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domingo, 1 de febrero de 2009

Las inconclusas de Leonardo y Miguel Ángel:
otra mirada del arte en Florencia

Al viajar por primera vez a Florencia es inevitable pensar en correr a ver el Nacimiento de Venus de Boticelli, el Baco de Caravaggio o tantas obras que uno siempre tuvo que conformarse con ver en libros y reproducciones y que, de repente, nos aparecen tan accesibles en la Galleria degli Uffizi.

Resulta imposible entrar a la Galleria dell'Accademia sin que nuestros ojos se vayan directo al fondo de la sala Miguel Ángel, donde los 4,10 metros de perfección anatómica y expresiva del David hipnotizan irremediablemente.

Y sí, no hay escapatoria, ver el David, su ceño fruncido en una mirada entre segura y expectante, las líneas de fuerza y la tensión contenida en su postura, en sus músculos, en las venas que cruzan los brazos, en los tendones de la mano y hasta en la uña del dedo que arriba, en su hombro, sujeta la honda, nos llevará mucho tiempo.

Contemplándolo se nos pasarán las horas, hasta que anuncien que están por cerrar y entonces nos tengamos que retirar, pero sin poder quitarle los ojos de encima, ladeando la cabeza y estirando el cuello para seguir viéndolo a la distancia, como si fuéramos niños y nos estuviesen separando de nuestro mejor amigo en el parque.

Pero si se viaja nuevamente, o si se tiene la suficiente fuerza de voluntad la primera vez, vale la pena aguantarse por un momento la ansiedad. En el camino hacia la Tribuna del David, antes de llegar a sus pies, hay cuatro figuras inacabadas, también de Miguel Ángel, tituladas los Quattro Prigioni, los Prisioneros o Esclavos.

Esculpidas entre 1521 y 1523, originalmente para formar parte de la tumba del papa Julio II, el Esclavo que despierta, el Joven, el Barbudo y el Atlas inmediatamente nos recuerdan aquella frase de que las figuras sólo están atrapadas en el mármol y que Miguel Ángel sólo tiene que quitarles la piedra de alrededor para liberarlas.

Rastrear perfección en lo inconcluso

Aunque el David fue esculpido en una pieza de mármol supuestamente defectuosa, el pulido impecable da la sensación de que la figura hubiera emergido así, con los tendones tensos, con sangre fluyendo. De tan lustrosa, es casi imposible imaginar que sus proporciones sean producto de golpes de cincel, de manos de hombre.

Pero ahí están las otras, las inacabadas, que todavía prisioneras en el mármol nos lo cuentan todo. En una, los dedos apenas asoman, pero ya pueden verse los tendones que los moverán. En otra, el movimiento se adivina en la musculatura del torso que lucha por zafarse. Y en otra, aunque no se terminan de definir las facciones, sí se percibe la angustia que aqueja el rostro.

Los golpes están allí y la piedra ya respira, mostrando con todo dramatismo la fuerza que anima a los prisioneros a liberarse. En esos pedazos de mármol, porosos y abandonados, tenemos la oportunidad de hurgar en lo rupestre de lo sublime, de otear las entrañas de la perfección.

En la Galleria degli Uffizi, además de La Primavera de Boticelli, La Anunciación de Leonardo da Vinci y otras populares obras maestras, también hay una inconclusa: Adorazione dei Magi, encargada originalmente a Leonardo, por los monjes agustinos de san Donato de Scopeto, para un retablo.


¿Qué podría mostrarnos una pieza temprana, sin terminar y que, para colmo, según concluyeron investigaciones recientes, en la superficie no presenta ni una sola capa de pintura puesta por Leonardo? Pues nada menos que su esbozo en aguadas de tinta.

La composición se supone fue inspirada en la pintura del mismo nombre de Boticelli, pero la escena luce totalmente diferente a todas las obras que hasta ese momento se hicieron sobre el tema, en una disposición compleja y dinámicamente articulada.











Con juegos de luz y sombra, y un particular sentido de circularidad, en la pintura se crea un vórtice de acción y gestos en torno a la Virgen María y el Niño, en un primer plano, con los magos de rodillas formando un triángulo. Detrás de ellos se percibe un semicírculo de testigos, que esta vez aparecen como una masa caótica de gente desconcertada.

Cada rostro, cada expresión pareciera contener un sentimiento al que sólo faltaría cubrir con piel. Los asistentes a la epifanía no están en paz o incólumes, como en otros cuadros, sino asombrados, confundidos y hasta atemorizados.

Los magos no están erguidos, ni majestuosos, sino consternados en el suelo, mientras al fondo el mundo pagano sigue peleando, o tratando de reconstruir las ruinas de un edificio clásico, ajeno a la revelación.

Aunque la obra fue encargada antes de que Leonardo fuera considerado un “gran artista”, y por ella sólo recibió 28 ducados, cada trazo devela matices de su peculiar forma de ver –diseccionar- el mundo. En cada uno de sus fragmentos, el complejo dibujo de la Adorazione dei Magi es un estudio de anatomía, luz y perspectiva; un pequeño agujero por el que espiar las técnicas y peculiaridades del arte-ciencia de Leonardo.

(En este programa sobre la Adorazione dei Magi de FlorenceTV se muestran los resultados del estudio que los Uffizi encargaron en 2002, para determinar si la pintura podía restaurarse. Los análisis, que incluyeron más de 2000 grabaciones infrarrojas, determinaron que Leonardo preparó únicamente el esbozo inferior, pero lo más interesante es que aquí se lo ve con todos sus detalles. El video es largo pero imperdible)


domingo, 23 de noviembre de 2008

Noruega y sus museos: se necesita museógrafo de buena presencia y mercadólogo con sensibilidad (y II)

Si bien uno de mis principales intereses al visitar Noruega era internarme en los fiordos, tal como comenté en el post Noruega, Munch y el alarido infinito en la naturaleza, la otra cara de la moneda era ver las pinceladas de Edward Munch y conocer algo de historia.

No tenía demasiado tiempo y, tomando en cuenta que se trata de uno de los países más costosos de toda Europa –o del mundo-, tampoco contaba con los recursos para verlo todo.

Nada más en la capital, Oslo, existen más de 50 museos. Ninguno de ellos tiene la escala de un Louvre, todos se pueden recorrer en una jornada. Pero si pretendía hacer la excursión a los fiordos y visitar la otra gran ciudad, Bergen, Capital Europea de la Cultura, había que elegir.

Tratándose del artista noruego más conocido internacionalmente y uno de los pintores que siempre llamó mi atención –inicialmente por The Scream, pero luego más por Melancholy y por Puberty, que recuerdo me impresionó mucho en el cole-, me encaminé primero al Munch-Museet.

Antes de morir, el propio artista donó a la ciudad de Oslo todas las obras que tenía en su poder, con las que un siglo después se inauguró este museo.

Emplazado junto al hermoso Toyenparken, en el barrio Tøyen donde se crió Munch, el bunker de hormigón, cristal y acero alberga la mayor colección del artista: unos 1100 cuadros, 4500 dibujos y 17000 grabados.

Bajo el título Munch becoming “Munch” la exposición vigente se pasea por sus inicios más academicistas; por su relación con los ambientes radicales de Cristianía, especialmente con el escritor anarquista Hans Jaeger (en el cuatro); por su vuelco al impresionismo cuando visita París y conoce las obras de Monet, Renoir, Degas, Pissarro y Seurat; y, finalmente, por el giro que dio a su trabajo, al entrar en contacto con las obras de Whisder, Gauguin y Van Gogh.

Me pareció especialmente valiosa la reconstrucción de la entonces “escandalosa” exhibición de Berlin, de 1982, clausurada a los pocos días de abierta, por la intensa reacción del público y los furiosos debates en la prensa, donde se publicaron caricaturas como ésta.

No obstante, extrañé ver como por fin Munch se volvió “Munch”, la firma, el maestro fundador del expresionismo, tal y como prometía el título.

¿Y dónde quedó El Grito?

El Munch-Museet se supone atesora las obras más emblemáticas de cada uno de los períodos del pintor y grabador. Y aunque se entiende que no se expongan todas y que muchas se presten a otras instituciones, fue imposible quitarme la sensación de “¿será que me salté una sala?”, al toparme con la salida, sin ver siquiera alguna de sus versiones de El Grito –sí, cual músico, le gustaba hacer variaciones de un mismo tema, y en el caso de este cuadro, existen cuatro originales.

Tras los robos de Madonna y The Screem, el museo reforzó las medidas de seguridad, por lo cual las mejores piezas se exhiben detrás de paneles de vidrio. Sin embargo, me pregunto si no necesitarían también un museógrafo y un buen mercadólogo. Ellos probablemente hubieran impedido semejante hueco histórico y tamaña insatisfacción.

Mi guía de viajes parecía iba a ayudar a saciar mi sed de Munch. En la Universidad de Oslo –decía- estaba el auditorio donde antes se entregaba el Premio Nobel de la Paz: El Aula, célebre por los murales que el propio Munch consideró eran su mejor obra.

Fui hasta allí, pero luego de perderme por las salas de estudio y bibliotecas, una secretaria me dio la insólita noticia: “El Aula está cerrada desde hace años, ¿por qué no vas al Museo de Munch”.

Cuanto ya había perdido casi toda esperanza conseguí la “sala que faltaba”. En la National Gallery, había un salón especial donde gratuitamente se podían ver pero no fotografiar Melancholy, The Screem, Puberty, The Day After y otras entregas célebres.

El Munch-Museet cuenta con obras equivalentes que hubieran completado perfectamente el recorrido histórico del artista; pero curiosamente no las expone ahora. Tampoco explica nada en el tríptico, en los paneles o en la audioguía, que me resultó pomposa, reiterativa y poco práctica.

De museografía y mercadotecnia

Fallas de museografía también noté en el Museo Histórico. Aunque no se trata de un museo temático especializado, como el Vikingskipshuset, esperaba que hubiera algo interesante sobre su pasado vikingo.

Lo había, al igual que piezas de la cultura inuit ártica. Pero todo estaba pobremente expuesto, si acaso sólo organizado cronológicamente: algunos dioramas, algunas vidrieras con objetos; los cuales, para colmo, en caso de haber sido prestados, no eran sustituidos ni reorganizados. La aureola de polvo hacía notar más su ausencia, que el cartel avisando del préstamo.

No pude percibir un hilo conductor más o menos didáctico, ni en la distribución de las piezas, ni en el escaso material entregado. Mucho menos conseguí un toque lúdico, divertido o motivante, como el que sentí en el Museo de Historia de Catalunya, por ejemplo; ni hablar de los museos de Londres o Nueva York.

La otra sorpresa me la llevé al salir. Si bien la ciudad se muestra cosmopolita y con ese aparente balance entre humanidad, naturaleza y modernización, las tiendas de los museos y galerías me resultaron bastante limitadas, ingenuas, en cierto sentido, vírgenes ante las estrategias de marketing. Lo poco que se podía adquirir eran postales, algunas reproducciones y ciertos libros; también algo de joyería a precios estrambóticos.

Yo, que viviendo en Barcelona, de Gaudí podría conseguir hasta pañales, me quedé con las ganas de aumentar mi colección de libretas –lo único que compro en la categoría de souvenir-, con alguna que capturara la particular visión de Munch. Definitivamente a los noruegos les va mejor en el turismo outdoor.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Noruega, Munch y el alarido infinito en la naturaleza (I)

Quizá lo único que me venía a la mente de Noruega, antes de empezar a leer la guía de viajes y pisar finalmente su suelo, era su pasado vikingo, El Grito de Munch y la inmensidad de los fiordos.

Ya inmersa en la tarea, recordé que ahí se entrega el Premio Nobel de la Paz, un evento que allá me enteré se vive, guardando las distancias, cual final de campeonato: las actividades se paralizan, para sintonizar en grupo el anuncio en la televisión.

Noruega es considerado uno de los países más pacíficos del mundo –en 2007 ocupaba el primer lugar en el Global Peace Index, siendo superado en 2008 sólo por Islandia y Dinamarca– y ostenta uno de los más altos índices de desarrollo humano –el primero en 2006, y el segundo en el Informe 2007-2008.

Se la conoce, pues, como una de las sociedades más “de acuerdo” del mundo. Sigue manteniéndose fuera de la Unión Europea, aunque participa en el mercado único, y conserva muy vivo su idioma, aunque la inmensa mayoría también habla inglés.

El haber surgido en un medio hostil y a la vez benevolente –las aguas del Golfo hacen que buena parte del territorio sea habitable-, heredando un pasado de navegación y fructífero comercio, parece haberle dado a los noruegos el empuje y la apertura para explorar y abrirse caminos, asimilando lo extraño de una forma muy particular.

Son capaces de torcer y cortar la naturaleza lo suficiente como para construir los puentes, túneles y vías ferroviarias que hoy comunican el accidentado territorio, permiten la fecunda explotación petrolera y hacen ver a su país entre lo más alto de la civilización.

Pero lo curioso es que tal civilización aparece enclavada en medio de esa inmensidad natural, como si así hubiera sido desde el inicio de los tiempos, como si las casitas de colores con los puertos enfrente hubieran germinado igual que los árboles del valle, apenas derretirse el glaciar.

Y entre lo limpio de la ciudad de Oslo, el cronómetro que indica cuántos minutos faltan para que llegue el próximo autobús, y el profundo silencio sólo interrumpido por las risas de los niños que juegan en los charcos de la nieve derretida, envueltos y protegidos por la maravilla de los diseños de invierno; me pregunté qué haría a Munch pegar ese grito.

Pensé si sería la calma, el orden que lleva al aburrimiento, el tedio de tener todo resuelto. Así al menos se suelen explicar los suicidios de estas partes del mundo, desde la óptica de un país como Venezuela, donde si amaneces un poco oscuro te retan con un “levanta ese ánimo” y ser introspectivo es una especie de pecado mortal.

Pero cuando abordé el primer tren para adentrarme en los fiordos, al ver la sobrecogedora nada blanca, las cordilleras rasgadas entre la neblina y un sol que nunca llega al cenit, vi que la naturaleza también lleva un grito por dentro.

Ya lo decía el propio Munch, al hablar de cómo surgió su más conocido cuadro: “Iba caminando con dos amigos por el paseo –el sol se ponía- el cielo se volvió de pronto rojo –yo me paré- cansado me apoyé en una baranda –sobre la ciudad y el fiordo azul oscuro no veía sino sangre y lenguas de fuego –mis amigos continuaban la marcha y yo seguía detenido en el mismo lugar temblando de miedo- y sentía que un alarido infinito penetraba toda la naturaleza”.

Hay muchos que hacen este viaje como una luna de miel. Pero yo, cuando llegué al puerto de Gudvangen y tomé el bote que nos internaría en Nærøy, un fiordo lateral del Sognefjorden, el más estrecho de Europa, no pude evitar verme sumergida –y sobrecogida- en el cuadro Melancholy.

El ambiente no es sólo lo que sale en las fotos de los paquetes turísticos. Hay una atmósfera que no se puede capturar en fotografías, por más cielos azules que se retoquen –o fabriquen- en photoshop.

La orilla de un fiordo puede ser como la imagen de la izquierda, pero también como la de la derecha.










Un atardecer puede lucir como el de la fotografía y al mismo tiempo encender el grito existencial de Munch.









A pesar del agua caliente, de la calefacción cómoda y del Ferrocarril de Flam, que presuntuoso trepa la montaña, a razón de un metro de subida por cada 18 metros de distancia, el desasosiego también está allí.

Hay algo en el silencio cortado por el viento, en el trueno del hielo que se desploma en las cascadas, en la luz que cae siempre oblicua, en lo escarpado y áspero de las montañas, en la fuerza del agua que corre debajo de los túneles, en la gama de rojos y naranjas que zanja el cielo. En cada encuadre hay algo que te recuerda que no todo está bajo control.

En esta época del año y con mi humilde cámara no pude fotografiar ningún firmamento prístino como el de las guías de viajes. Pero creo que prefiero mis cielos oscuros, mis montañas grises, mis pueblecitos duplicados en el agua entre la niebla, y el recuerdo de una atmósfera que no te la puedes llevar en un souvenir y que, sin duda, capturó mejor Edvard Munch.

(Las fotos de los fiordos fueron tomadas por Susana Funes, salvo la del atardecer, capturada por Fredrik Westin)


martes, 30 de octubre de 2007

El regreso… del otro lado del río: la cata continúa desde Barcelona

Bueno, terminado el desembalaje y comprados los abrigos; ubicadas las direcciones y desentrañada la red de metro, más allá de centro turístico; completados los trámites burocráticos y controlado el aprovisionamiento de abarrotes; la cata continua, pero ahora “del otro lado del río” o del mar: desde Barcelona.

El primer fin de semana tuvo como premio la visita al bizarro, delicioso y queridísimo Park Güell. De uno de sus miradores llega esta panorámica de la ciudad.

El drak goza de buena salud, con su nariz completa, pasados ya varios meses del ultraje por parte de unos “jóvenes de estética punk” que lo dejaron chingo. Supongo ahora olfatea muy bien a quien pase por allí, por si tiene que cobrar vida y escupir fuego a algún vándalo.

La cata continuará desde aquí. Degustaremos lugares, libros, pelis, sonidos y demás detalles vitales de Barcelona, Venezuela y otros lados del mundo.

martes, 20 de marzo de 2007

Escapadas salvadoras

Los seres intensamente multitasking necesitamos de vez en cuando echarnos una escapada. No hablo de grandes viajes con océano de por medio, aunque a esos también vale la pena recurrir cada tanto.

Hablo de esas pequeñas paradas técnicas de un fin de semana o, mejor, dos o tres días entre semana, como para despegarse de jefes, clientes, empleados, familia y cuanta responsabilidad tenga uno, y dejar que todas las piezas vuelvan a su sitio o se dé alguna justa reinvención.

No soy grupera. Aunque en la universidad alguna vez me uní a la tediosa costumbre de irse a Margarita con un gentío y tener que aguantar las consecuencias de flirteos colectivos, siempre preferí las escapadas más íntimas: una amiga, una pareja o unos cuántos libros y discos, y listo.

Son días para el hemisferio derecho y los sentidos. Días para el sexo dedicado, si se está acompañado, y si no, días para la buena de lectura; para quedarse echado; para experimentar y degustar; para respirar llenando todos los pulmones; para caminar sin apuros; para conocer campesinos, pescadores, cocineros, posaderos y turistas extraños; para consentirse y dejarse consentir.

Investigando, pidiendo referencias o aventurándome de plano he identificando algunos rincones cercanos a Caracas que vale la pena explorar. Aquí presento tres de ellos:

Las Casas del Gobernador: Ubicado en Chirimena, Estado Miranda, es una de las opciones más cercanas de Caracas –se vende como a dos horas, con calma en realidad es un poco más.

No se puede decir que las playas aledañas sean las mejores o las más dóciles de Venezuela, pero las vistas son hermosas al combinar mar y montaña en un solo ambiente.

Para mí lo mejor es la atención y las instalaciones: 11 opciones de cómodo hospedaje, la mayoría con aire acondicionado –aunque a veces se va la luz-, áreas verdes y piscinas, incluyendo una pequeña de agua salada al borde del risco, mi preferida.

Los paquetes incluyen el desayuno y, en los almuerzos y cenas, a veces a uno le dejan hurgar en la cocina, para escoger el pescado que haya llegado más fresco.

Villa Majagual: Un poco más retirada de Caracas, casi llegando al Parque Nacional de Mochima, la posada está en medio de un bosque natural de unas 5 hectáreas, en pleno golfo de Santa Fe.

El lugar es fresco, ventilado, con buena comida, atención, tranquilidad y privacidad. Las cabañas son cómodas, aunque el mobiliario es bastante modesto.

Cuenta con una playita cercana que se disfruta tanto bajo el agua, con equipo de snorkeling para ver los corales, como nadando o paseando sobre botes de pedales. Hay piscinas, muchas caminerías y jardines para internarse.

Entre sus mayores atractivos está un muellecito de donde aventurarse a lugares como las Islas Caracas y La Piscina, un muy acogedor comedor y una riquísima terraza, ambos con vista a una costa rocosa privada, perfecta para tomar algo, leer y relajarse.

Posada Don Elicio: A cinco minutos del pueblo de la Colonia Tovar, quizá sea una de las mejores posadas de Venezuela.

Con comida preparada con esmero y buen gusto, atención cálida, extensos y muy cuidados jardines que rodean acogedores ambientes de estilo colonial, pero con todas las comodidades modernas, es una opción de primera clase a precios razonables.

Sin duda es la posada venezolana donde mejor he comido, disfrutando platos con personalidad a cargo de Karl Roldán Lucero: lomito al carbón en salsa de pimentón rostizado y quenelles de yuca, crema de hongos portobello con manto crocante de hojaldre, salmón con salsa de alcaparras con puré verde/rojo.

La experiencia cuenta, además, con pequeños detalles muy placenteros como merendar rodeado de un pequeño riachuelo; o despertar y conseguirse panecillos y café a la puerta de la cabaña.

Y esto es sólo el abreboca de unos desayunos domingueros memorables por frescura, sabor y abundancia -además de una magnífica vista-, ideales para cerrar un viaje hedonista.

lunes, 26 de febrero de 2007

Tu Lan: Delicioso rincón grasiento de San Francisco

Es muy fácil conseguir un restaurante gourmet en San Francisco.

Puerto internacional y cosmopolita, con tradición de tolerancia y apertura –no de gratis ha sido hogar de las contraculturas hippie, bohemia y beat-, en sus mesas están presentes los sabores y recetas de todos los rincones del planeta.

Con una historia gastronómica que se remonta a la fiebre del oro de 1948, la ciudad fue pionera de la cocina californiana durante los setenta. En las últimas décadas ha visto proliferar locales de la llamada comida étnica, sin que propuestas más ortodoxas o irreverentes pierdan terreno.

Pero entre los miles de restaurantes de la ciudad, quizá lo difícil sea ubicar esos pequeños rincones que sólo las guías muy osadas recomendarían; esos estrechos lugares, a veces un tanto sucios o ubicados en lugares turbios, refugio para los baquianos locales de buen comer, que no quieren ser acosados por enjambres de turistas o precios exorbitantes.

El restaurante vietnamita Tu Lan es uno de ellos. Ubicado en los límites del SOMA, pero en el lado “malo” de Market Street, donde de noche deben sortearse hordas de mendigos y borrachos, luce como un sucucho grasiento parecido a insigne restaurante del centro de Caracas, La nueva casa de los chinos.

No tienen manteles curtidos que voltear cuando llega un nuevo comensal, pero sí unas pringosas mesitas de fórmica y servilleteros de aluminio que, si se tiene suerte, algún dependiente rozará en un ademán de limpieza con un paño de olor sospechoso.

El detalle es que la comida es espléndida en sabor y abundancia, por lo que las pocas mesas del estrecho local siempre están llenas. Y no sólo de vietnamitas, lo cual ya pudiera ser una buena referencia, sino hasta de parejas que, por la conversa y la forma de mirarse, andan claramente de primera cita.

Los fresquísimos spring rolls destacan como platos estrellas. “Rolled bits of heaven” (bocados enrollados del cielo), los llamó alguno. Otros prefieren los roles imperiales, y a partir de allí habrá que escoger entre carne, pollo, frutos del mar, cochino, platos vegetarianos o combinados, sin olvidar los noodles.

Los precios rondan entre 5 y 11 dólares por platillo, por lo que dos personas pueden atracarse de comida por el risible precio de 25 ó 30 dólares. Eso sí, sólo aceptan efectivo y hay que admitir que, si se visita varias veces, la sazón lucirá parecida aunque se cambie de plato.

Son dos pisos cálidos para el invierno –no sé como se sentirán en el verano-, perfectos para reponer energías después de largas caminatas. La comida llega de forma sorprendentemente rápida a la mesas. Pero si se prefiere, también hay dónde sentarse en una barra alrededor de la cocina.

Una sola recomendación: coman, degusten, pero no se les ocurra ir al baño.

viernes, 23 de febrero de 2007

Zaragoza, monumental y religiosa (y IV)

La imagen que más identifica a Zaragoza y con la que cerramos nuestro recorrido es, sin duda, la de las cuatro torres mayores de la basílica de El Pilar, elevándose sobre el río Ebro.

“Aquí se venera y se besa el pilar puesto por la Virgen”, dice en su interior. Se trata del centro devocional más importante y del núcleo de la Zaragoza monumental, ubicado supuestamente en el lugar donde la Virgen María se apareció en carne mortal al apostal Santiago, ordenándole la construcción de un templo.

De grandes dimensiones, en la basílica conviven –como no es de extrañar– diferentes estilos. Entre sus valores artísticos podríamos destacar el magnífico retablo gótico en el altar mayor, esculpido en alabastro por Damián Forment, y la obra de Francisco de Goya, pintor nacido en la localidad, quien se encargó de los frescos de las cúpulas Regina Martirum y las Virtudes, uno de sus conjuntos murales más importantes.

Muy cerca se encuentra la ya mencionada Catedral de La Seo, referencia monumental especialmente después de más de dos décadas de restauración.

Allí se pueden desempolvar los conocimiento que se tengan de historia del arte, tratando de reconocer los estilos –el ábside románico, el muro de La Parroquieta y el cimborrio mudéjares, la torre barroca, la portada neoclásica, y, en el interior, el Altar Mayor con su retablo gótico.

Y bien vale la pena aprenderse algo de historia en el Museo de los Tapices. Como bien decía su encargado: “Hay que leer y luego verlos desde lejos, para ir interpretando cuadro por cuadro lo que nos cuentan”.

Simbiosis y hospedaje de múltiples culturas, Zaragoza es hoy una ciudad moderna que conserva el encanto de lo rural. “Muchos vinieron de pueblos, se vinieron a la capital, así que somos más tranquilos y hospitalarios”, comenta en un bar uno de los hijos de estos buscadores de mejor vida, curioso ante una visita venezolana y servido por una argentina, que tampoco resistió las bondades de la ciudad.

Definitivamente es en su gente y en sus callejuelas multiculturales del centro, donde se la siente más cercana.

Del Al Aldalus a la Zaragoza Mudéjar (III)

Como capital de la marca superior de Al-Andalus, Saraqusta –la Zaragoza árabe con cuya descripción continuamos esta serie- fue gobernada por Ahmad Al Muqtadir. También conocido como Abu-Jafar o Al Jafar, creó y dio nombre uno de los más impresionantes monumentos de la ciudad: el Palacio de la Aljafería, abierto luego de cinco décadas de restauraciones.

Exponente del brillo del siglo XI, cuando la ciudad era un centro caravanero en el que confluían Oriente y Europa, el Palacio de la Aljafería fue luego ampliado y reformado para convertirse en palacio cristiano medieval, después en palacio de los Reyes Católicos, y posteriormente hasta en un fuerte.

Más allá de los tesoros descubiertos, que resumen diez siglos de acontecimientos histórico-artísticos de Aragón, vale la pena fijarse en todas las técnicas y filosofías presentes en una de las más largas e impresionantes restauraciones realizadas. Los trabajos comenzaron en 1947 y terminaron en 1998, tal como lo detallará cualquiera de sus orgullosos guías.

Del palacio islámico se conserva el primitivo recinto fortificado de planta cuadrada, reforzado con torreones, y la luego llamada torre de El Trovador, en honor a una leyenda española que inspiró la ópera de Verdi.

Por su delicada belleza y detalles como un pequeño oratorio de planta octogonal, con decoración de yeso y motivos de ataurique –conservados, por cierto, nada menos que por la grasa acumulada cuando, años después, el recinto sirvió de cocina-, se lo ubica entre las cimas del arte hispanomusulmán, con aportes retomados en los Reales Alcázares de Sevilla y en la Alhambra de Granada.

Luego de la reconquista cristiana, el Palacio de la Aljafería se erigió como principal foco de irradiación del arte mudéjar aragonés, donde las características formales de las construcciones cristianas, se mezclaron con la impronta del arte musulmán en ornamentaciones de gran colorido y detalle.

Así se presentan las salas del Palacio de Pedro IV, coronadas con espléndidos alfarjes, y las capillas de San Martín y San Jorge, con labrados y artesonados de una suntuosidad digna de celebraciones reales, y que, curiosamente, también sirvieron para esconder ejemplares del Corán.

El mudéjar se ve también en otro de los monumentos que mejor puede expresar las historias superpuestas de Zaragoza: la Catedral de La Seo, un compendio de siglos y estilos, que van del Románico al Neoclásico, donde la belleza y el colorido que aporta el mudéjar a uno de sus muros exteriores son realmente destacables.

Saliendo por las callejuelas que la rodean, aparece el Arco y la Casa del Déan, apenas un rinconcito pintoresco que presenta un detalle mudéjar en el mirador de la vivienda.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Zaragoza, roma hispana (II)

Caesaraugusta, como se llamó Zaragoza en tiempos del imperio, fue el ejemplo perfecto de una colonia romana. También es el tema ideal para continuar la exploración de este crisol de culturas, que presentamos en la primera entrada de esta serie.

Caesaraugusta fue un núcleo amurallado de 15 mil habitantes, quienes disfrutaban de un foro, un mercado, un puente de piedra flanqueado por dos enormes leones, y un teatro que algunos historiadores han considerado para seis mil personas.

Aunque por trabajos de restauración no lo pude visitar, sino otear furtivamente tras la reja que lo rodeaba, ya está abierto el resultado de 19 años de excavaciones. El Teatro fue construido en la época de Tiberio, en el siglo I, y se considera fue el edificio más monumental y popular de la ciudad.

De la extensa muralla que protegía la ciudad quedan únicamente tres tramos. El más importante está ubicado al oeste y cuenta con unos 80 metros, que se extienden entre el mercado central y la iglesia de San Juan de Los Panetes.

No se trata de la principal zona de tapeo, pero allí puede tomarse alguna copa con tan particular vista, o darse una vuelta por el mercado entre pobladores reales y hacerse de algunas frutas achocolatadas de Aragón.

En la Plaza del Pilar se encuentra el Foro Romano que, aunque se presenta con una curiosa y polémica techumbre, en forma de un cubo de cristal nada caesaraugustano, alberga en una impecable propuesta museográfica restos arqueológicos del año 15 antes de Cristo.

Pueden apreciarse allí las destrezas arquitectónicas romanas, hurgando entre los cimientos de un mercado en tiempos de Augusto y de un foro de la época de Tiberio, conservados en su emplazamiento original.

Aquí también se adquieren las entradas de los otros dos museos romanos: el puerto Fluvial de Caesaraugusta y las termas públicas.

martes, 13 de febrero de 2007

Zaragoza, crisol de culturas (I)

Antigua urbe romana, medina árabe y capital de la marca superior de Al Andaluz, así como cabecera de un reino, Zaragoza es un destino turístico poco obvio de la España actual.

Pero si antes acogió a cuanta cultura pisó la península ibérica, hoy es una interesantísima alternativa para escabullirse, tanto de las controversias políticas de Venezuela, como del ajetreo madrileño.

Capital de la Comunidad Autónoma de Aragón, se jacta de quedar a trescientos kilómetros de todo; a 325 de Madrid, 296 de Barcelona, 324 de Bilbao y 326 de Valencia. En fin, a unas tres horas en tren de las principales ciudades, y gracias a una relativamente nueva ruta del AVE, a sólo poco más de una hora del primer suelo español que se toca partiendo desde Venezuela.

Aunque no está entre los destinos turísticos principales de España, se trata pues de la cuarta provincia de mayor tamaño, pisada desde hace desde hace más de dos mil años por casi cuanta cultura haya pasado por la Península Ibérica.

Al sur del río Ebro, fue la única en hospedar a las poblaciones vascona, ibérica y celta, para luego erigirse como la romana Caesaraugusta; como la musulmana Medina Albida Saraqusta o Sarakosta, capital de la marca superior de Al Andaluz; y, desde el siglo XII, como la Zaragoza cristiana, cabecera de un reino y luego una corona, que extendió sus territorios por todo el mediterráneo.

Como ciudad de más de 600 mil habitantes, cuenta con todas las ventajas de una gran urbe: comunicaciones, grandes comercios –con precios más ventajosos- teatros y cines –se encuentra a la cabeza en asistencia de España–, interesantes posibilidades de ocio y disfrute de la cultura contemporánea –es el hogar de varios artistas del rock pop español actual, como Bunbury y Amaral- y una muy buena oferta de hospedajes.

Pero si lo que se desea es escapar y se cuenta únicamente con un par de días, es preferible concentrarse en el casco histórico, que se extiende desde el río Ebro hacia el sur en todas las direcciones, a partir de las calles que fueron los centros de Caesaraugusta.

De cada Zaragoza superpuesta a la anterior, quedan huellas en la arquitectura de calles y edificios, que interminables trabajos de restauración –en algunos casos de varias décadas- mantienen en pie para mostrar todas las historias de una ciudad bimilenaria. En próximas entradas iremos internándonos en cada una de ellas.

jueves, 8 de febrero de 2007

Cacerías disqueras por el mundo (y II)

Continuando con el homenaje al moribundo CD y a la “Ceremonia de caza y cata del disco nuevo”, aquí comparto otras historias de búsquedas intensas de discos por el mundo, cosechadas por mí y otros melómanos. ¿Se parecen a alguna que hayas vivido?

J'ai le trouvé
De paseo por París andaba buscando un disco que vi en una revista londinense y no encontré en ninguna otra parte: “Seeking Pleasure”, de un grupo de trip-hop, The Aloof.

Era el último día de búsqueda intensa, sin resultados. Andaba con mi hermana y caminamos hacia la Fnac de Campos Eliseos. Ante la pobre selección de discos, hicimos una revisión somera y nos desanimamos.

Tan malo sería nuestro rostro que un vendedor se acercó, nos preguntó, le explicamos y nos dijo amablemente que, realmente, eso no lo tenían disponible. Así que salimos a despedirnos de la ciudad. Una cuadra después unos gritos. No habíamos visto nada parecido, pero no nos dimos por aludidos. El semáforo en rojo, los gritos crecieron, nos volteamos. Era con nosotros: “j'ai le trouvé” (lo encontré), decía el joven vendedor de Fnac. “Aloof, aloof, j'ai le trouvé”. Eso sí es calidad de servicio.

El laberinto lleva Miles Davis
En un viaje hacia Egipto, una transferencia de vuelos me llevó a Ámsterdam y decidí conocer rápidamente la ciudad. No podían faltar las discotiendas.

Mi búsqueda real era de grabaciones de la banda venezolana Laberinto. La idea era escuchar de los mismos holandeses que Laberinto era la gran banda de metal latino proveniente de Venezuela.

Pues en ninguna de las tiendas los conseguí. Pero buscando y buscando encontré un CD que nunca pensé tendría en mi colección. Uno imposible de localizar porque siempre estaba agotado: “Kind of Blue” de Miles Davis (1959). Uno de mis 5 discos favoritos.

Revolviendo depósitos
Cuando me volví fanático de Elvis Costello, descubrí la existencia de una caja con 5 discos que recogen una gira bien íntima de Elvis con su pianista de siempre: Costello & Nieve Box set.

Originalmente se repartió gratis en algunas radios locales en USA. Luego Warner sacó una edición bastante limitada. Las noticias en la web eran desalentadoras: sólo subastas a precios muy elevados. Aún así, apenas tuve la oportunidad de ir a Nueva York, comencé una búsqueda intensísima.

Mi hermana y yo entramos a cuanta tienda vendiera discos. Me gané su fastidio y tanto ella como todos los dependientes decían que sería imposible encontrarla. Hasta llegué a una Sam Goody's en el alto Manhattan.

Llegué con mi petición y, extrañamente, el dependiente no me desahució. Me dijo que tenía tiempo sin verla, pero que creía había una en el depósito. Y como justo estaban acomodando unas cosas, si yo quería él me dejaba pasar, para que buscara mientras duraba el trabajo que hacían.

Revolvimos… basura acumulada, discos que no comprarían ni los propios cantantes… hasta que, desde un rincón, el rosado y amarillo nos llamó. Era, tenía que ser el box set. Nos acercamos y efectivamente era. Mi hermana me felicitó. El dependiente también y señaló el precio. Conservaba su etiqueta del lanzamiento original, así que me costó unos 28$.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Cacerías disqueras por el mundo (I)

Colecciono y atesoro anécdotas de búsquedas de discos por el mundo. Otros melómanos me han contado las suyas. En honor al moribundo CD y a la “Ceremonia de caza y cata del disco nuevo”, que referimos en la anterior entrada, aquí rememoro algunas, sin nombres propios, pero en primera persona; como para que cada quien pueda recordar y sentir la excitación de sus propias cacerías.

You say potato, I say potahto
Estaba en el hogar de Louis Armstrong, donde el jazz se destila por todas partes. El ambiente en Bourbon Street disparó un viejo recuerdo: una melodía de Armstrong y Fitzgerald que escuché en casa de una amiga del colegio y que nunca más volví a oír. No sabía cómo se llamaba, sólo recordaba una estrofa que, para colmo, ni siquiera era el coro donde sí se decía el título.

Caminando frente al puerto, entré a una tienda que seguro habrá devastado el huracán Katrina. Fui hacia el vendedor, intenté explicarle lo que buscaba y ante su cara de no-sé-de-qué-me-hablas, me atreví. Le dije “la canción dice algo así” y canté: you say potato, i say potatho, you say tomato, i say tomatho…

Creo que los vendedores supieron desde la primera línea –equivocada, por cierto- de qué canción se trataba. Pero me dejaron allí cantándoles por un rato, para luego mirarse entre ellos, reírse y, al final, pararse para buscarme un maravilloso disco, The Complete Ella Fitzgerald & Louis Armstrong on Verve, con aquel tema: Let’s call the whole thing off.

Tantas vueltas para volver a mí
Por allá por los 80, Mick Fleetwood, el baterista de Fleetwood Mac, le dio un arranque de locura y se fue a grabar un disco como solista en Ghana: The Visitor. Era de pura batería y tambores africanos, entre otras cosas. Para mí era un trabajo adelantado a lo que sería lo que conocemos como world music. Yo lo tenía en vinilo, pero en una crisis económica lo vendí con todos mis viejos discos.

Ya recuperado, lo busqué por medio mundo. Pregunté en cada país que visité, pero nunca lo conseguí. El cuento es que un día entro a husmear en Comercial Carillo –el local que desde la década de los 60 vende discos de acetato en el centro de Caracas- y me encuentro mi disco. Sí, no otro disco de The Visitor, sino mi disco, el que vendí en el 93, con sus marcas y todas sus cosas. Tantas vueltas para regresar a mis manos. Ah, un detalle, ese disco nunca fue editado en CD.

Joya en remate
Lo había buscado en México, Panamá, Nueva York, Madrid, Argentina, Chile, Bogotá y no sé dónde más. El primer disco de la banda Arco Iris, la primera agrupación del maestro Santaolalla –una joyita de 1969, donde se venía venir lo que sería Gustavo-, nunca apareció. Pero caminando por la céntrica Av. 18 de julio de Montevideo, en una discotienda de remate -CD Warehouse- encontré la maravilla y por sólo tres dólares.

Una carrera por Dylan
Descubrí el “Highway 61” de Bob Dylan en un bar de Granada, en el año 1988. Un amigo y yo nos hicimos colegas del dueño del bar. Era tipo hippie setentero. Él nos hizo escuchar el vinilo que empieza con el golpe de caja de “Like a rolling stone”. Teníamos 15 años y ambos empezábamos a tocar la guitarra. (“How does it feeeeeeeeeeeeeeeel!”).

Nos quedamos fascinados así que, a la vuelta de las vacaciones, nos fuimos corriendo a “Madrid Rock” en la Calle Mayor (era una tienda de discos de dos plantas, bastante generosa). No lo encontramos de primeras. Fuimos a preguntar. El encargado nos dijo que creía que quedaba una sola unidad en un mogollón de discos de oferta, que había al fondo de la tienda. Mi amigo y yo nos miramos una milésima de segundo y explotamos a correr como locos hasta la pila de vinilos. Cada uno empezó por una esquina.

Recuerdo la excitación como si fuera hoy. Al final mi amigo ganó la partida. Nos reímos mucho cuando lo encontró. Ahí estaba Dylan con su caraza recortada en la portada del vinilo y mi amigo todo satisfecho. Al menos me lo grabó en una cinta cassette basf. Así lo tuve por muchos años, hasta que hace relativamente poco me hice con una reedición en vinilo para frikis como nosotros.