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miércoles, 1 de abril de 2009

Vetusta Morla: Fuerza rockera, sentido lírico


Desde que los escuché por primera vez, dentro de la llamada escena independiente española, la agrupación madrileña Vetusta Morla me sorprendió.

Aunque supuestamente eran ‘nuevos’, me sonaron como un bandón, como un grupo con historia y músicos curtidos que de tanto tocar juntos ya se saben las mañas y permiten que la energía fluya más naturalmente.

Fue muy curioso verlos aparecer de repente, a principios de este año, en la programación de Los 40 Principales, quizá seguidos por Estopa u otro grupo comercialón que no recuerdo.

Lo hicieron con un curioso y muy premiado video en plano secuencia de la versión acústica del tema “Un día en el mundo” –rebautizado para la ocasión como “Otro día en el mundo”-, filmado, por cierto, por el venezolano Álvaro León y el grupo Keloide.



A partir de su triunfo el pasado febrero en los XIII Premios de la Música – ganaron como Autor Revelación, Artista Revelación y Mejor Álbum Pop Alternativo- vino la gran explosión mediática, el inicio de su gira por España y el anuncio de una edición en vinilo de su primer disco. Pero su historia no tiene nada que ver con esos ascensos vertiginosos ni –creo- fugaces.

Ciertamente sacaron su álbum debut Un día en el mundo en 2008, pero tal como yo pude intuir por su sonido, su historia empieza hace más de una década, en la localidad madrileña de Tres Cantos.

Los integrantes iniciales se conocieron en el instituto. Dicen que han compartido aulas, bares y canchas de fútbol, además de salas de ensayo. Y llevan más de 10 años fogueándose en el escenario -para muchos su mejor perfil-, así como creándose una personalidad. Y vaya que se nota.

El hoy sexteto conformado por Pucho (voz), David "el Indio" (batería y coros), Álvaro B. Baglietto (bajo), Jorge González (percusiones y programaciones), Guillermo Galván (guitarras y coros) y Juan Manuel Latorre (guitarras y teclados), suena sólido, afiatado como banda de larga data –de hecho componen entre todos-, pero con frescura y twist particular.

Lo más divertido es que ninguna disquera los firmó. Acusados de “muy arriesgados” para las más comerciales, y “demasiado mainstream” para las indies, tuvieron que conformar su propio sello, Pequeño Salto Mortal, para sacar esta placa inicial, que no tardó en hacerse de premios.

Y quizá nunca mejor elegida la imagen de portada: un niño que salta entre dos bancos en un muelle junto al mar. Tienen fortaleza rockera, como lo muestran sus riffs de guitarra y contundencia percusiva. Pero también sentido lírico, una capacidad para contar historias, con cierta sofisticación y profundidad.

Diría que a veces, si uno se descuida, puede quedarse pegado con la melodía y dejar desapercibido lo brutal de las letras. Creo que algo de eso pasa con la versión acústica de “Un día en el mundo”, y por eso, más allá de lo curioso y divertido del otro video, prefiero la fuerza del original:



Siempre me ha llamado la atención que muchos cantantes españoles de rock nieguen de antemano a quienes –para bien o para mal, y más allá de los usos que se han hecho de ellos- son los grandes vocalistas de su historia, como Camilo Sesto o Rafael –hasta Bono sabe que Sinatra siempre será “La voz”.

De allí quizá que muchos de los roqueros españoles prefieran esa vocalización un tanto gutural y lo más alejada posible a la de aquellos 'maestros vocales'. El problema es que, en el mejor de los casos, pueden sonar a Sabina -casi nunca a Tom Waits-, y la mayoría de las veces sólo recuerdan berridos con café, alcohol y cigarro, sin nadita de lo sexy del desgarro emocional.

Pucho, en cambio, me sorprendió por lo potente y particular de su fraseo. Le salió bien la estrategia. Su voz tiene algo de carrasposa, pero con amplia tesitura y mucha fuerza. Logra llegar a tonos altos y brillantes, pero conservando lo rugoso.

Como banda, me impresiona especialmente su contundencia en vivo: riffs de guitarras potentes y certeros, un pulso irrefrenable y contagioso entre batería, bajo y percusión, todo hilvanado por el fraseo peculiar de Pucho, como puede verse muy bien en temas como “La Cuadratura del Círculo”.



(Ésta es la primera entrega de una serie sobre recomendaciones de música actual en España, titulado Música contundente para llevar)

Música contundente para llevar: Vetusta Morla y Cuchillo

















‘Descubrimientos’ –queriendo decir ‘recomendaciones’- era lo que solían pedirme mis colegas de Venezuela, cuando regresaba de un viajecito por Nueva York, Buenos Aires, Londres, San Francisco o Madrid.

Ahora que vivo en Barcelona y hace tiempo no piso Caracas, no he podido satisfacer su curiosidad e interés, al menos no en vivo y tampoco dejándolos escudriñar entre mis nuevas adquisiciones: discos, revistas y libros.

Me temo que los ‘descubrimientos’ se me han ido acumulando. Así que ahora, aunque sé que nunca será como aquellas sesiones apurando un vino e intercambiando cuentos, les dejo un par de referencias antes de que se me añejen demasiado: en un primer post la agrupación Vetusta Morla y, en una segunda entrega, el dúo Cuchillo.

La primera es de Madrid y el otro está radicado en Barcelona. Ambos sacaron sendos discos debut el año pasado, saltando a las listas entre lo mejor y más fresco de la Península. No obstante, llevaban años macerándose en el escenario, quizá donde mejor se puede apreciar su fortaleza.

Aquí están los post:

miércoles, 7 de febrero de 2007

Cacerías disqueras por el mundo (I)

Colecciono y atesoro anécdotas de búsquedas de discos por el mundo. Otros melómanos me han contado las suyas. En honor al moribundo CD y a la “Ceremonia de caza y cata del disco nuevo”, que referimos en la anterior entrada, aquí rememoro algunas, sin nombres propios, pero en primera persona; como para que cada quien pueda recordar y sentir la excitación de sus propias cacerías.

You say potato, I say potahto
Estaba en el hogar de Louis Armstrong, donde el jazz se destila por todas partes. El ambiente en Bourbon Street disparó un viejo recuerdo: una melodía de Armstrong y Fitzgerald que escuché en casa de una amiga del colegio y que nunca más volví a oír. No sabía cómo se llamaba, sólo recordaba una estrofa que, para colmo, ni siquiera era el coro donde sí se decía el título.

Caminando frente al puerto, entré a una tienda que seguro habrá devastado el huracán Katrina. Fui hacia el vendedor, intenté explicarle lo que buscaba y ante su cara de no-sé-de-qué-me-hablas, me atreví. Le dije “la canción dice algo así” y canté: you say potato, i say potatho, you say tomato, i say tomatho…

Creo que los vendedores supieron desde la primera línea –equivocada, por cierto- de qué canción se trataba. Pero me dejaron allí cantándoles por un rato, para luego mirarse entre ellos, reírse y, al final, pararse para buscarme un maravilloso disco, The Complete Ella Fitzgerald & Louis Armstrong on Verve, con aquel tema: Let’s call the whole thing off.

Tantas vueltas para volver a mí
Por allá por los 80, Mick Fleetwood, el baterista de Fleetwood Mac, le dio un arranque de locura y se fue a grabar un disco como solista en Ghana: The Visitor. Era de pura batería y tambores africanos, entre otras cosas. Para mí era un trabajo adelantado a lo que sería lo que conocemos como world music. Yo lo tenía en vinilo, pero en una crisis económica lo vendí con todos mis viejos discos.

Ya recuperado, lo busqué por medio mundo. Pregunté en cada país que visité, pero nunca lo conseguí. El cuento es que un día entro a husmear en Comercial Carillo –el local que desde la década de los 60 vende discos de acetato en el centro de Caracas- y me encuentro mi disco. Sí, no otro disco de The Visitor, sino mi disco, el que vendí en el 93, con sus marcas y todas sus cosas. Tantas vueltas para regresar a mis manos. Ah, un detalle, ese disco nunca fue editado en CD.

Joya en remate
Lo había buscado en México, Panamá, Nueva York, Madrid, Argentina, Chile, Bogotá y no sé dónde más. El primer disco de la banda Arco Iris, la primera agrupación del maestro Santaolalla –una joyita de 1969, donde se venía venir lo que sería Gustavo-, nunca apareció. Pero caminando por la céntrica Av. 18 de julio de Montevideo, en una discotienda de remate -CD Warehouse- encontré la maravilla y por sólo tres dólares.

Una carrera por Dylan
Descubrí el “Highway 61” de Bob Dylan en un bar de Granada, en el año 1988. Un amigo y yo nos hicimos colegas del dueño del bar. Era tipo hippie setentero. Él nos hizo escuchar el vinilo que empieza con el golpe de caja de “Like a rolling stone”. Teníamos 15 años y ambos empezábamos a tocar la guitarra. (“How does it feeeeeeeeeeeeeeeel!”).

Nos quedamos fascinados así que, a la vuelta de las vacaciones, nos fuimos corriendo a “Madrid Rock” en la Calle Mayor (era una tienda de discos de dos plantas, bastante generosa). No lo encontramos de primeras. Fuimos a preguntar. El encargado nos dijo que creía que quedaba una sola unidad en un mogollón de discos de oferta, que había al fondo de la tienda. Mi amigo y yo nos miramos una milésima de segundo y explotamos a correr como locos hasta la pila de vinilos. Cada uno empezó por una esquina.

Recuerdo la excitación como si fuera hoy. Al final mi amigo ganó la partida. Nos reímos mucho cuando lo encontró. Ahí estaba Dylan con su caraza recortada en la portada del vinilo y mi amigo todo satisfecho. Al menos me lo grabó en una cinta cassette basf. Así lo tuve por muchos años, hasta que hace relativamente poco me hice con una reedición en vinilo para frikis como nosotros.