viernes, 9 de marzo de 2007

Héroes: ¡salven a la cheerleader, salven la buena televisión!

Gracias a Internet, empecé a ver Héroes –la serie que desde hoy comienza a transmitir Universal, en el cable local- cuando se estrenó en Estados Unidos en el otoño de 2006, al mismo tiempo que la apocalíptica Jericó y la oscura The Nine.

Por personal simpatía, me llamaba más la atención el tema de Héroes, con un grupo de seres humanos comunes que empieza a desarrollar poderes inusuales: un enfermero que cree puede volar, un artista capaz de pintar el futuro, un geek japonés que puede viajar en el tiempo, una porrista indestructible…

El piloto me encantó. Entretenido y bien estructurado, fue una presentación de personajes muy bien llevada, con un ritmo ágil y sin desperdicios en tensión y caracterización. Sin embargo, mantuve el escepticismo: excelente tema, sólo que muy proclive a desastres televisivos y cinematográficos.

Vi cada uno de los primeros capítulos, como esperando el duro golpe de la desilusión. Pero Héroes nunca decayó. Por el contrario, cada nuevo episodio me fue enganchando y sorprendiendo más, mientras a The Nine la abandoné a la tercera entrega.

Y cuando dos de mis contactos en el messenger, ubicados en lugares muy distantes del mundo, colocaron como su frase: “Save the cheerleader, save the World” –la clave de la serie en ese momento-, fue claro que se trataba de un fenómeno mundial.

Ritmo y caracterización

El pasado lunes 5, el capítulo 18 de la serie tuvo nada menos que 14.90 millones de espectadores, superando a Two and a Half Men y a 24.

El éxito ha sido tal que, pensada inicialmente para 18 capítulos, fue extendida a 23; las dos últimas entregas fueron grabadas dos veces, no por malas, sino porque ahora contaban con recursos para desplegar quizá los mejores efectos especiales vistos en televisión; y ya se encargó la segunda temporada.

Pero su fortaleza no parte ni se queda en la superficie. Su fuerte es la trama, la caracterización de los personajes y, sobre todo, la tensión.

Presentada inicialmente con un enfoque similar a X-Men, la serie se interna, no en las aventuras de una nueva liga de la justicia, sino en el dramático proceso en el que cada uno de los personajes –de un casting extenso y multicultural– va descubriendo sus poderes y consecuencias.

Es un paso lleno de confusión, dolor y miedo, parecido a lo vivido por el Unbreakable (2000), pero sin olvidar el lado jocoso –subrayado por Hiro Nakamura, uno de los mejores personajes-, y sazonado con misterio, conspiración, ciencia y teorías de evolución.

El manejo del ritmo y la tensión es excelente. Cada episodio va revelando y solucionando pequeñas piezas de la trama, que tranquilizan a quienes queremos desentrañar el misterio y nos fastidia la incoherencia extendida de Lost. Pero cada respuesta va desembocando en nuevas aristas o develando elementos inexplorados, que mantienen la tensión a lo largo de la serie.

Su creador, Tim Kring, dice no ser geek ni fanático de los cómics. En una entrevista afirmó sentirse más inspirado por el cine actual, especialmente por The Incredibles (2004): “I have two small children and you find when you have kids, you've got to go to movies. I was literally surrounded by (superheroes)”.

Y quizá fue esa visión más fresca la que le permitió escalar de los fanáticos del cómic y los geeks –quienes hicieron del capítulo piloto una de las descargas más populares de Internet- a las grandes audiencias.

A ellas va dirigida la intensa campaña promocional Héroes 360, conformada por varios sitios web oficiales, blogs y extras que complementan la serie, desde todas las perspectivas posibles.

El más reciente y quizá uno de los más interesantes es el sitio sobre la investigación del doctor Suresh: http://www.activatingevolution.org/. Pero no pienso sabotear a los que hoy comienzan a sintonizar la serie. Disfrútenla tranquilos esta noche, luego ya podrán explorar.

domingo, 4 de marzo de 2007

Santaolalla ronrockea

“Para todos los latinos”, dijo otra vez Gustavo Santaolalla, mientras asía firmemente y con sonrisa plena su segunda estatuilla del Oscar, ahora por la banda sonora del abanico multicoral y variopinto de Babel.

Y qué curioso que fuera el peculiar sonido del ronroco, ese charango especial creado entre grupos folclóricos de la Cordillera de los Andes, el que me hiciera sentir el desamparo en el otro extremo del mundo.

Yo recordaba muy bien el sonido de las instrumentaciones con sabor a altiplano de su disco Ronroco (1988). Pero esta vez el ronco timbre me transmitió más bien el dolor, desolación e impotencia, en el agreste terreno de Marruecos.

Y qué curioso que de allí me trasladara a Japón y que fuera la música preparada por Santaolalla -con sonidos encajonados y amortiguados que explotan en música electrónica actual- la que pudiera mostrarme el mundo interior de una sordo muda adolescente, nada menos que en una discoteca.

Para algunos esta estatuilla fue el premio de consolación a Alejandro González Iñárritu. Para mí, la película hubiera sido muy distinta sin la intervención sonora del maestro. Pude percibirla lenta por momentos, sobreextendida en esa narración por turnos.

Pero fueron los acordes de Santaolalla los que sirvieron de amalgama; los que unieron cada una de esas historias en un universo integral y verosímil, dándole, al mismo tiempo, una identidad, una atmósfera emocional y una personalidad a cada ambiente y drama particular.

Vivificador de identidad sonora

“El midas del rock latino”, lo llaman, por sus trabajos como productor de agrupaciones y artistas como los mexicanos Café Tacuba, Molotov y Caifanes, el colombiano Juanes, los argentinos Bersuit Vergarabat y los cubanos Orishas.

Músico sensible e inquieto, productor agudo y detallista, empresario organizado e incansable, Santaolla es un catador vital –no es casualidad que tenga una hacienda de vinos en Mendoza. Y en esa tarea ¡vaya que ha recorrido mundo!, incluyendo Venezuela.

Aquí vino, por primera vez, a participar en unas conferencias organizadas por la Fundación Nuevas Bandas -ocasión de la gráfica en Plaza Venezuela, junto al presidente de la FNB, Félix Allueva, y Rubén Scaramuzzino de la revista Zona de Obras. Luego a presentar su Bajo Fondo Tango Club y hasta para grabar un disco de música académica, sin olvidar el fichaje de proyectos para su editorial y sello disquero, como el venezolano Panasuyo.

Pero en lugar de explotar el rock latino como una etiqueta vacía de marketing –tal y como se volvió el realismo mágico en la literatura hispanoamericana- Santaolalla es un explorador auténtico, un arqueólogo y vivificador de identidad sonora.

Es alguien capaz de ver en sí mismo y en otros lo más genuino; lo que se puede llegar a ser antes de serlo y cumplir cada de una de las tareas necesarias para hacerlo realidad.

Sin duda fue ese germen de búsqueda de lo auténtico lo que motivó proyectos como “De Ushuaia a la Quiaca” (1985): un viaje exploratorio y musical por el interior de Argentina, junto con León Gieco, que desembocó en un álbum leyenda y reveló las joyas del folclore local, mucho antes que empresas como la de Ray Cooder y el Buena Vista Social Club.

Y es esa mirada atenta y humilde ante el talento, pero también firme a la hora de imponer disciplina; centinela de tradiciones, pero sin temor a los riesgos de la innovación, lo que hace que toda la música creada, interpretada o producida por Santaolalla suene actual, pero arraigada; auténtica, pero sin las telarañas de políticas pro-folclore.

“Describe a tu barrio y describirás al mundo”. “Muestra tu sentir y mostrarás el de cualquiera”. Ésas parecieran ser las máximas. Sólo que el barrio es mucho más complejo y diverso que Macondo, y su banda sonora incluye sonidos tradicionales, pero transmutados en otra cosa.

Así, como muestra la película de Iñárritu, el dolor, el desamparo y la impotencia se pueden sentir igual aquí, en el Altiplano, en Marruecos, en Japón o, incluso, en Brokeback Mountain.