rock latino, rock en español, rock iberoamericano, rock en tu idioma, rock nacional; o, más específico, alterlatino, etnopop, rock mestizo; y, si ampliamos un poco, nuevas músicas o músicas actuales, son algunos de los nombres que cada tanto se van imponiendo para referirse a ese conglomerado de agrupaciones y artistas que desde América Latina –mercados emergentes, dicen- vienen cultivando sonidos relacionados con lo música popular contemporánea, específicamente el pop y el rock en todas sus variantes y derivaciones.

Impulsado, de un lado, por las industrias que buscan nuevas formas de vender –a lo que se añaden las descripciones de las propias bandas en myspace-, y, del otro, por los académicos que tratan de entender –y capturar- cambiantes fenómenos culturales, cada tanto se trata de acuñar un nuevo término, que tiempo después es acusado de impreciso, reduccionista y hasta de neocolonialista o xenófobo. 

‘World music’ o ‘músicas del mundo’ sea quizá el más ilustrativo en ese sentido, como la gran etiqueta propulsada para promover masivamente sonidos extraños al mainstream estadounidense y europeo. 

Impuesta en los 80 por once sellos, ‘world music’ fue la  referencia entre comercial y benevolente -cuando no condescendiente, más allá de algunas iniciativas de valor como el Womad- a un disímil ‘tercer mundo’ que iba desde Asia y África, hasta América Latina,  y que podía meter en un mismo saco, sin prurito alguno, a Los Tigres del Norte, junto con Le Mystère des Voix Bulgares, Tom Zé y los paisajes sonoros de la India, tal como denunciaba David Byrne en su estupendo artículo "I hate world music".

“Eso no es rock, es fusión”, todavía me dicen por ahí ciertos críticos conservadores o ‘rockeros clásicos’ anclados en lo anglosajón, cuando quiero presentar iniciativas como Macaco Bong (Brasil), Choc Quib Town (Colombia) o Bacalao Men (Venezuela), como si eso que llamamos rock, o pop, o hip hop, o electrónica, o cada uno de los géneros y subgéneros contemporáneos –la lista es interminable, basta ver uno de esos árboles genealógicos de las ediciones aniversarias de RockDeLux- hubieran aparecido puros, castos e incólumes sobre la faz de la tierra.
 

El rock –o el rock and roll, si queremos ser más precisos en la fuente originaria- es un híbrido desde su nacimiento, en los Estados Unidos de la década de los cincuenta; una feliz fusión producto de la cópula –cuanto más lujuriosa mejor-, del rhythm & blues cultivado por los negros estadounidenses, y el country & western blanco.

“No hacemos rock, ni electrónica”, nos decía la cantante de Bomba Estéreo, Li Saumet, de su cruce de dub, reggae, rap y toques de electrónica, con cumbia, champeta y otros ritmos folklóricos colombianos. “Puede que tengamos influencias, pero ya no es rock, sino música latinoamericana”, precisaba orgullosa, y hasta prefería ser clasificada como world music. 

Pero a mí estas diatribas supuestamente reivindicativas lo que hacen es acentuar la inquietud respecto a si todas estas etiquetas diferenciadoras y a la vez unificadoras de lo ‘latino’, son más bien una forma de anular su fuerza e impacto, tal y como veía Byrne que sucedía con ‘world music’.

Si no es rock, sino world music, o fusión, o música étnica, o rock latino, entonces un melómano o incluso alguien que se considere ‘rockero’, puede dejarlo cómodamente de lado, o apreciarlo pero como un divertimento puntual; como algo exótico o curioso, pero inofensivo, sin impacto real en sus conceptos de rock, de música, de arte, y mucho menos en su vida. Porque lo exótico puede ser bonito o interesante –es lo que algunos van a ver en los viajes turísticos-, pero es tan irrelevante en la vida, como un colorido souvenir.
 

A mí me interesa la música como expresión de sensibilidades humanas; como fruto de visiones singulares que se cruzan, se complementan y enriquecen, para generar obras únicas y magníficamente diversas de una misma naturaleza humana. Me interesa la música como el resultado y la prueba del diálogo posible entre lo único e irrepetible de cada individuo y lo que éste tiene en común con el resto de seres humanos.

En ese sentido, quiero ser tocada y afectada por lo que escucho, más allá de si se etiquete de una u otra manera. Pretendo conectarme con la sensación, el sentimiento o el pensamiento que dio origen a un tema –o con otros tantos que me evoque-. Y mientras más pueda internarme en diferentes puntos de vista, experiencias, ideas y sensaciones, mejor. 

 
Tomando como marco de referencia el pop rock y sus derivados inmediatos –la electrónica, el reggae, el hip hop y géneros cercanos-, lo cierto es que en América Latina se viene desde hace mucho tiempo haciendo honor al origen mestizo del rock y a esa especial característica regenerativa, que hace que cada tanto salte alguien diciendo: “el rock ha muerto”, para que el resto complete: “larga vida al rock”.
 

Y no me refiero a la explosión de ‘música latina’ miamera en onda fast food, que pareciera le bastara incluir unos timbales en onda salsera y un gritito tipo “caliente” para ajustarse al estereotipo de latino sabrosón.
 

Me refiero a una variadísima gama de músicas urbanas, que se han ido fraguando al calor del mestizaje cultural, a partir de la segunda mitad del siglo XX: del rock chabón y neotango argentinos, al rapsón cubano, pasando por el manguebeat brasileño, la electrónica mexicana, el templadismo de la cuenca del Río de la Plata y el electrocumbé colombiano, por sólo mencionar algunas de las etiquetas más recientes.
 

A estas músicas populares contemporáneas hechas en América Latina dedico la presente serie, analizándolas como un fenómeno sociocultural estrechamente vinculado, sí, a las actuales tendencias de la globalización. Pero no para denunciar supuestas manifestaciones de transculturización, sino para celebrar un largo y rico proceso de apropiaciones, transgresiones y reinvenciones, que mucho tienen que ver con nuestras identidades actuales, con aquello que Robertson llamaba ‘glocalización’ y con lo que siempre ha sido el arte y la música: expresión de sensibilidades.

La exposición "¡Mira qué lindas!", portadas de discos de América Latina 

*Ésta es la primera entrega de una serie sobre rock y músicas populares contemporáneas de América Latina, que consta de las siguientes entradas: 

martes, 26 de octubre de 2010

Conversando sobre Templadismo en Radio 3

Mañana miércoles 27 de octubre estaremos conversando sobre Templadismo y los nuevos cantores que vienen proyectándose desde Uruguay, Brasil y Argentina, en el programa El Gran Quilombo, de Consol Saenz, por Radio 3.

Acuñado medio en broma medio en serio, por el uruguayo Jorge Drexler, como un marco para la creación de canciones desde la Cuenca del Río de la Plata, el templadismo engloba una serie de neocantautores urbanos, como el argentino Lisandro Aristimuño, los brasileños Vitor Ramil y Paulinho Moska -a quienes hemos dedicado varios post sobre templadismo-, además del argentino estadounidense Kevin Johansen y los uruguayos Carlos Casacuberta y Ana Prada, entre otros.


Paulinho Moska
Aunque no responde a un movimiento formal o manifiesto, el templadismo ha ido calando como un término útil para caracterizar un sonido que evita las estridencias, combate estereotipos acerca de lo latino, se permite la melancolía, revindica la lírica, se apuntala en la electrónica y aborda sin purismos congelantes géneros folklóricos desde Río Grande do Sul de Brasil, hasta el Uruguay, pasando por las provincias argentinas de Entre Ríos, Santa Fé, Río Negro y la Pampa húmeda.

Sobre sus orígenes, sus búsquedas estéticas y matices, estaremos conversando mañana, desde las 8 p.m.
 

Aquí ya se puede escuchar la entrevista:



Y aquí dejo cuatro notas escritas anteriormente sobre algunos de sus exponentes:

miércoles, 6 de octubre de 2010

Le Butcherettes y El Mató a un Policía Motorizado
(El rock latino que saca a la luz el veranito europeo - y V)

Aunque el frío llegó engañoso, adelantándose para luego retroceder, el verano se desvanece y ya conviene cerrar esta serie sobre músicos de América Latina, que se han dado a conocer en España y Europa durante esta temporada de conciertos y festivales.

Lo hacemos con dos exponentes interesantes, que impactaron en sus presentaciones, pero que pasaron un poco más desapercibidos por los medios, a mi juicio en gran parte porque su sonido está más cercano al indie y lo alternativo, que a esas propuestas con toques ‘tropicales’ que el mercado de la música está acostumbrado a absorber como latinos.

Se trata, no obstante, de agrupaciones que sin apelar directamente al folklore o a ritmos populares de la región, sí logran una apropiación peculiar y contundente del rock, herederos de lo que ya puede considerarse una tradición o escuela específica de rock latinoamericano: el llamado ‘rock nacional’ de Argentina y México.

Le Butcherettes: rock carnicero y feminista


Si por su sonido se pensó que la agrupación mexicana Le Butcherettes desencajaría en el festival Sonar, su provocadora puesta cargada de simbolismos, enganchó hasta a los ‘electrónicos’ más sedientos de fiesta. “Sólo con el vestuario me ganaron”, dijo un asiduo, mientras otro tocaba en una guitarra imaginaria los acordes de su “rock carnicero”, como lo llama la histriónica líder, Teri Gender Bender, resaltando desde su propio nombre las connotaciones de la propuesta: retorcer con ironía conceptos estereotipados de género; ser carniceras antes que pedazos de carne.

Al escenario llegó con un vestidito estética de los 50, falda corta, sexy, muy femenino, mancillado por manchas de sangre. Con un plumero fue quitando el polvo, cual perfecta ama de casa, mientras tras la batería la observaba una suerte de marido enmascarado -Normandi Heuxdaflo- quien golpeó la caja, como si fuera una mesa mal servida, dando inicio a un impactante show de furia riot grrrl, toques de blues sucio y experimentación post-punk.
 

Creado en Guadalajara, inicialmente como dúo femenino, en su música no es difícil encontrar rastros del movimiento Riot Grrrl, Bikini Kill y cierta atracción escénica a lo PJ Harvey. Ahora radicada en México DF, Teri se presenta acompañada de baterista y bajista, ambos con máscaras de luchador, y una bailarina teclista, especie de clon en su lucha feminista dramatizada, donde no faltan los revolcones y bailes convulsionados, entre la sangre y los pedazos de carne cruda volando.
 


“El carnicismo es la parodia poética, donde el escenario representa el hogar, el estereotipo de la familia mexicana cliché”, nos explicó en una entrevista para la revista RockDeLux, que saldrá en la edición de noviembre. “Estoy yo y mi alter ego, luchando contra una sociedad que nos limita. Y está Normandi, enmascarado porque también carga con el peso de su rol”.

Generalmente escritas en inglés, sus canciones cuentan historias de mujeres, interpretadas entre la seducción y la acusación; cortas y enérgicas, melódicas y aún así cáusticas. “Tenemos una ideología feminista, pero del feminismo real, que es la lucha por la equidad total entre hombre y mujer, y el derecho a elegir fuera de los estereotipos”, aclaró Teri, ferviente lectora de Simone de Beauvoir, Silvia Plath, Bell Hooks y Christina Hoff Sommers.
 

Desde 2007 el grupo viene conquistando la escena independiente mexicana, hasta obtener, en 2009, dos premios Indie-O Music, como ‘mejor nuevo artista’, y ‘mejor álbum punk’, por su EP Kiss & Kill (2008). La revista mexicana Warp Magazine llegó a incluirlo en su lista “Los nuevos clásicos, las 30 bandas que cambiarán el futuro de la música”. 


Exageraciones aparte, este año, acompañó a los Yeah Yeah Yeahs en su gira por México y, como parte de la Red Bull Academy, participó en su edición de Londres y en el Sónar de Barcelona. 

Acogida por el guitarrista y productor de The Mars Volta, la agrupación se encuentra de gira por Estados Unidos, a punto de sacar su disco Sin Sin Sin, bajo la producción y sello de Omar Rodríguez López, y cuyo primer single Henry Don’t got love está disponible para descarga. En noviembre volverá a  Europa para la presentación del álbum, con el Omar Rodríguez Group.


El Mató a un Policía Motorizado: Distorsión melódica


Proveniente de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, ciudad que para muchos críticos alberga el movimiento de rock más independiente y con mayor identidad de Argentina –de allí vienen Virus y Los Redondos-, El Mató a un Policía Motorizado surgió en 2002, como un grupo de instituto, proyectándose y ganando espacios prácticamente sólo a través de medios alternativos.

Conformado por Santiago Barrionuevo (alias Santiago Motorizado, bajo y voz); Willy Ruiz (alias Doctora Muerte, batería) y los guitarristas Gustavo Mansalvo (alias Niño Elefante) y Manuel Sánchez (alias Pantro Puto), cultiva un característico sonido indie –y humor- suramericano, enmarcado dentro del punk rock y el noise, con fuertes guitarras distorsionadas en primer plano, pero cuidando también la melodía y las letras en temas que, aunque sencillos, llegan cargados de imágenes.
 

Con claras influencias de los Ramones, The Jesus and Mary Chain, Pixies y Sonic Youth, sus canciones tienen la fuerza sucia de la distorsión, aderezada con progresiones minimalistas, ritmos repetitivos y líneas melódicas bastante pegadizas. Un punk barrial de estética espacial y algo de Kraftwerk, si se quiere, aunque puede que a veces se extrañe mayores cambios de tema a tema.
 

Su disco debut homónimo salió en 2004, bajo el sello independiente Laptra, seguido por una trilogía de EPs que ilustran el ciclo de nacimiento, vida y muerte: Navidad de reserva (2005), Un millón de Euros (2006), y Día de los muertos (2008), su mejor producción hasta el momento, incluida en la lista de los 50 mejores discos de la década, según la revista Rolling Stone, Argentina.

Estuvieron en Barcelona como parte de la reducida representación latinoamericana en el Primavera Sound, junto con la magnífica agrupación brasileña Macaco Bong –quizá hablaremos de ella más adelante- y la chilena Javiera Mena. Luego partieron en una mini gira por diferentes locales de Madrid, Barcelona, Valencia, Gandía, Xativa. La edición de octubre de la revista RockDeLux incluye una nota respecto a su paso por España.
 

(Esta reseña es la última entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)

viernes, 24 de septiembre de 2010

El manifiesto de Pablo Dacal: Asesinato del rock
(A modo de marco teórico del rock latino que saca a la luz el veranito IV)


En la anterior entrega de esta serie sobre el rock latino que se está dando a conocer durante el verano europeo, la cantante Li Saumet afirmaba que Bomba Estéreo, así como otras agrupaciones emergentes de Colombia no estaban haciendo rock.

Cuando le aclaré que hablaba de rock latino en sentido amplio, como un nombre para enmarcar la actual música popular urbana hecha en América Latina, con componentes rock y pop, en todas sus vertientes y ramificaciones, pero reapropiados y enriquecidos por elementos foklóricos y populares de la región, nos reiteraba: “ya no es rock” y hasta prefería ser catalogada con la también esquiva –y hasta subestimadora- etiqueta de world music.

Como periodista, investigadora y promotora cultural muchas veces me he tenido que enfrentar a lo limitativo y equívoco de rótulos como rock, pop, world music, músicas del mundo, indie, alternativo, étnico y tantas más.

Como al final lo que me interesa es el concepto de creación más allá de las etiquetas, recordé un manifiesto que en 2006 publicara el músico argentino Pablo Dacal, que ahora comparto a modo de marco teórico y conceptual de lo que creo debe ser la creación –y apreciación- musical: la que parte de una sensibilidad inquieta y echa mano  de todo lo que necesite, sin ascos ni miramientos, para poder expresarse.

Asesinato del rock
  1. El rock ya no nos representa sino en parte, como el tango o la música romántica. Algo de nosotros puede ser dicho en sus términos, pero son géneros que representaron la experiencia de generaciones pasadas, no la nuestra.
  2. El rock, al integrarse en todas las escalas del sistema de vida imperante, muere como canal de ideas nuevas y ocupa el lugar de la crítica dentro de la estructura del poder. Es otra oferta del discurso oficial, y atacarlo desde el Estado es parte del juego dialéctico. Creer que aún guarda algún poder de transformación es ingenuo y conservador.
  3. El rock es antropofágico, y al ocupar socialmente el rol de música juvenil no permite ser desplazado. Quien tenga ideas nuevas deberá ser ingerido o pasar a la clandestinidad.
  4. El rock, como todo género envejecido, añora su vitalidad original y vive enamorado de su pasado. Se expresa en el gesto de su juventud triunfante a través de la mirada pop. Creer que lo hace a través de la sexualidad o la violencia es falso: todos los géneros expresaron su propia sexualidad y violencia.
  5. A través del pop hablan los arquetipos de la sociedad espectacular, utilizando ciertos géneros del siglo pasado, como el rock o el cine.
  6. El mercado del rock oculta a la novedad proponiéndose como lo siempre nuevo. Decir que ya todo está realizado es parte de su truco: lo que ha sido hecho es solo lo que ha sucedido, lo nuevo esta por hacerse y no tiene nombre.
  7. Te sedan con sexo, drogas, rock y tecnología.
  8. Géneros como el rock pueden ser interpelados, disfrutados e incluso desarrollados mediante la tradición, pero el placer o el desarrollo de una tradición no tienen que ver con la construcción de ideas nuevas.
  9. No se trata de fusionar o poner en tensión géneros y estéticas del pasado, si no de utilizarlos como herramientas para que aflore nuestra sensibilidad. Las rítmicas, los colores, el sonido, la armonía y la estructura compositiva que conocemos son instrumentos que una nueva idea puede requerir, o no.
  10. Las vanguardias realizan una lectura pretendidamente novedosa sobre los géneros e ideas instituidas en un momento determinado. Los movimientos genéricos, en cambio, surgen tras una verdadera ruptura con lo establecido y dejan el dibujo de una nueva moral, pudiendo o no generar moda.
  11. Para encontrar lo nuevo hay que atreverse a no formar parte de la sociedad artística imperante. Si no hay sitios donde mostrar ni medios que nos comuniquen, deberemos inventarlos. Hacer sin dudarlo, como un acto de fe.
  12. En la reacción que la obra genera está el norte de nuestro movimiento: solo hay que saber oírla.
  13. Una nueva sensibilidad no encuentra la manera de expresarse física y espiritualmente con facilidad.
  14. La canción y la historieta son las formas narrativas de nuestro tiempo, cargan con la herencia secreta de la poesía y la tragedia, y continuarán existiendo cuando todo estalle.
  15. El mundo tal cuál lo conocemos vivirá probablemente mucho menos de un siglo. Nuestra música, al igual que nuestra vida, debe dejar de relacionarse con temporalidades ficticias como el futuro o el pasado para enfrentar lo actual en toda su crudeza.
  16. Cantamos nuestro idioma y vivimos nuestro sitio.
  17. No nos alcanza el tiempo.
Pablo Dacal. Rosario - Buenos Aires, Argentina. Diciembre de 2006

Sí, ya no nos alcanza el tiempo, y no es que el tema se acabe aquí. Sirvan estas líneas para echar a andar la reflexión, que en otro momento retomaremos. 

Ilustración: "Nombres propios" de Liniers.

(Esta nota es la cuarta entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Bomba Estéreo: Electrocumbia psicodélica
(Rock latino que saca a la luz el veranito europeo III)


“No hacemos rock, ni electrónica”, nos advirtió suave, pero tajante la vocalista de Bomba Estéreo, Li Saumet, justo antes de subir al escenario del Sonar de Barcelona, donde minutos después se impondría definitoria:

“¡Y grita fuego!, mantenlo prendido, ¡fueeeego!, no lo dejas apagar”, cantaba cual arenga, contoneándose sobre un buffer. Y hasta los más ‘modernitos’ de este festival de electrónica –“música y arte de avanzada”, según dice su nombre-, no pudieron evitar que sus caderas intentaran menearse siguiendo su sinuosa psicodelia: un exuberante cruce de dub, reggae, rap y toques de electrónica, con cumbia, champeta y otros ritmos folklóricos colombianos.


Y la cumbia acalambró el Sonar”, tituló El País, declarándolos triunfadores de la jornada diurna. “Los colombianos Bomba Estéreo se ganaron el escenario grande con su cruce de modernidad y soltura caribeña, con cita a un tórrido ritmo de Cartagena de Indias conocido como champeta criolla”, remató la revista RockDeLux.

Tal como ocurrió el año pasado con la representación africana en el Sonar, en este espacio ultramoderno y eurocentrado, no fueron los beats más electrónicos y machacantes los que terminaron de conducir al trance, sino sinuosas cadencias esenciales.

La euforia tuvo su toque primitivo, su pringue de sudor y adrenalina como de desmadre por los bajos fondos. Pero ahí estaba precisamente la incandescencia de su sonido, la fuerza desinhibidora de un beat atávico, un pulso primordial que fluye y se entremezcla con lo urbano, recordando de un lado a la Mala Rodríguez o a M.I.A.; del otro, a la folklorista Totó la Momposina y Calle 13.

Con una una impresionante fuerza escénica, la mezcla, generalmente enmarcada dentro del llamado electrocumbé (electrónica + cumbia o merecumbé), ha sido igual de explosiva en cada lugar donde se ha presentado: del Latin Alternative Music Conference de Nueva York y el South by Southwest (SXSW) de Austin, al Womex de Copenhagen, el Sónar de Barcelona o la Mar de Músicas; de China y Japón hasta Brasil y México.

El video de su presentación en México es un poco oscuro y lejano, pero capta su fuerza escénica

Creada en 2005, se ha convertido en una de las bandas latinoamericanas con mayor proyección internacional -junto con Choc Quib Town, de quien hablamos en un anterior post-, siendo una de las cabezas más visibles del  movimiento de nueva música colombiana, que viene actualizando la inmensa gama de ritmos autóctonos, a partir del jazz, el rock, el hip hop y la electrónica.

Durante este mes de septiembre iniciará la grabación de su tercera placa, a publicarse en 2011, luego de Vol. 1 (Polen Records/ Nacional Records, 2006) y Estalla (Polen Records, Nacional Records, 2008), recientemente editado en España por BOA-Altafonte / Música es Amor Records.

Presente en el Top 10 Latino de ventas por iTunes, fue reconocida como “best new band in the world” por el programa MTV Iggy, para cuyos fans acaba de grabar un concierto exclusivo. A finales de octubre, estará por segunda vez en el Womex, para volver a España con varias presentaciones en el mes de noviembre.

Esperando su regreso a Europa, entrevistamos para la revista RockDeLux a sus líderes, Simón Mejía (bajista y arquitecto de su peculiar sonido) y Li Saumet (vocalista y letrista). Nuestra entrevista y reseña completa saldrá en la próxima edición de RockDeLux, pero a modo de abreboca, aquí incluimos parte del diálogo con Li Saumet.


-En Colombia, durante los últimos años, se ha creado toda una movida de renovación y revisión de ritmos folklóricos a partir del jazz, el rock, la electrónica… ¿Cómo definirías la fusión de Bomba Estéreo?
-Es un momento clave para la música colombiana. Hay toda una nueva generación de músicos que vienen experimentando con ritmos nuestros, mezclándolos con hip hop y otras corrientes. Bomba Estéreo es una de ellas. Y básicamente es el resultado de lo que somos. Mitad de la banda, es decir, Kike Egurrola (batería) y yo somos de la Costa Atlántica, de Santa Marta, del Caribe Colombiano, donde se escucha mucha cumbia. Le damos toda esa parte del beat afro y el canto. En cambio, Simón (bajista) y Julián Salazar (guitarra) son de Bogotá y Pereira, cerca de Medellín, dos ciudades en la montaña. Cada uno, con su personalidad y todo lo que tenemos en la cabeza, la herencia que tuvimos desde chiquitos, más lo que adquirimos de grandes, hacen esta mezcla bien interesante entre cumbia, champeta, reggae, música electrónica, hip hop y rock.

-Musicalmente ¿qué tienen la cumbia o la champeta que las haga idóneas para adaptarse al hip hop y la electrónica?
-Es el beat afro. Toda esa música folklórica colombiana viene de una tradición africana, indígena. Es el núcleo de toda la música bailable del mundo. Al hip hop le puedes meter casi cualquier cosa. La música electrónica es bailable, la cumbia también. Con ambas a la gente le da ganas de moverse como en un trance. Así que se ligan muy bien, porque rítmicamente tienen cosas en común, y llegar a ese punto de fusión fue algo que pasó naturalmente. Fue como agarrar el chinquichichinkin, chinquichichinkin de la cumbia y subirlo a ¡chinquitipátipá! ¡chinquitipátipá!


-¿Qué les motivó a retomar la cumbia y qué le aporta el hip hop y la psicodelia a esa renovación?
-Es que a Simón y a mí, a todos, nos gusta mucho la música folklórica. Para nosotros es algo natural, algo con lo que crecimos y que tenemos bien codificado en la mente. A eso se agregó el hip hop y otros ritmos urbanos cuando fuimos creciendo, y a estas alturas no podríamos hacer otra cosa. La cumbia y la champeta, mezclada con el hip hop y la electrónica, es lo que teníamos y lo que conocemos. Nos sale natural. Lo interesante es que ese folklore que nos gusta, normalmente era tomado como música para los señores, los abuelos, los tíos. Se veía como algo estancado. Ahora, en cambio, mezclándolo con cosas que también nos gustan, adquiere un lenguaje más fácil para los jóvenes, se ha convertido en una nueva música colombiana.

-¿Se ubicarían dentro del llamado electrocumbé?
Sí, bueno, nosotros lo llamamos más ‘electrovación contestatario’ o la ‘elegancia tropical’. Es difícil enmarcarlo dentro de un género, porque son músicas que tienen tantos elementos que cualquier nombre se queda un poco corto. 


-Dentro del rock latinoamericano ha habido como oleadas de proyección. Primero fue el empuje inicial Argentina con Charly García, Fito Paez, Luis Alberto Spinetta; luego repuntó México en los 90, con Café Tacuba, Molotov, Control Machete, etc.  ¿Crees que ahora con Bomba Estéreo, Systema Solar, Sidestepper, Choc Quib Town y tantos otros, Colombia podría estar protagonizando una nueva ola? ¿Hacia dónde crees que va el rock latino? 
-Lo que pasa es que ya no es rock. Creo que por primera vez se está creando realmente música latinoamericana y no rock. Puede que uno tenga influencias, pero lo que hacemos ya no es rock, porque estamos retomando nuestras raíces, mucho más bailables y tropicales. 

-Hablamos de rock latino en sentido amplio, como una etiqueta enmarcar la actual música popular urbana hecha en América Latina, con componentes rock y pop, en todas sus vertientes y ramificaciones, pero reapropiados y enriquecidos por elementos autóctonos o provenientes de la cultura popular latinoamericana. En ese sentido, ¿no crees que México, por ejemplo, sí ha logrado crear un sonido propio, integrando precisamente ritmos folklóricos como ahora lo hace Bomba Estéreo?
-Sí, lo que pasa es que es al revés de lo que ocurría hace 20 años con el rock. Antes nosotros tomábamos lo que nos daban de afuera. Ahora Latinoamérica está sacando cosas. Músicos y dj’s europeos y estadounidenses están metiendo cumbia, champeta, reggaeton y otros ritmos nuestros en sus sesiones. A los folklóricos puristas les puede sonar muy raro. Pero al común de la gente, le suena bien. Los jóvenes están rumbeando con músicos colombianos, escuchan su propia música, sin que sea el folklore de los abuelos o de sus papás. En los noventa, la música joven latinoamericana estuvo marcada por el rock. Ahora, con esta oleada de músicos, con nosotros, con Calle 13, con Choc Quib Town, se siente más latinoamericano y menos anglo.

Manteniendo a raya las etiquetas –que a fin de cuentas el rock nació mestizó, el rock ha muerto y qué viva el rock-, el próximo 30 de octubre Bomba Estéreo actuará nuevamente en el Womex, y volverá a España durante el mes de noviembre: jueves 4 en Madrid (Caracol), viernes 5 en Granada (Planta Baja), sábado 6 en Sevilla (Malandar) y miércoles 10 en Barcelona (Apolo).

La entrevista y reseña completa saldrá publicada en la edición de octubre de la revista RockDeLux.

(Esta nota es la tercera entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)

lunes, 30 de agosto de 2010

Los Amparito: psicodelia electrónica a lo mariachi wave
(Rock latino que saca a la luz el veranito europeo II)

Cuando Carlos Pesina llegó al Sónar de Barcelona con su nuevo proyecto Los Amparito, caminó tímidamente hacia el frente de la carpa del Sónar Dome. Con actitud humilde colocó su portátil y, casi diminuto, se estiró para adornar la mesa con una colorida manta mexicana. No hacía falta: apenas comenzó a agregar capas a su esponjosa psicodelia electrónica, reveló perfectamente de dónde venía y por qué está captando la atención de músicos y dj’s en el mundo.

Los Amparito es un invernadero de suave, personal y evocadora psicodelia; un microclima donde se cultivan y recontextualizan sonidos de la música tradicional y popular de México y Latinoamérica, en una especie de tributo electrónico y avant garde, a artistas como la cantante folklórica Amparo Ochoa.

“Comencé usando casi únicamente fragmentos de su música, pero luego tomé cosas de Colombia, y últimamente incluyo hasta son jarocho”, comenta Pesina. Así ha incorporado jarana yucateca, huapango, banda y cumbia, incluyendo el curioso el subgénero psicodélico surgido en Monterrey, la cumbia rebajada, “cuando las cintas se tocaban en reproductores cuyas baterías iban perdiendo la carga”, explica divertido.

Si bien antes había generado cierto interés por el pop electrónico en 8 bits, que desarrollaba como Pepepe, o internándose como Pesina Siller en un ambient introspectivo; con Los Amparito, Pesina ha desarrollado lo que considero su más consistente y acabada propuesta.

Tomando elementos de diferentes botes de la cultura pop mexicana, los ritmos se entremezclan en una mullida nube sonora. Frases cantadas por Amparo Ochoa, líneas de mariachis y de otros músicos populares como Perez Prado, Mike Laure, Juancho Polo Valencia o Los Utrera, se hilvanan con riffs de psicodelia, extractos del pop de los 60, más otros guiños culturales, como los aplausos grabados en un discurso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, incluidos en el tema “Por Medio de la Lectura”.


‘Huarache-gaze’ o ‘Mariachi-wave’, llama él jocosamente a su música, para referirse a esa mezcla como de shoegaze y música regional. “Creo los términos los inventó la banda María y José. En cierto sentido describe mi idea de hacer música notoriamente basada en la tradicional mexicana, pero llevada a las reverberaciones y psicodelia de otros estilos pop”, explica.

Más que zapatos sustituidos por huaraches –las sandalias trenzadas típicas mexicanas-, su ‘huarache-gaze’ se trata, pues, de un collage de sonidos locales y populares, como paisajes y texturas, con efectos y retroalimentación psicodélica. La tendencia, cultivada también por agrupaciones de Jalisco, Tijuana y Aguascalientes, como María y José, Los Macuanos, Capullo y Santos, ha ido ganando prominencia como una de las más frescas tendencias de la música electrónica.


En el caso de Los Amparito, blog de músicos y prensa especializada han comparado su propuesta con el trabajo de The Books, El Guincho y Atlas Sound, llegando incluso a  catalogarlo como la versión mexicana de Animal Collective -del cual, por cierto, ya ha hecho algún remix.

Exageraciones aparte, en México, los Indie-O Music Awards lo reconocieron este año como ‘mejor nuevo artista”. Destacó también entre las  actuaciones más interesante del South by Southwest (SXSW) de Austin. Y el programa MTV Iggy incluyó a Los Amparito en su lista “Bands We Like”, definiéndolo como “a mix of the fruity, light-hearted sample-collaging of The Books; the buggy, bizarre melodies of Of Montreal; and the fuzzed-out glo-fi of MTV IGGY favorite Toro Y Moi”.

-Analizando tu música, se siente que con Pesina Siller trabajas más ambient; Los Amparito tiene ese encuentro con el folklor, y Pepepe es más pop. ¿Pero cómo definirías más ampliamente cada proyecto?
-Con Pesina Siller hago las cosas más serias en cuanto a estética y cómo se escucha. Es más ambient instrospectivo, más IDM (Intelligent dance music). Una electrónica más para escuchar reposadamente, ambiental y totalmente digital, casi sin sampleos. Con Pepepe hago cosas más de 8 bits. Actualmente estoy trabajando con chachachá y acid. Es más pop electrónico; con su toque experimental, pero aplicado al pop, a veces con voces. Los Amparito es el más cerrado musicalmente: es música folklórica mexicana y latina, pero procesada electrónicamente con psicodelia. Tiene juegos de reverberación, atmósferas en vivo, todo este jugueteo con sonidos psicodélicos.


-Y si nos vamos por las influencias, ¿cuáles han marcado tus diferentes proyectos?
-Los Amparito está influenciado por mucha música repetitiva con reverberaciones: Aquaparque, El Guincho, Panda Bear, tal vez Broadcast y Taken By Trees. Lo de Pepepe es mucho más abierto a cualquier estilo pop, pero casi nunca purista. Entre  mis principales ídolos musicales están Uwe Schmidt, Matthew Herbert y Serge Gainsbourg. También Matmos, The Avalanches, Daedelus, etc. Pesina Siller tal vez está influenciado por Colleen, Autechre, Kit Clayton, Fennesz, Deadbeat, etc.

-Los Amparito se llama así en honor a la cantautora mexicana, o por los Lonches Amparito (especie de sándwiches de diferentes tipos de carne y queso, con aguacate y chile jalapeño, que venden en un localcito en su originaria Jalisco)?
-Por ambos… (risas). Había estado usando fragmentos de Amparo Ochoa para hacer música y me gustó el nombre de los lonches. Es raro y curioso que sean tan conocidos, aunque sólo sea un local pequeño. Tienes que hacer fila por al menos media hora para poder comprar.

-¿Y en qué se parece tu música a los Lonches Amparito?
-En que usamos la misma receta secreta para sazonar (risas).

-¿Cómo distinguirías tu trabajo respecto a otras propuestas de electrónica mexicana, que también incluyen sonidos tradicionales, como Nortec?
-Tenemos ideas similares en cuanto a las mezclas, pero no en lo estético. Creo que el aspecto cultural es similar: tomamos cosas y las hacemos electrónicas. Pero musicalmente, en cuanto cómo se escucha el producto, es totalmente diferente. Lo mío es un poco más pop, lo de ellos es más electrónica –vienen de la escuela del techno. Yo nunca he hecho música bailable 100%. La electrónica que yo hago es más para escucharse. También hay diferencias de generación.

-¿Cómo empezaste a hacer música? ¿Tocabas algún instrumento tradicional?
-Me gustaba la música desde niño e intenté aprender piano, guitarra, teclado, pero nada. Me desesperaba mucho que quisieran enseñarme a tocar música de otros, cuando lo que quería era hacer mis propios ruidos, aunque no fuera música como tal. Quería hacer grabaciones raras. Así que empecé a hacer como collages en cintas. Grababa ruidos y cosas, y luego, en secundaria, comencé a usar la computadora para hacer mi propia música con pedacitos de canciones.


-Hasta ahora has regalado tu música por Internet, ¿hay algún plan de sacar un disco como tal?
-Sí hay planes, pero nada concreto. He hablado con algunas disqueras, y se supone saldrá  un vinilo en Guadalajara. En todo caso, creo que ahorita no es algo tan necesario. Un disco es importante más por currículum que por otra cosa. Yo toda la música la regalo por Internet (a través de su blog odiolosjueves.tumblr.com). De repente hay remixes que salen en físico, pero no es lo común.

-¿De qué vives entonces?
-Mmmm no sé, de suerte (risas). Este año me lo he pasado viajando, y no sé exactamente cómo, pero todo es gracias a la música.

-¿Y musicalmente qué planes tienes para Los Amparito?
-Quiero invitar a más gente. Para grabaciones y toques en vivo me gusta incluir instrumentos. Varios músicos amigos han colaborado. Últimamente he estado tocando con Abigail Vasquez, una violinista y vocalista, y hace poco grabé varias colaboraciones con Jess Sylvester de Good Girls. Otros que colaboran en vivo y en estudio son Edgar Mota (Collateral Soundtrack), Rodrigo Vargas (Dat Roc) y Apache O'Raspi (bajista de Suave as Hell).

-En ocasiones has incluido a la cantante y guitarrista Cyané, ¿qué le aportan las voces a tu proyecto?
-La voz lo hace más pop y me gusta el pop. Escucho mucha música experimental, me gusta, me da ideas para pistas, para aplicarlas en otra cosa, pero siento que lo más completo es la música cantada. El canto le da una conexión con la gente. Eso es pop, la música que cualquiera puede escuchar. Y como yo no puedo cantar… 

-Has hecho remixes de Panda Bear y Animal Collective. ¿De quién más te gustaría remezclar?
-He hecho muchos remixes a músicos muy distintos. Como Los Amparito también he hecho remixes de Julieta Venegas, Carla Morrison, María y José, AM, y estoy haciendo uno de Antoine Reverb. Me gustaría hacer de Tickley Feather, Caribou, Taken by Trees y Broadcast.


-¿Hablando de la música en México, qué otros proyectos recomiendas?
-Los Macuanos, de Tijuana, San Diego. Hacen como cumbias y música mexicana, pero un poco más bailable y al mismo tiempo oscura. Capullo, de Aguas Calientes, que hacen merengue pop. Y María y José, de Tijuana, que es como un pop regional bien extraño.

-Todos los que nombraste tienen un componente folklórico. ¿Crees que esa sería la vía para poder proyectarse?
Sí, estamos en la misma onda y creo que en parte sí es la manera. Con Los Amparito me han salido varias invitaciones a festivales en México y en el extranjero, que no salían tan fácil con los otros proyectos. Es muy difícil que inviten a alguien a Europa, si hace más o menos lo mismo que hay acá. Pero si tienes algo distinto, les puede llamar la atención. Lo importante es hacer música nueva, algo diferente, aunque no sea regional.

No era la primera vez que Carlos Pesina visitaba Barcelona. En 2009 participó en la Red Bull Academy, donde entre las experimentaciones y encuentros terminó jugueteando en la reactable, el instrumento electrónico desarrollado en la Universidad Pompeu de Fabra. “Me grabaron y luego en México me decían: te vi tocando en una mesa con unos juguetitos. Bien chido”, recuerda. De aquí partía a Londres y Tokio, volvía a algunos toques en México, para luego visitar Suiza y quizá Madrid.


(Esta entrevista es la segunda entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)