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martes, 14 de junio de 2011

Aeiou: Juan Son con Simone Pace en el Sónar de Barcelona...
y el desembarco del Festival en Latinoamérica


Escasa, escasísima es la representación de Latinoamérica en la 18ª edición del Festival de Música Avanzada y Arte Multimedia, Sónar de Barcelona. 

Si bien el año pasado, los colombianos de Bomba Estéreo conquistaron la jornada diurna, y otro tanto lograron la provocadora puesta de feminismo ‘carnicista’ de Le Butcherettes, o la psicodelia a lo mariachi wave de Los Amparito, en el programa de 2011 únicamente figura el mexicano Juan Son, presentado por la Red Bull Music Academy en el Sonar Dôme, además de la sesión del chileno radicado en Barcelona DJ Raff, incluido como talento nacional en el Sonar Village.



 
Exvocalista de Porter, una de las agrupaciones de rock alternativo de mayor impacto en México en los últimos años, pero internacionalmente más conocido por su trabajo en solitario Mermaid Sashimi (2009), Juan Son presentará en el Sonar -por primera vez públicamente- AEIOU, su nuevo proyecto junto con el baterista de la banda neoyorkina Blonde Redhead, Simone Pace. 

Space Hymns (2011) se llama el álbum de estreno de esta iniciativa alterna, binacional y multilingüe; y puede que sean algo como “himnos espaciales” los que articulan sus líricas fantasiosas, sus atmósferas de electropop sosegado y experimental, y esa voz entre andrógina, infantil y extraterrestre. 
 


 


Según nos comentara en una entrevista para la revista RockDeLux, publicada este mes de junio (RDL #296), fue un “peculiar sentido del humor” lo que unió a este músico nacido en Guadalajara, y Simone Pace, italiano de nacimiento, pero que junto con su hermano Amedeo y la japonesa Kazu Makino, han llevado adelante lo que hoy es grupo de culto en la escena alternativa neoyorkina. 

Radicado en la ciudad estadounidense luego de editar Mermaid Sashimi, el disco de corte más experimental y electrónico con el que fue nominado al Grammy Latino, Juan Son buscó a Pace simplemente como productor. “Pero Simone empezó a sumarle cosas y hubo tanta química, que ya no era una producción, sino un proyecto de los dos”, nos confesó.
 

El resultado fueron diez temas -cantados mayormente en inglés- de un art pop evocador, que busca ser onírico, humorístico y un tanto freak.

Con su aguda voz tendiente a los gorjeos y una interpretación muy dada a lo teatral, con maquillaje y disfraces, Juan Son se ha ganado un nutrido y celoso grupo de fans en Latinoamérica, aunque también algunas críticas en México, ante su salida de Porter y su controvertida imagen entre tímida y exhibicionista, como de ‘emo’ histriónico.
 

“A mí también me gusta el pop y me gusta conectarme con mi lado femenino”, advierte de sus últimas exploraciones más alejadas del rock. En Marmaid Sashimi comenzó a explotar ese filón en una colección de temas grabados prácticamente sin batería, sino con ritmos de ruidos sampleados, e interpretados en vivo casi siempre de maneras imprevistas.
 



“Me gusta definir mi voz con humor”, subraya ahora, sobre el otro hilo del que tira en Space Hymns. “Me gusta que inspire paz, como Enya, pero también tensión como la de Björk o Billy Corgan. Me gusta que suene diversa, que la gente se pregunte si es una mujer, un hombre, un transexual, un niño… o hasta un buho, como en Space Hymns. Ahora estoy escribiendo historias medio filosofales, pero creo que el humor es darte cuenta de lo absurdo que es el universo”, sostiene. Esperemos no quede demasiado castigado por el absurdo del horario vespertino: jueves, a las 15h.
 

El Sónar, hace las Américas
 


Contrariamente a lo que pudiera sugerir el menguado número de artistas latinoamericanos en cartel, los organizadores del Sónar no han perdido el interés en Latinoamérica. El detalle es que ahora parecieran verla más como atractivo mercado, que como cantera de talentos.
 

Al menos eso se puede entrever del anuncio del Sónar São Paulo, “el más ambicioso de todos los proyectos en la estrategia de internacionalización de la marca”, según dijeran en la rueda de prensa, el cual se celebrará en el primer semestre de 2012, siguiendo el esquema del Festival de Barcelona, durante tres días y con cuatro escenarios, más el área expositiva de SonarMática y SonarCinema. 

Planteado como un proyecto de suma importancia para la música y cultura catalanas, en momentos de crisis; como una “plataforma obvia” de “expansión” y “proyección de las industrias creativas de Catalunya”, el Sonar Sao Paulo se proyecta con una duración mínima, en principio, de cuatro años.
El desembarco se realizará en alianza con Dream Factory, la productora de Rock in Río, que gestionará la producción, logística y arraigo en el territorio, mientras que los organizadores del festival barcelonés se reservan la dirección artística y cultural del encuentro.
 

“Tendremos en cuenta la escena local, que es gigantesca”, concedió Enric Palau,  encargado de la programación. Será una suerte de refugio para “los parias que hacen música experimental en Brasil”, se atrevió a decir, en tono aparentemente jocoso, refiriéndose al carácter “cerrado” de la industria musical brasileña, que, aunque reconoce no es nada conservadora –como lo subraya el mismo tropicalismo-, la percibe muy centrada en la bossa nova y otros ritmos locales.
 

“Esto me lo comentaban los mismos artistas brasileños, que en el ámbito experimental y de música avanzada, les costaba bastante encontrar su espacio en su propio país”,  nos reiteró, aunque no pudo mencionar ninguna de las agrupaciones con las que habló, que podrían entrar en el cartel. “Es muy temprano todavía”, se justificó.
 

Al menos antes había mencionado la importancia del “baile funk, que nació en las favelas”, así como algunos otros movimientos latinoamericanos, incluidos en ediciones anteriores del festival, como Nortec Collective. “Hemos sido el amplificador de fenómenos muy importantes, como fue Calle 13 en su momento, pero no cabe todo lo que nos gustaría y de América Latina seguro se nos pasa una cantidad de cosas”.
 

En este sentido, el capítulo en Sao Paulo les servirá también para detectar nuevos sonidos que estén surgiendo y “enriquecer” la programación europea. “Ahí estaremos indagando y rascando para traernos cosas nuevas”, aseveró. Esperemos, pues, que se topen, por ejemplo, con la Berbenéutika de Systema Solar, con el folklore electrónico de Tremor, con Lisandro Aristimuño y los neocantautores apuntalados por laptops, con el legado mangue beat, el huarache-gaze, Meridian Brothers y las múltiples contorsiones de la cumbia… 

miércoles, 6 de octubre de 2010

Le Butcherettes y El Mató a un Policía Motorizado
(El rock latino que saca a la luz el veranito europeo - y V)

Aunque el frío llegó engañoso, adelantándose para luego retroceder, el verano se desvanece y ya conviene cerrar esta serie sobre músicos de América Latina, que se han dado a conocer en España y Europa durante esta temporada de conciertos y festivales.

Lo hacemos con dos exponentes interesantes, que impactaron en sus presentaciones, pero que pasaron un poco más desapercibidos por los medios, a mi juicio en gran parte porque su sonido está más cercano al indie y lo alternativo, que a esas propuestas con toques ‘tropicales’ que el mercado de la música está acostumbrado a absorber como latinos.

Se trata, no obstante, de agrupaciones que sin apelar directamente al folklore o a ritmos populares de la región, sí logran una apropiación peculiar y contundente del rock, herederos de lo que ya puede considerarse una tradición o escuela específica de rock latinoamericano: el llamado ‘rock nacional’ de Argentina y México.

Le Butcherettes: rock carnicero y feminista


Si por su sonido se pensó que la agrupación mexicana Le Butcherettes desencajaría en el festival Sonar, su provocadora puesta cargada de simbolismos, enganchó hasta a los ‘electrónicos’ más sedientos de fiesta. “Sólo con el vestuario me ganaron”, dijo un asiduo, mientras otro tocaba en una guitarra imaginaria los acordes de su “rock carnicero”, como lo llama la histriónica líder, Teri Gender Bender, resaltando desde su propio nombre las connotaciones de la propuesta: retorcer con ironía conceptos estereotipados de género; ser carniceras antes que pedazos de carne.

Al escenario llegó con un vestidito estética de los 50, falda corta, sexy, muy femenino, mancillado por manchas de sangre. Con un plumero fue quitando el polvo, cual perfecta ama de casa, mientras tras la batería la observaba una suerte de marido enmascarado -Normandi Heuxdaflo- quien golpeó la caja, como si fuera una mesa mal servida, dando inicio a un impactante show de furia riot grrrl, toques de blues sucio y experimentación post-punk.
 

Creado en Guadalajara, inicialmente como dúo femenino, en su música no es difícil encontrar rastros del movimiento Riot Grrrl, Bikini Kill y cierta atracción escénica a lo PJ Harvey. Ahora radicada en México DF, Teri se presenta acompañada de baterista y bajista, ambos con máscaras de luchador, y una bailarina teclista, especie de clon en su lucha feminista dramatizada, donde no faltan los revolcones y bailes convulsionados, entre la sangre y los pedazos de carne cruda volando.
 


“El carnicismo es la parodia poética, donde el escenario representa el hogar, el estereotipo de la familia mexicana cliché”, nos explicó en una entrevista para la revista RockDeLux, que saldrá en la edición de noviembre. “Estoy yo y mi alter ego, luchando contra una sociedad que nos limita. Y está Normandi, enmascarado porque también carga con el peso de su rol”.

Generalmente escritas en inglés, sus canciones cuentan historias de mujeres, interpretadas entre la seducción y la acusación; cortas y enérgicas, melódicas y aún así cáusticas. “Tenemos una ideología feminista, pero del feminismo real, que es la lucha por la equidad total entre hombre y mujer, y el derecho a elegir fuera de los estereotipos”, aclaró Teri, ferviente lectora de Simone de Beauvoir, Silvia Plath, Bell Hooks y Christina Hoff Sommers.
 

Desde 2007 el grupo viene conquistando la escena independiente mexicana, hasta obtener, en 2009, dos premios Indie-O Music, como ‘mejor nuevo artista’, y ‘mejor álbum punk’, por su EP Kiss & Kill (2008). La revista mexicana Warp Magazine llegó a incluirlo en su lista “Los nuevos clásicos, las 30 bandas que cambiarán el futuro de la música”. 


Exageraciones aparte, este año, acompañó a los Yeah Yeah Yeahs en su gira por México y, como parte de la Red Bull Academy, participó en su edición de Londres y en el Sónar de Barcelona. 

Acogida por el guitarrista y productor de The Mars Volta, la agrupación se encuentra de gira por Estados Unidos, a punto de sacar su disco Sin Sin Sin, bajo la producción y sello de Omar Rodríguez López, y cuyo primer single Henry Don’t got love está disponible para descarga. En noviembre volverá a  Europa para la presentación del álbum, con el Omar Rodríguez Group.


El Mató a un Policía Motorizado: Distorsión melódica


Proveniente de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, ciudad que para muchos críticos alberga el movimiento de rock más independiente y con mayor identidad de Argentina –de allí vienen Virus y Los Redondos-, El Mató a un Policía Motorizado surgió en 2002, como un grupo de instituto, proyectándose y ganando espacios prácticamente sólo a través de medios alternativos.

Conformado por Santiago Barrionuevo (alias Santiago Motorizado, bajo y voz); Willy Ruiz (alias Doctora Muerte, batería) y los guitarristas Gustavo Mansalvo (alias Niño Elefante) y Manuel Sánchez (alias Pantro Puto), cultiva un característico sonido indie –y humor- suramericano, enmarcado dentro del punk rock y el noise, con fuertes guitarras distorsionadas en primer plano, pero cuidando también la melodía y las letras en temas que, aunque sencillos, llegan cargados de imágenes.
 

Con claras influencias de los Ramones, The Jesus and Mary Chain, Pixies y Sonic Youth, sus canciones tienen la fuerza sucia de la distorsión, aderezada con progresiones minimalistas, ritmos repetitivos y líneas melódicas bastante pegadizas. Un punk barrial de estética espacial y algo de Kraftwerk, si se quiere, aunque puede que a veces se extrañe mayores cambios de tema a tema.
 

Su disco debut homónimo salió en 2004, bajo el sello independiente Laptra, seguido por una trilogía de EPs que ilustran el ciclo de nacimiento, vida y muerte: Navidad de reserva (2005), Un millón de Euros (2006), y Día de los muertos (2008), su mejor producción hasta el momento, incluida en la lista de los 50 mejores discos de la década, según la revista Rolling Stone, Argentina.

Estuvieron en Barcelona como parte de la reducida representación latinoamericana en el Primavera Sound, junto con la magnífica agrupación brasileña Macaco Bong –quizá hablaremos de ella más adelante- y la chilena Javiera Mena. Luego partieron en una mini gira por diferentes locales de Madrid, Barcelona, Valencia, Gandía, Xativa. La edición de octubre de la revista RockDeLux incluye una nota respecto a su paso por España.
 

(Esta reseña es la última entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)

domingo, 12 de septiembre de 2010

Bomba Estéreo: Electrocumbia psicodélica
(Rock latino que saca a la luz el veranito europeo III)


“No hacemos rock, ni electrónica”, nos advirtió suave, pero tajante la vocalista de Bomba Estéreo, Li Saumet, justo antes de subir al escenario del Sonar de Barcelona, donde minutos después se impondría definitoria:

“¡Y grita fuego!, mantenlo prendido, ¡fueeeego!, no lo dejas apagar”, cantaba cual arenga, contoneándose sobre un buffer. Y hasta los más ‘modernitos’ de este festival de electrónica –“música y arte de avanzada”, según dice su nombre-, no pudieron evitar que sus caderas intentaran menearse siguiendo su sinuosa psicodelia: un exuberante cruce de dub, reggae, rap y toques de electrónica, con cumbia, champeta y otros ritmos folklóricos colombianos.


“Y la cumbia acalambró el Sonar”, tituló El País, declarándolos triunfadores de la jornada diurna. “Los colombianos Bomba Estéreo se ganaron el escenario grande con su cruce de modernidad y soltura caribeña, con cita a un tórrido ritmo de Cartagena de Indias conocido como champeta criolla”, remató la revista RockDeLux.

Tal como ocurrió el año pasado con la representación africana en el Sonar, en este espacio ultramoderno y eurocentrado, no fueron los beats más electrónicos y machacantes los que terminaron de conducir al trance, sino sinuosas cadencias esenciales.

La euforia tuvo su toque primitivo, su pringue de sudor y adrenalina como de desmadre por los bajos fondos. Pero ahí estaba precisamente la incandescencia de su sonido, la fuerza desinhibidora de un beat atávico, un pulso primordial que fluye y se entremezcla con lo urbano, recordando de un lado a la Mala Rodríguez o a M.I.A.; del otro, a la folklorista Totó la Momposina y Calle 13.

Con una una impresionante fuerza escénica, la mezcla, generalmente enmarcada dentro del llamado electrocumbé (electrónica + cumbia o merecumbé), ha sido igual de explosiva en cada lugar donde se ha presentado: del Latin Alternative Music Conference de Nueva York y el South by Southwest (SXSW) de Austin, al Womex de Copenhagen, el Sónar de Barcelona o la Mar de Músicas; de China y Japón hasta Brasil y México.

El video de su presentación en México es un poco oscuro y lejano, pero capta su fuerza escénica

Creada en 2005, se ha convertido en una de las bandas latinoamericanas con mayor proyección internacional -junto con Choc Quib Town, de quien hablamos en un anterior post-, siendo una de las cabezas más visibles del  movimiento de nueva música colombiana, que viene actualizando la inmensa gama de ritmos autóctonos, a partir del jazz, el rock, el hip hop y la electrónica.

Durante este mes de septiembre iniciará la grabación de su tercera placa, a publicarse en 2011, luego de Vol. 1 (Polen Records/ Nacional Records, 2006) y Estalla (Polen Records, Nacional Records, 2008), recientemente editado en España por BOA-Altafonte / Música es Amor Records.

Presente en el Top 10 Latino de ventas por iTunes, fue reconocida como “best new band in the world” por el programa MTV Iggy, para cuyos fans acaba de grabar un concierto exclusivo. A finales de octubre, estará por segunda vez en el Womex, para volver a España con varias presentaciones en el mes de noviembre.

Esperando su regreso a Europa, entrevistamos para la revista RockDeLux a sus líderes, Simón Mejía (bajista y arquitecto de su peculiar sonido) y Li Saumet (vocalista y letrista). Nuestra entrevista y reseña completa saldrá en la próxima edición de RockDeLux, pero a modo de abreboca, aquí incluimos parte del diálogo con Li Saumet.


-En Colombia, durante los últimos años, se ha creado toda una movida de renovación y revisión de ritmos folklóricos a partir del jazz, el rock, la electrónica… ¿Cómo definirías la fusión de Bomba Estéreo?
-Es un momento clave para la música colombiana. Hay toda una nueva generación de músicos que vienen experimentando con ritmos nuestros, mezclándolos con hip hop y otras corrientes. Bomba Estéreo es una de ellas. Y básicamente es el resultado de lo que somos. Mitad de la banda, es decir, Kike Egurrola (batería) y yo somos de la Costa Atlántica, de Santa Marta, del Caribe Colombiano, donde se escucha mucha cumbia. Le damos toda esa parte del beat afro y el canto. En cambio, Simón (bajista) y Julián Salazar (guitarra) son de Bogotá y Pereira, cerca de Medellín, dos ciudades en la montaña. Cada uno, con su personalidad y todo lo que tenemos en la cabeza, la herencia que tuvimos desde chiquitos, más lo que adquirimos de grandes, hacen esta mezcla bien interesante entre cumbia, champeta, reggae, música electrónica, hip hop y rock.

-Musicalmente ¿qué tienen la cumbia o la champeta que las haga idóneas para adaptarse al hip hop y la electrónica?
-Es el beat afro. Toda esa música folklórica colombiana viene de una tradición africana, indígena. Es el núcleo de toda la música bailable del mundo. Al hip hop le puedes meter casi cualquier cosa. La música electrónica es bailable, la cumbia también. Con ambas a la gente le da ganas de moverse como en un trance. Así que se ligan muy bien, porque rítmicamente tienen cosas en común, y llegar a ese punto de fusión fue algo que pasó naturalmente. Fue como agarrar el chinquichichinkin, chinquichichinkin de la cumbia y subirlo a ¡chinquitipátipá! ¡chinquitipátipá!


-¿Qué les motivó a retomar la cumbia y qué le aporta el hip hop y la psicodelia a esa renovación?
-Es que a Simón y a mí, a todos, nos gusta mucho la música folklórica. Para nosotros es algo natural, algo con lo que crecimos y que tenemos bien codificado en la mente. A eso se agregó el hip hop y otros ritmos urbanos cuando fuimos creciendo, y a estas alturas no podríamos hacer otra cosa. La cumbia y la champeta, mezclada con el hip hop y la electrónica, es lo que teníamos y lo que conocemos. Nos sale natural. Lo interesante es que ese folklore que nos gusta, normalmente era tomado como música para los señores, los abuelos, los tíos. Se veía como algo estancado. Ahora, en cambio, mezclándolo con cosas que también nos gustan, adquiere un lenguaje más fácil para los jóvenes, se ha convertido en una nueva música colombiana.

-¿Se ubicarían dentro del llamado electrocumbé?
Sí, bueno, nosotros lo llamamos más ‘electrovación contestatario’ o la ‘elegancia tropical’. Es difícil enmarcarlo dentro de un género, porque son músicas que tienen tantos elementos que cualquier nombre se queda un poco corto. 


-Dentro del rock latinoamericano ha habido como oleadas de proyección. Primero fue el empuje inicial Argentina con Charly García, Fito Paez, Luis Alberto Spinetta; luego repuntó México en los 90, con Café Tacuba, Molotov, Control Machete, etc.  ¿Crees que ahora con Bomba Estéreo, Systema Solar, Sidestepper, Choc Quib Town y tantos otros, Colombia podría estar protagonizando una nueva ola? ¿Hacia dónde crees que va el rock latino? 
-Lo que pasa es que ya no es rock. Creo que por primera vez se está creando realmente música latinoamericana y no rock. Puede que uno tenga influencias, pero lo que hacemos ya no es rock, porque estamos retomando nuestras raíces, mucho más bailables y tropicales. 

-Hablamos de rock latino en sentido amplio, como una etiqueta enmarcar la actual música popular urbana hecha en América Latina, con componentes rock y pop, en todas sus vertientes y ramificaciones, pero reapropiados y enriquecidos por elementos autóctonos o provenientes de la cultura popular latinoamericana. En ese sentido, ¿no crees que México, por ejemplo, sí ha logrado crear un sonido propio, integrando precisamente ritmos folklóricos como ahora lo hace Bomba Estéreo?
-Sí, lo que pasa es que es al revés de lo que ocurría hace 20 años con el rock. Antes nosotros tomábamos lo que nos daban de afuera. Ahora Latinoamérica está sacando cosas. Músicos y dj’s europeos y estadounidenses están metiendo cumbia, champeta, reggaeton y otros ritmos nuestros en sus sesiones. A los folklóricos puristas les puede sonar muy raro. Pero al común de la gente, le suena bien. Los jóvenes están rumbeando con músicos colombianos, escuchan su propia música, sin que sea el folklore de los abuelos o de sus papás. En los noventa, la música joven latinoamericana estuvo marcada por el rock. Ahora, con esta oleada de músicos, con nosotros, con Calle 13, con Choc Quib Town, se siente más latinoamericano y menos anglo.

Manteniendo a raya las etiquetas –que a fin de cuentas el rock nació mestizó, el rock ha muerto y qué viva el rock-, el próximo 30 de octubre Bomba Estéreo actuará nuevamente en el Womex, y volverá a España durante el mes de noviembre: jueves 4 en Madrid (Caracol), viernes 5 en Granada (Planta Baja), sábado 6 en Sevilla (Malandar) y miércoles 10 en Barcelona (Apolo).

La entrevista y reseña completa saldrá publicada en la edición de octubre de la revista RockDeLux.

(Esta nota es la tercera entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)

lunes, 30 de agosto de 2010

Los Amparito: psicodelia electrónica a lo mariachi wave
(Rock latino que saca a la luz el veranito europeo II)

Cuando Carlos Pesina llegó al Sónar de Barcelona con su nuevo proyecto Los Amparito, caminó tímidamente hacia el frente de la carpa del Sónar Dome. Con actitud humilde colocó su portátil y, casi diminuto, se estiró para adornar la mesa con una colorida manta mexicana. No hacía falta: apenas comenzó a agregar capas a su esponjosa psicodelia electrónica, reveló perfectamente de dónde venía y por qué está captando la atención de músicos y dj’s en el mundo.

Los Amparito es un invernadero de suave, personal y evocadora psicodelia; un microclima donde se cultivan y recontextualizan sonidos de la música tradicional y popular de México y Latinoamérica, en una especie de tributo electrónico y avant garde, a artistas como la cantante folklórica Amparo Ochoa.

“Comencé usando casi únicamente fragmentos de su música, pero luego tomé cosas de Colombia, y últimamente incluyo hasta son jarocho”, comenta Pesina. Así ha incorporado jarana yucateca, huapango, banda y cumbia, incluyendo el curioso el subgénero psicodélico surgido en Monterrey, la cumbia rebajada, “cuando las cintas se tocaban en reproductores cuyas baterías iban perdiendo la carga”, explica divertido.

Si bien antes había generado cierto interés por el pop electrónico en 8 bits, que desarrollaba como Pepepe, o internándose como Pesina Siller en un ambient introspectivo; con Los Amparito, Pesina ha desarrollado lo que considero su más consistente y acabada propuesta.

Tomando elementos de diferentes botes de la cultura pop mexicana, los ritmos se entremezclan en una mullida nube sonora. Frases cantadas por Amparo Ochoa, líneas de mariachis y de otros músicos populares como Perez Prado, Mike Laure, Juancho Polo Valencia o Los Utrera, se hilvanan con riffs de psicodelia, extractos del pop de los 60, más otros guiños culturales, como los aplausos grabados en un discurso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, incluidos en el tema “Por Medio de la Lectura”.


‘Huarache-gaze’ o ‘Mariachi-wave’, llama él jocosamente a su música, para referirse a esa mezcla como de shoegaze y música regional. “Creo los términos los inventó la banda María y José. En cierto sentido describe mi idea de hacer música notoriamente basada en la tradicional mexicana, pero llevada a las reverberaciones y psicodelia de otros estilos pop”, explica.

Más que zapatos sustituidos por huaraches –las sandalias trenzadas típicas mexicanas-, su ‘huarache-gaze’ se trata, pues, de un collage de sonidos locales y populares, como paisajes y texturas, con efectos y retroalimentación psicodélica. La tendencia, cultivada también por agrupaciones de Jalisco, Tijuana y Aguascalientes, como María y José, Los Macuanos, Capullo y Santos, ha ido ganando prominencia como una de las más frescas tendencias de la música electrónica.


En el caso de Los Amparito, blog de músicos y prensa especializada han comparado su propuesta con el trabajo de The Books, El Guincho y Atlas Sound, llegando incluso a  catalogarlo como la versión mexicana de Animal Collective -del cual, por cierto, ya ha hecho algún remix.

Exageraciones aparte, en México, los Indie-O Music Awards lo reconocieron este año como ‘mejor nuevo artista”. Destacó también entre las  actuaciones más interesante del South by Southwest (SXSW) de Austin. Y el programa MTV Iggy incluyó a Los Amparito en su lista “Bands We Like”, definiéndolo como “a mix of the fruity, light-hearted sample-collaging of The Books; the buggy, bizarre melodies of Of Montreal; and the fuzzed-out glo-fi of MTV IGGY favorite Toro Y Moi”.

-Analizando tu música, se siente que con Pesina Siller trabajas más ambient; Los Amparito tiene ese encuentro con el folklor, y Pepepe es más pop. ¿Pero cómo definirías más ampliamente cada proyecto?
-Con Pesina Siller hago las cosas más serias en cuanto a estética y cómo se escucha. Es más ambient instrospectivo, más IDM (Intelligent dance music). Una electrónica más para escuchar reposadamente, ambiental y totalmente digital, casi sin sampleos. Con Pepepe hago cosas más de 8 bits. Actualmente estoy trabajando con chachachá y acid. Es más pop electrónico; con su toque experimental, pero aplicado al pop, a veces con voces. Los Amparito es el más cerrado musicalmente: es música folklórica mexicana y latina, pero procesada electrónicamente con psicodelia. Tiene juegos de reverberación, atmósferas en vivo, todo este jugueteo con sonidos psicodélicos.


-Y si nos vamos por las influencias, ¿cuáles han marcado tus diferentes proyectos?
-Los Amparito está influenciado por mucha música repetitiva con reverberaciones: Aquaparque, El Guincho, Panda Bear, tal vez Broadcast y Taken By Trees. Lo de Pepepe es mucho más abierto a cualquier estilo pop, pero casi nunca purista. Entre  mis principales ídolos musicales están Uwe Schmidt, Matthew Herbert y Serge Gainsbourg. También Matmos, The Avalanches, Daedelus, etc. Pesina Siller tal vez está influenciado por Colleen, Autechre, Kit Clayton, Fennesz, Deadbeat, etc.

-Los Amparito se llama así en honor a la cantautora mexicana, o por los Lonches Amparito (especie de sándwiches de diferentes tipos de carne y queso, con aguacate y chile jalapeño, que venden en un localcito en su originaria Jalisco)?
-Por ambos… (risas). Había estado usando fragmentos de Amparo Ochoa para hacer música y me gustó el nombre de los lonches. Es raro y curioso que sean tan conocidos, aunque sólo sea un local pequeño. Tienes que hacer fila por al menos media hora para poder comprar.

-¿Y en qué se parece tu música a los Lonches Amparito?
-En que usamos la misma receta secreta para sazonar (risas).

-¿Cómo distinguirías tu trabajo respecto a otras propuestas de electrónica mexicana, que también incluyen sonidos tradicionales, como Nortec?
-Tenemos ideas similares en cuanto a las mezclas, pero no en lo estético. Creo que el aspecto cultural es similar: tomamos cosas y las hacemos electrónicas. Pero musicalmente, en cuanto cómo se escucha el producto, es totalmente diferente. Lo mío es un poco más pop, lo de ellos es más electrónica –vienen de la escuela del techno. Yo nunca he hecho música bailable 100%. La electrónica que yo hago es más para escucharse. También hay diferencias de generación.

-¿Cómo empezaste a hacer música? ¿Tocabas algún instrumento tradicional?
-Me gustaba la música desde niño e intenté aprender piano, guitarra, teclado, pero nada. Me desesperaba mucho que quisieran enseñarme a tocar música de otros, cuando lo que quería era hacer mis propios ruidos, aunque no fuera música como tal. Quería hacer grabaciones raras. Así que empecé a hacer como collages en cintas. Grababa ruidos y cosas, y luego, en secundaria, comencé a usar la computadora para hacer mi propia música con pedacitos de canciones.


-Hasta ahora has regalado tu música por Internet, ¿hay algún plan de sacar un disco como tal?
-Sí hay planes, pero nada concreto. He hablado con algunas disqueras, y se supone saldrá  un vinilo en Guadalajara. En todo caso, creo que ahorita no es algo tan necesario. Un disco es importante más por currículum que por otra cosa. Yo toda la música la regalo por Internet (a través de su blog odiolosjueves.tumblr.com). De repente hay remixes que salen en físico, pero no es lo común.

-¿De qué vives entonces?
-Mmmm no sé, de suerte (risas). Este año me lo he pasado viajando, y no sé exactamente cómo, pero todo es gracias a la música.

-¿Y musicalmente qué planes tienes para Los Amparito?
-Quiero invitar a más gente. Para grabaciones y toques en vivo me gusta incluir instrumentos. Varios músicos amigos han colaborado. Últimamente he estado tocando con Abigail Vasquez, una violinista y vocalista, y hace poco grabé varias colaboraciones con Jess Sylvester de Good Girls. Otros que colaboran en vivo y en estudio son Edgar Mota (Collateral Soundtrack), Rodrigo Vargas (Dat Roc) y Apache O'Raspi (bajista de Suave as Hell).

-En ocasiones has incluido a la cantante y guitarrista Cyané, ¿qué le aportan las voces a tu proyecto?
-La voz lo hace más pop y me gusta el pop. Escucho mucha música experimental, me gusta, me da ideas para pistas, para aplicarlas en otra cosa, pero siento que lo más completo es la música cantada. El canto le da una conexión con la gente. Eso es pop, la música que cualquiera puede escuchar. Y como yo no puedo cantar… 

-Has hecho remixes de Panda Bear y Animal Collective. ¿De quién más te gustaría remezclar?
-He hecho muchos remixes a músicos muy distintos. Como Los Amparito también he hecho remixes de Julieta Venegas, Carla Morrison, María y José, AM, y estoy haciendo uno de Antoine Reverb. Me gustaría hacer de Tickley Feather, Caribou, Taken by Trees y Broadcast.


-¿Hablando de la música en México, qué otros proyectos recomiendas?
-Los Macuanos, de Tijuana, San Diego. Hacen como cumbias y música mexicana, pero un poco más bailable y al mismo tiempo oscura. Capullo, de Aguas Calientes, que hacen merengue pop. Y María y José, de Tijuana, que es como un pop regional bien extraño.

-Todos los que nombraste tienen un componente folklórico. ¿Crees que esa sería la vía para poder proyectarse?
Sí, estamos en la misma onda y creo que en parte sí es la manera. Con Los Amparito me han salido varias invitaciones a festivales en México y en el extranjero, que no salían tan fácil con los otros proyectos. Es muy difícil que inviten a alguien a Europa, si hace más o menos lo mismo que hay acá. Pero si tienes algo distinto, les puede llamar la atención. Lo importante es hacer música nueva, algo diferente, aunque no sea regional.

No era la primera vez que Carlos Pesina visitaba Barcelona. En 2009 participó en la Red Bull Academy, donde entre las experimentaciones y encuentros terminó jugueteando en la reactable, el instrumento electrónico desarrollado en la Universidad Pompeu de Fabra. “Me grabaron y luego en México me decían: te vi tocando en una mesa con unos juguetitos. Bien chido”, recuerda. De aquí partía a Londres y Tokio, volvía a algunos toques en México, para luego visitar Suiza y quizá Madrid.


(Esta entrevista es la segunda entrega de una serie sobre rock latino que se está conociendo en España y Europa, durante el verano de 2010)

viernes, 23 de julio de 2010

El rock latino que saca a la luz el veranito europeo


Cuando los rayos de sol empiezan a calentar en serio, en España, como en el resto de Europa, también comienza la oleada de festivales y conciertos que llaman a olvidarse de recortes por la crisis –tanto del salario, como del aire acondicionado- y a lanzarse a calle.  

Primavera Sound, Sónar, FIB, Azkena Rock Festival, Bilbao BBK Live, Pirineos Sur, La Mar de Músicas… Puede que lo más difícil sea escoger a cuáles asistir –no hay presupuesto ni cuerpo que aguante ir a todos-; y, lo más doloroso, decidir luego en cuál de sus escenarios quedarse.

Nada más en el Primavera… si preferías el indie canadiense de The New Pornographers, te perdías a Low; si esperabas por Gary Numan, renunciabas a los padres del dance punk Liquid Liquid; si te enganchaba la multitudinaria propuesta de Broken Social Scene, debías olvidarte de Tortoise.

El tormento se agrava cuando los pesos pesados se multiplican en las programaciones (LCD SoundSystem, Pixies, Gorillaz, Pet Shop Boys, Massive Atack); cuando las leyendas reviven contundentes (Tortoise, Pavement, The Slits); cuando la escena alternativa anglo toma un impulso que no se le veía hacía años (Beach House, Grizzly Bear, The Books, Titus Andronicus).

Lo curioso es que ha sido precisamente en este entorno y con tamaña competencia cuando España ha podido conocer algunos exponentes del rock hecho en América Latina; rock, eso sí, entendido en términos amplios y con todas sus derivaciones.

Ya notábamos en veranos pasados la escasez de representantes de Suramérica en festivales como el Sónar. Esta vez no es que haya aumentado sustancialmente el número, pero sí su impacto. “Y la cumbia acalambró el Sonar”, tituló el diario El País, erigiendo a los colombianos de Bomba Estéreo como los vencedores de la jornada diurna.

“Este año aprendimos que el festival puede crecer mirando más a Hispanoamérica”, coincidió RockDeLux, resaltando también el performance de Los Amparito, el nuevo proyecto en solitario del mexicano Carlos Pesina.

Y el Primavera Sound, que ha venido posicionándose como uno de los encuentros de rock indie -mayormente ‘blanco’- más importantes de Europa, por primera vez tuvo presencia suramericana: los argentinos de Él Mató a un Policía Motorizado, la chilena Javiera Mena y los brasileños Macaco Bong.

Los organizadores admiten todavía hay desventajas para la proyección, no sólo de artistas de América Latina, sino de los propios españoles. “Hay una barrera mental, más allá del océano”, concedió Alberto Guijarro, en una entrevista que le hiciera para la revista Ladosis. “Pero poco a poco estamos descubriendo que hay bandas importantes en nuestra escena”, resaltó.

Sirvan pues estas líneas y la serie que hoy inicio, para presentar a algunos de los artistas que el veranito europeo ha sacado a la luz:

lunes, 29 de junio de 2009

Sónar 2009 y su encuentro con África:
Lo cool y el primitivismo en el nuevo milenio


Ser el centro de lo más innovador de la cultura urbana es una idea -o un desiderátum- que cruza todo el Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sónar. Es a esa figura que pretenden acercarse y, si pueden, capturar para sí, desde la misma ciudad que lo alberga y lo apoya institucionalmente, hasta los patrocinadores y esos asistentes que se revisten de sus atuendos más ‘modernosos’ y no tardan en convertir la ocasión en sesión fotográfica alternativa.

“Art and cool inside”, decía en sus vitrinas el El Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), invitando seguramente no sólo a disfrutar del aire acondicionado, sino a completar la experiencia ‘cool’ de pasearse por sus minimalistas pasillos blancos; ver ese arte “de avanzada”, como promete el nombre del evento; y, con suerte, integrarse con él, al juguetear con los artilugios expuestos en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), dentro de SonarMática.

En su 16º edición, el Sónar quiso retomar su perfil electrónico originario y para ello revivió a clásicos del disco y el techno, como Grace Jones y Orbital, y hurgó entre los emergentes artífices del ritmo, así como en sus vertientes más pop, más rock o más experimentales.

Pero como si se tratara de un capítulo sobre lo Ur Pop, en el Homo Sampler de Eloy Fernández Porta, esta vez lo ‘cool’ se encontró con el primitivismo. La línea trazada al futuro, desde ese espacio ultramoderno y eurocentrado, se cruzó con el África. Y fueron sus sonidos exóticos, su energía y su rastro analógico los que terminaron de conducir al trance.

Primero fue el jazzman etíope Mulatu Astatké, mayormente conocido en Occidente por la banda sonora del film Flores Rotas. A sus sesenta y seis años, contrastaba un poco con su traje blanco y aire solemne frente al vibráfono. Pero con una mezcla de funk, jazz, guiño latino y sonoridad tradicional etíope logró hipnotizar y compactar en el sitio a esa masa generalmente itinerante del Sónar Día.

El vuelo etnojazzístico no paró ni ante las deficiencias de acústica, ni ante el par de interrupciones eléctricas sufridas en la carpa del Sonar Dome. A fuerza de palmas y toda clase de giros astutos por parte de la banda The Heliocentrics continuó implacable, fresco y clásico a la vez.

Más tarde lo que terminó de montar la fiesta fue el ritmo hipnótico, pero crudo y analógico, de la banda congoleña Konono Nº 1. Con ocho músicos, coros con tendencia tribal, mucha percusión y sus peculiares likembes -los pianos de pulgar que su líder potenció con lengüetas recicladas de desguaces de carros, y micrófonos caseros-, puso a bailar a todos sus larguísimas piezas, plagadas de ritmos cíclicos, progresiones extendidas y descargas frenéticas. Después de todo, también era trance.

Al día siguiente, el sirio Omar Souleyman volvió a calentar los ánimos que con estrellas emergentes como La Roux se habían mantenido sólo tibios. Y no le hizo falta demasiado: unos tecladillos como de feria, un laúd y su imponente presencia, con lentes oscuros y turbante, bastaron para que la masa juerguista del Sonar Village comenzara a bailar los ritmos mántricos y festivos del tradicional dakbe, obviamente de la forma menos ortodoxa que él hubiera podido presenciar.

La estocada final vino con Buraka Som Sistema, que trajo por segunda vez su kuduro, la versión angoleña del house, combinando soca y rai con electrónica y rap, e inyectándole además otros ingredientes como breakbeat, dubstep y grime, para erigir una exuberante fiesta anclada en lo atávico, pero de vuelo futurista.

El sondeo al “latido africano” resultó, pues, más que exitoso. Y aunque los organizadores aclaran que el Sónar no se convertirá en un festival étnico, para próximas ediciones aseguran darán aún mayor fuerza a las propuestas de África que apuesten a la renovación de la música tradicional, a través de las nuevas tecnologías. En tiempos de integración europea y crisis mundial, miren, pues, de dónde provienen los sonidos de avanzada.

Más del Sónar

En el próximo número de la revista LaDosis saldrá mi informe completo de la edición 2009 del festival. Como adelanto, aquí he publicado algunas otras notas:

viernes, 12 de junio de 2009

Sonar 2009: Más cerca de África, más lejos de Latinoamérica


Sí hay algo que llama la atención del cartel del Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sónar 2009, además de la escasez de divas, es la intensísima participación de artistas del Reino Unido y, en general, el perfil europeo del encuentro.

Tal como comentábamos en el anterior post (Sónar 2009: sondea lo emergente y recupera ancla electrónica), este año se ha querido dar palco a artistas emergentes, atendiendo así también a un público que se está renovando y quiere saber de nuevas generaciones de músicos.

La cosa es que, novatos o no, la mayoría sigue proviniendo de mercados asentados, cosa totalmente comprensible y que de cualquier manera no desmerece los esfuerzos por extender las fronteras.

Parece claro que el Sónar quiere ser cada vez más europeo. Aunque obviamente hay una participación estadounidense importante –este año además hubo dos eventos previos en Nueva York y Washington-, en su programación prácticamente la mitad de los artistas –y también del público- es del Reino Unido.

La tendencia es potenciada por el convenio existente entre Sónar y la BBC, con el espacio BBC Introducing, que ubica nuevos talentos para exponerlos en su showcase. Luego, además de los artistas españoles, hay una intervención significativa de Francia, Italia y hasta de los países nórdicos.

Sin embargo, la conexión entre España y Latinoamérica que hubo en algún momento y que en otras ediciones se pudo traducir en cierta representación, ha quedado reducida a una mínima expresión en el Sónar 2009.

En el cartel se incluye sólo a la mexicana Natalia Lafourcade, al colombiano El Santo y al venezolano Cardopusher, por cierto, el único latino que fue destacado en la rueda de prensa de presentación del festival, pero que cuenta con la ventaja de estar radicado en Barcelona.

La representación latinoamericana es tan exigua que, de hecho, sólo se mencionó en una nota de prensa titulada Nuevas Fronteras, que explicaba como el “Sónar 2009 amplia fronteras musicales en un programa que incluye a artistas de Congo, Siria, Sudáfrica, México, Colombia, Angola, Etiopía, Rusia, Venezuela o Singapur”.

Ciertamente resulta loable e interesantísima la exploración del “latido africano” que se comenzó el año pasado, al incluir a artistas como Buraka Som Sistema, que ahora repite, y Konono No. 1, que el año pasado se había quedado varado en Kinshasa, por problemas de visado, y que esta vez sí participará.

A ellos se agrega el jazzman etíope Mulatu Astatké, el nuevo exponente sudafricano del afro-house Culoe de Song y, de Siria, Omar Souleyman, un músico con treinta álbumes explorando la música tradicional, aprovechando elementos contemporáneos.



Sin embargo, resulta al menos irónico que la participación de América Latina haya quedado al mismo nivel de la de países que, más allá de su riqueza musical, históricamente no han tenido el intercambio musical y cultural -entre artistas e industria- que sí ha habido entre España y Latinoamérica. ¿Se ha perdido el interés, los puntos de contacto, o se cree que no hay la calidad suficiente?

Al final, pues, en momentos de integración europea parece que el Atlántico se ha vuelto bastante más ancho que en los tiempos de Colón.

Reseña post festival:

El sondeo al "latido africano" tuvo un éxito rotundo en el Sonar 2009. Al respecto escribimos otro post:

Sónar 2009: Sondea lo emergente y recupera ancla electrónica

Los organizadores siempre han subrayado que el Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sónar, no es un espectáculo de cabezas de cartel. Y aunque en su programa resaltan un par de nombres, la máxima quizá nunca había sido tan cierta como en esta 16º edición, que se celebrará los días 18, 19 y 20 de junio.

De un total de 220 músicos y Dj’s procedentes de 27 países, sólo la pantera negra de Grace Jones brilla como gran diva. Icono fashion, estandarte de la música disco de la década de los ochenta y renovadora del sonido disco-funk, vendrá a presentar su último álbum Hurrican, sazonado seguramente con algunos recuentos.

De una década después, el otro nombre fulgurante es el de Orbital, el grupo más importante de la electrónica de baile ‘noventera’ que, según promete, con un espectáculo lúdico y audiovisual dará un repaso a los grandes éxitos de su carrera. En su tercera actuación en el Sónar, recoloca el ancla en el terreno originario del festival: la electrónica.

En la misma tónica, pero de más reciente data se suman Carl Craig, Jeff Mills, Richie Hawtin y una de las bandas más elogiadas por la crítica y el público, colocándola generalmente bajo etiquetas tipo psych folk o noise rock: Animal Collective.

La agrupación estadounidense que también apela a influencias rock, indie, psicodelia y electrónica vendrá con su Merriweather Post Pavilion, uno de los discos más importantes de este año, en el que mantiene el gusto por la experimentación, el apego al folk primitivo y a las elaboraciones melódicas curiosas.



A partir de ahí el cartel da paso a las “estrellas nacientes”, a jóvenes de rápido ascenso, cuando no figuras totalmente por descubrir.

Por sólo dar algunos nombres: Ebony Bones, para muchos la heredera de M.I.A; el dúo canadiense Crystal Castles; la mezcla acústico-electrónica de Fever Ray; el pop chatarrero del español y ex Tarántula de Joe Crepúculo; más un montón de figuras pujantes del Reino Unido como de Late of the Pier; Micachu and The Shapes; La Roux; y Dan le sac vs. Scroobius Pip.



A todos ellos hay que agregar el componente realmente emergente proveniente de “otras latitudes”; es decir, artistas no europeos ni estadounidenses. Si en otras ediciones se había vuelto la mirada a Asia, en esta entrega África ha ganado representación, tal y como comentaremos en el próximo post.

La mayoría de estos nuevos artistas viene de escenas pequeñas, abriéndose espacios a través de las nuevas redes de comunicación y difusión propuestas por Internet, sin respetar demasiado las convenciones. Incluso está el caso curioso de una exconcursante de Pop Idol, Little Boots, quien fue eliminada después de sólo tres rondas, pero que años después se ha ido haciendo su propio camino por mecanismos alternativos.

Interés, innovación y creatividad fueron los criterios de selección, según aclara Enric Palau, uno de los co-directores del festival. Si el año pasado el discurso tenía tono políticamente correcto, apelando al ‘factor femenino’ y a la interculturalidad -como analizamos en una reseña del Sónar 2008-, en ésta se pretende recuperar el acento electrónico y dar cabida a nuevos talentos. Nada tuvo que ver la crisis, resaltan los organizadores.

Sin embargo, lo cierto es que el presupuesto del festival bajó de más de 4 millones de euros disponibles en 2008, a poco más de 3 millones y medio recolectados para esta entrega, como consecuencia de una disminución de 25 por ciento en el aporte de patrocinios privados.

"En estos momentos las cifras de venta de entradas son las mismas que el año pasado", dicen sus directores, confiados en que la taquilla compensará cualquier contratiempo, ya que "la calidad no se ha resentido".

No obstante, más allá de lo interesante y positivo de ver nuevos artífices, público y prensa han encontrado en esta reducción parte de la justificación del cartel, y de la eliminación de uno de los escenarios de Sonar Noche, así como del espacio Sonar Cinema.

Como contrapartida, los recursos se han redirigido a proyectos que aprovechan el elemento visual, más allá de la sala de proyecciones, tanto en conciertos –Orbital, Moderat, Ryoichi Kurokawa, por ejemplo- como en exposiciones.



Adicionalmente, y quizá respondiendo a ese público que ha ido creciendo –madurando y reproduciéndose- y que ya empezaba a traer a sus hijos al Sonar Día, se creó Sonar Kids, un spin off con pretensiones de independencia, que este domingo 21 de junio se estrenará con conciertos, talleres y actividades plásticas y audiovisuales, para niños y sus padres.

Sónar en LaDosis


Cada año este festival se vende como el encuentro del arte sonoro y visual que captura las últimas tendencias, como dijimos en una nota sobre el Sónar 2008.

No lo es siempre, ni en todo su cartel, pero el discurso ha calado y no sólo en los amantes de la música electrónica, sino también en autoridades y en las más importantes instituciones culturales de Barcelona, que ceden sus espacios por tres días y que, aún con la tan mentada crisis, no han disminuido su aporte en metálico:

El Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) y el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), concentrarán las áreas expositivas y los conciertos del llamado Sónar Día; mientras en el recinto de Gran Vía de la Fira de Barcelona, se realizarán las sesiones de Sónar Noche, hasta el amanecer.

A esto se añaden los escenarios para eventos especiales: L’Auditori, donde se realizará un concierto de la banda instrumental BCN216, junto con el músico noruego Lars Horntveth; y el Planetari de CosmoCaixa, donde durante los tres días del festival se dará el espectáculo “Ten Thousand Peacock Feathers in Foaming Acid”, que combina proyecciones a través de lásers y membranas jabonosas con paisajes sonoros.

Serán 71 conciertos y 49 sesiones de Dj, más 25 obras expuestas en Sonarmática. Por allí estaremos y contaremos en un reporte especial para la revista LaDosis.

domingo, 6 de julio de 2008

Sonar 2008: ¿El festival más políticamente correcto?

Sí, parece una gigantesca fiesta rave donde por tres días jóvenes de Europa y del resto del mundo deambulan por el céntrico barrio barcelonés de El Raval, vasos en mano –de agua o alcohol, según convenga- y actitud de juerga.

Sí, nació como un festival de música y, coincidiendo con el inicio del verano, durante su realización la ciudad toma un aire que a cualquier venezolano le recordaría a Choroní, solo que en lugar de tambores proliferan los beats.

Sin embargo, el Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sónar, no es una simple fiesta juvenil o, al menos, no es lo único que pretende.

Se vende como el encuentro del arte sonoro y visual que captura las últimas tendencias. No lo es siempre, ni en todo su cartel, pero el discurso ha calado y no sólo en las masas de fanáticos de los ritmos frenéticos o experimentales, que agotan las entradas y, consecuentemente, llenan los bares, restaurantes y hostales.

Así, aunque gran parte de los lugareños se esfuerza por huir a toda costa del centro durante su realización –los periódicos publican notas sobre “cómo sobrevivir al Sónar”- otros sí han visto las posibilidades de negocio y buena imagen que el festival puede tener, tanto para los comercios como para la ciudad en general.

En 15 años de vida, el Sónar ha pasado de ser un evento modesto y underground, a uno de los festivales más destacados y grandes de Europa, con un presupuesto que en esta edición superó los cuatro millones y medio de euros.

Ciertamente la mayor parte provino de las propias arcas del festival, pero 30 por ciento fue aportado por patrocinantes privados, y 10% por el mismo ayuntamiento y otros entes gubernamentales, que suscriben su discurso como queriendo creer -y capturar para sí- la idea de ser el centro de lo más innovador de la cultura urbana.

Con tal padrinazgo, el festival inunda no sólo pequeños espacios marginales de un museo o una plaza, sino las salas de los entes culturales más importantes de la ciudad:

El Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) y el Centro D’Art Santa Mónica, que concentran las áreas expositivas y los conciertos del llamado Sonar Día; los teatros otrora de corte más tradicional L’Auditori y Palau de la Música Catalana, que se sumaron por primera vez para sendos conciertos especiales; y el recinto de Gran Vía de la Fira de Barcelona, donde hasta el amanecer se realizan las sesiones de Sonar Noche.

Se trata pues de un encuentro que, con mayor o menor tinte fiestero, del 19 al 21 de junio contó con 174 actuaciones, entre conciertos y sesiones de DJ’s; 15 instalaciones; 174 obras de arte digital y musical; 65 piezas audiovisuales; y 12 ponencias, además de una feria discográfica y editorial.

Todo estuvo a cargo de 505 artistas de 32 países, interconectados por una radio que transmitía en vivo lo que pasaba en cada tarima, y que ahora pretende convertirse en escenario permanente del festival.

Edición femenina…

Asumiendo el discurso de interculturalidad y tolerancia tan de moda en esta Europa que aprende a convivir unida e intervenida por la inmigración, la edición de sus quince años tuvo como hilos conductores no sólo la vanguardia, sino también la multiculturalidad y el factor femenino.

La violencia de género sigue siendo un problema en España pero, para el festival, artistas y músicas catalogadas por los organizadores como “femeninas, feministas y feminizantes” fueron convocadas para mostrar lo que ellos denominan su “lado más sentimental y vulnerable”, al mismo tiempo que pronunciaban los discursos sociales y políticos más combativos del encuentro.

No sabemos hasta qué punto sus posiciones fueron captadas por los asistentes, la mayoría quizá más pendiente de contonearse y rellenar sus vasos. Tampoco sabemos cómo se sienten ellas respecto a representar ese supuesto lado sentimental y vulnerable –y es que si queremos romper estereotipos…

Pero allí estuvieron, por ejemplo, las integrantes de Yo Majesty, para enfrentar el pretendido machismo del hip hop; la newyorkina Tara de Long, con su denuncia a la presión y manipulación mediática; los rapeos incendiarios de Norhern State y Kid Sister; y el avant-pop histriónico de la exMoloko, Róisín Murphy, de lo mejor del festival.

…e intercultural

Cada semana surge una controversia acerca de las nuevas políticas de inmigración en Europa y su aplicación cada vez más agresiva, pero este encuentro también pretendía dar una mirada a culturas fuera del viejo continente.

Y en este sentido, aunque el Sónar sí albergó una interesante muestra de Europa y Estados Unidos, de Latinoamérica la oferta fue comparativamente escasa. En la parte musical, de Venezuela sólo participaron las DJ’s Sharon Shael y Virginie, esta última radicada en Barcelona; y como gran estrella únicamente se promocionó al chileno Ricardo Villalobos.

La intención de intercambio con el continente africano también tuvo sus tropiezos. Se convocaron a tres interesantes muestras del fenómeno llamado “Third World Beats”: Buraka Som Sistema, representantes del Kuduro, ritmo surgido como escapismo juvenil tras el fin de la guerra civil angoleña; DJ Key, que introdujo la cultura hip hop en Marruecos; y Konoko No. 1, referencia del sonido “congotronics”, el nacido de la introducción de sonidos electrónicos en el bazombo, la música tradicional del Congo.

Sin embargo, los nuevos requerimientos de visados para entrar en la Unión Europea dejaron a este último grupo varado en Kinshasa.

El encuentro evidenció –y sufrió- así las contradicciones de una Europa que intenta estar unida y reconoce tangencialmente los beneficios de la inmigración –al aumentar las tasas de natalidad y la fuerza de trabajo-, pero que todavía teme, se atraganta y no sabe muy bien cómo conciliar las bondades del intercambio y la hibridación, con la protección de lo cultural, social y, sobre todo, económicamente “autóctono”.

Del bastardismo

En una edición quizá más bailable y menos experimental que en otros años, sí hubo oportunidad para lo que los organizadores resaltaban como “ritmos bastardos”: música electrónica sin raíces claras, con nombres como Justice, Yelle, Diplo y DJ Mehdi, sacudiendo los cimientos del dance y el pop. Personalmente, no obstante, extrañé las visiones latinoamericanas, que mucho tenemos que decir acerca de bastardismo, mestizaje e hibridación.

El Sónar 2008 también permitió explorar nuevas apuestas, con los show cases de BBC Radio 1, Ninja tune, Ed Banger, Osaka Invasión, entre otros. Aupó reencuentros y revivals con Yazoo o Madness; y dio pie para noches especiales con Goldfrapp –que decepcionó un poco-, y la diva francesa del “a capella experimental”, Camille, para mí lo mejor del encuentro.

domingo, 29 de junio de 2008

Camille’s hole: cuerpo, juego y soul

Si algo se le da bien a Camille son las entradas. Apenas llegó al encuentro con los periodistas, en el marco del Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona, Sonar 2008, se apropió del micrófono. Una sucesión de ruiditos percusivos, simulación de animales y vocalización operática, dejó a la jefa de prensa inerme para presentarla. Pero ya no hacía falta más.

Y al día siguiente cuando la artista francesa entró, cual caperucita naranja colándose al castillo de caramelo, el Palau de la Música Catalana, sólo hicieron falta unas palmas y una línea de voz para arrojarnos rápidamente a su agujero de experimentación… vocal, dirían algunos, aunque su música o, más bien, su arte, sale de mucho más que del agujero de su boca.

Music hole se llama precisamente su último disco o, mejor, su proyecto performático.

“Está en un CD porque es la forma como empieza la industria”, aclara ella. Pero se trata más de un espectáculo visual y de escenario, que envuelve percusión, palmadas en casi cualquier parte del cuerpo, pisadas, repiqueteos, juegos vocales y mucha interacción con el público.

“Mi música, más que de estudio, es de espacio y de momento. Es una experiencia de laboratorio, física y vital”, precisa la parisina de 30 años de edad. Intenta, sí, renovar y retorcer el concepto de music hole como espectáculo y, en ese sentido, conserva lo juguetón y lo sensual del cabaret. Pero, dice ella, se adentra a espacios mucho más íntimos, “a través de lo que nos queda: lo orgánico, lo físico y el cuerpo, para llegar a lo que nos viene del fondo del alma”.

Music hole se refiere, pues, “a la forma femenina, donde las cosas empiezan y terminan”, pero también a lo que sale de cada uno de los agujeros de su cuerpo: “no sólo es mi garganta y mi boca, sino también mi nariz”, aclara marcando ritmos con su respiración, “es cada uno de los poros de mi piel, es mi ombligo y también lo que sale de aquí”, señala su vagina al son de un gemido “… y de acá”, simula con una trompetilla lo que podría salir de su trasero.




Traviesa, poderosa y sensual

Con ese espíritu juguetón descarado es como Camille saca el mejor provecho a su particular voz, por momentos con fuerza operática y energía de soul, para luego pasearse por la dulzura de una chanson francesa, o terminar transformándose en una caja de ritmos y efectos especiales.

La han comparado con Björk, Fiona Apple, Pj Harvey y Edith Piaf. Pero su sonido va mucho más allá de la interpretación de una melodía. Se adentra en las texturas, en los patrones rítmicos, en las onomatopeyas y hasta en las particularidades del idioma, para convertir palabras y fonemas en matrices de sonido que envuelven y seducen, invitando a participar a todos –con mayor o menor tino para dar el golpe- en su experimentación.

Así, sin más instrumentos que un piano y la percusión corporal del grupo brasileño Bartuquedes, Camille construye, por ejemplo, una atmósfera de bossa con unos cuantos periódicos y una bandeja de agua. En otros temas es una cuerda que gira o una tela. Y en el contrapunto de voces puede resonar, bien una llovizna, bien un zoológico.




Experimentación orgánica

Aunque estamos en el Sonar, no hay tecnología. Pero sí experimentación. Las gargantas, manos, piernas y pechos son los samplers que recuperan lo orgánico y tribal de los loops. Las palmas y los saltos conforman el contundente muro percusivo sobre el cual se monta el llanto ronco de “Home is Where it Hurts”.

Ella procura que nadie se quede sentado, que todos entren en su beat con palmadas, patadas y fonemas. Marca el paso con sus botas negras. Salta, se retuerce en el escenario, se divierte, se golpea y la golpean como el cuero de un tambor, que acompaña las piruetas vocales.

Se tiende en el suelo, como muriendo, para resurgir luego entre las sombras alargadas y dejar escapar de su garganta un río de voz que ahora suena godspell, cuando hace minutos era un scratch, y más tarde desemboca en una gran descarga soul.




Y se despide como es. Un traje negro ceñido al cuerpo nos ubica en el music hole, pero al darse la vuelta en una reverencia vemos el gran agujero de su escote: un círculo que termina –o empieza- en su trasero, desde donde también nos había advertido viene su música.

El nacimiento de Afrodita

Hija de escritor, Camille Dalmais estudió inicialmente Letras y Ciencias Políticas. Se dice que se dejó seducir por el escenario tras ver un recital de Ray Charles. Siendo todavía estudiante grabó su primer álbum, Le Sac des filles (2002), donde ya pueden verse influencias de música soul, aires de cabaret, humor y toque de chanson.

Pero fue con su segundo disco Le Fil (2005), una obra grabada en un solo tono -la nota si- que esta vocalista, compositora y productora terminó de enloquecer a la crítica y ganar resonancia internacional.




Algunos han relacionado su trabajo con Bobby McFerrin, con quien realizó algunos workshops. “Es interesante encontrarte con alguien y sentir que, aunque es muy distinto, te revela quien eres. Yo creo que él es más técnico, te transmite mucha espiritualidad jugando con la armonía y la técnica. En cambio mi actuación es más teatral y física. También me gusta jugar con las letras y el texto”, aclara ella.

Y no es de gratis que su tercer disco, realizado junto con el productor MaJiker, esté mayormente en inglés. Más que expandir el mercado, la escogencia del idioma venía por la experimentación. “El inglés es de vocales… el francés de consonantes”, aclaraba en un video de presentación en YouTube. Si el francés es bueno con percusión y melodía, el inglés es más funcky; es mejor si quieres "rock it out”, decía entonces.




“Para mí cantar en inglés es una forma de tocar más cosas dentro de mí”, aclara ella ahora. Y en el escenario no sólo apeló al francés y al inglés, sino que también recito y jugueteó con el español y el catalán. “Los lenguajes son sobre humanidad. Mientras más lenguas hables, eres más humano, estás más abierto y eres más músico”. Ella sin duda lo es.

Marcando ritmos con su cuerpo, saltando por el escenario y haciendo toda clase de ruiditos y gestos que cualquier madre ortodoxa querría eliminar -cual si fueran malas mañas en la mesa-, Camille resulta más seductora que cualquier vocalista grácil. Talentosa, refrescante y atrevida, verla y pretenderla es, como dice un fanático por ahí, enamorarse de afrodita.

(No conseguí videos decentes de su show en Barcelona. Además, la experiencia en vivo es difícil de capturar. Sin embargo, aquí incluí algunos videos de otras presentaciones, con sonido e imagen aceptable, como para que se dieran una idea. Disfrútenlos)