martes, 7 de agosto de 2007

Paseo cultural con ruido

Aunque me siguen gustando las escapadas culturales entre semana (tienen el atractivo adicional y egoísta de saber que uno está alimentando el espíritu y distrayéndose, mientras el resto trabaja), este domingo decidí emprender un recorrido culturoso como lo hacía de niña.

Después de un riquísimo desayuno por las inmediaciones de La Castellana, comencé por el Centro de Arte La Estancia, donde antaño aprecié exposiciones divertidísimas y nada ortodoxas como una mágica de juguetes venezolanos.

La exposición vigente era “Abra solar, un camino hacia la luz”, de Alejandro Otero, abierta -según explicaban- “en el marco de la recuperación de la Plaza Venezuela” (ojalá, finalmente, que así sea, pronto y amén).

Empecé a recorrerla con ilusión y, para mi agrado, encontré algunas buenas imágenes y textos bastante interesantes, incluyendo extractos de una entrevista donde el artista develaba mucho de su visión y de cómo iba concibiendo sus obras.

El detalle es que los textos más reveladores hablaban de piezas que no estaban en la muestra, como Las Cafeteras. Se puede entender que no se tengan todas las obras, pero el incluir una gran disertación acerca de una pieza, sin mostrar siquiera una reproducción –y, cabe acotar, había numerosas impresiones digitales de otras creaciones- le restó muchísimo a la propuesta museográfica.

Se supone que la disposición de cada uno de los elementos de una exposición busca garantizar una unidad dialéctica entre la documentación y lo que se quiere transmitir al público: el objeto artístico. El hilo conductor debe ser claro y consistente.

Pero en este caso y, para colmo, algunos de estos excelentes textos que refiero estaban colocados al lado de obras que no nada tenían que ver, lo que hacía todavía más confuso el recorrido.

Público distinto pero escaso

Recordé que en el Museo de Arte Contemporáneo habían finalmente inaugurado la exposición de Spencer Tunick y hacia allá me fui. En las inmediaciones y escaleras no vi a nadie. Mi acompañante comentó exaltado: ¿será que ahora cierran los domingos?

Sin embargo, al entrar sí encontramos gente. Había un grupo que resaltaba, se notaba que no eran los típicos visitantes asiduos. Iban en actitud de turistas, de exploradores, como viendo todo por primera vez.

Noté por su fisionomía y su acento que muchos no eran de Caracas. La mayoría llevaba camisa roja, lo que me hizo pensar habían venido para algún acto gubernamental o pertenecían a alguna misión. Me llamó la atención que, de uno en uno, fueron posando frente a un cuadro con la imagen de una indígena, para sacarse una foto.

Encontrarlos allí me pareció curioso y positivo. Tal y como lo había notado en la inauguración de una muestra de Addo Giacobelli, gente distinta está visitando los museos.

La exposición de Tunick quedó bastante aceptable y bonita, después de superar tantos retrasos y contratiempos. El video con la experiencia venezolana y pequeños documentales de lo hecho por el fotógrafo en otras partes del mundo, fueron un buen complemento de las fotografías. Y el detalle de que los participantes pudieran firmar en su propia imagen, me resultó simpática.

Lo que lamenté fue que, además de la exposición de Tunick y unas pocas salas más, el museo estaba vacío. Casi no había obras expuestas y, a pesar de la presencia del grupo, la afluencia de visitantes era realmente escasa.

En la GAN se necesitan tapones

Crucé entonces hacia la Galería de Arte Nacional para ver la muestra de Armando Reverón, luego de su “consagración” en el MoMA. Sé que la mayoría de las obras pertenecen a coleccionistas privados –reunirlas fue uno de los principales atractivos de la individual en Nueva York-, así que quería ver qué podíamos apreciar aquí, en ese par de salas.

Pero allí se terminó de frustrar mi paseo. Y no porque no hubiera obras o estuvieran mal expuestas, sino porque simplemente el ruido me hizo huir despavorida.

No soy partidaria de galerías y museos incólumes, silenciosos como una abadía o un cementerio. Si no se los llena de gente, de actividad, de risas, de intercambios y reflexiones, terminan convirtiéndose precisamente en eso: cementerios culturales. Pero, caramba, también hay que saber escoger.

En los hermosísimos jardines de la GAN, qué bien suena un quinteto de cuerdas o, si nos vamos a cosas un poco más actuales, puede quedar bien casi cualquier agrupación musical, siempre que sea en acústico. Pero ayer, nada más al acercarme a la Plaza de Los Museos, ya se oía el retumbe de un feedback eterno.

Era una agrupación de música venezolana, perfecto. Se estaban aprovechando los espacios públicos, perfecto. Pero, caramba, a quién se le ocurre que necesitaban esa amplificación; y quién fue el sordo encargado de montar el sonido.

No recuerdo el nombre del grupo, y no entiendo cómo aceptó tocar en esas condiciones. Como melómana me indignó la situación. La música no podía apreciarse ni siquiera en los propios jardines, porque estaba demasiado alta y retumbaba totalmente distorsionada. Y dentro de las salas el ruido era aturdidor e insufrible.

Hice mis esfuerzos de abstracción, pero a los minutos tuve que salir corriendo, tapándome literalmente los oídos con las manos. Y me quedé pensando en como siempre hay un ruido, siempre hay algún detalle que termina enturbiando hasta las cosas más hermosas y valiosas que tenemos, como un Reverón o un Otero.

domingo, 29 de julio de 2007

FUR-Retrato de una pasión: la sensualidad de lo freak

Por despistada o qué se yo, no sabía nada de la película que en Venezuela y otros países hispanoparlantes pésimamente titularon “Retrato de una pasión” (Fur: An imaginary portrait of Diane Arbus, 2006).

En la copia que me prestaron no aparecía el título original. Un amigo sólo atinó a decirme muy rápidamente que estaba basada en la vida de una fotógrafa, sin mayores detalles. Y lo que aparecía en la portada eran Nicole Kidman y Robert Downey Jr. en una posición más o menos romántica.

Siendo sincera, la cosa no me llamó demasiado la atención. Sin embargo, tratándose de una fotógrafa y como Downey Jr. suele hacer papeles interesantes, decidí verla.

De entrada me encantó la advertencia: no es una película biográfica de Diane Arbus, la fotógrafa norteamericana que a partir de los cincuenta se dedicó a captar a los freaks de su época: enanos, gemelos, enfermos mentales, gigantes y demás fenómenos de circo.

La película es un homenaje, una fantasía, una historia fabulada con personajes y situaciones ficticias, que los creadores imaginaron pudieron impactar la vida de Arbus, impulsándola a convertirse en una de las fotógrafas más revolucionarias e importantes del siglo XX.

Mezclando realidad y fantasía, en un viaje parecido al de Alicia en el País de las Maravillas –el libro era uno de los favoritos de Arbus y, en el film, a Diane también le espera una taza de té-, la película relata todo el proceso interno, psicológico y emocional, que pudo haber vivido la fotógrafa para producir su primera foto. Es la transformación de una tímida mujer en una original y poderosa artista.

Ficción para revelar realidad
Dirigida por Steven Shainberg, el mismo director de La Secretaria (Secretary, 2002), el film me enganchó desde un primer momento con una estética de época, que rápidamente se ve trastocada y atravesada por las visiones de mundos extraños, los que Arbus luego captaría con su cámara.

Una luminosidad similar a la de esos comerciales de los cincuenta, cuando junto con una lavadora se quería vender la gran vida americana, presenta el mundo de riqueza y educación acomodada del que surge Arbus y al que, inicialmente, ella pretende seguir perteneciendo asistiendo a su esposo, un fotógrafo de publicidad y moda.

Pero inmediatamente una serie de encuadres y zooms a detalles retorcidos de esa realidad, empiezan a delatar la singular óptica de Arbus. Nos introduce entonces -por imágenes, color, textura e iluminación- al tono nostálgico, al vacío tras los bastidores del mundo de caja de detergente que vende un esposo amoroso, pero también distante y conservador.

A su vida de diligente madre y esposa se contrapone un excitante mundo de enanos, hombres lobo, gemelos, trasvestis… seres diferentes y fascinantes, presentados por un nuevo y enigmático vecino, Lionel, encarnado por un Robert Downey Jr al que, tras una maraña de pelos, sólo se le ven unos tiernos y enigmáticos ojos hasta el final de la película.

La belleza de lo inusual
Shainberg conoce bien el mundo de Arbus. Su tío era amigo de la fotógrafa y él creció viendo sus imágenes en las paredes de su casa. “La mayoría de los padres leían cuentos a sus hijos por la noche mientras que yo, cuando me iba a la cama, pasaba por delante de la foto del Gigante Judío”, comentó a TriPictures, refiriéndose a una de las fotos más conocidas de Arbus: Jewish Giant at Home with His Parents in The Bronx, NY (1970).

Aunque la película creó muchas expectativas, ni la crítica ni la taquilla la trataron muy bien. El abordaje a la transformación-maduración psicológica de Arbus no es el de una Madame Bovary, ni mucho menos. Y algunos problemas de ritmo atentan contra la inmersión total del espectador en la historia.

Sin embargo, muy bien interpretada tanto por Kidman como por Downey Jr., a mí me mantuvo atenta y me pareció interesante al crear –como las fotos de Arbus- un ambiente torcido cargado de una particular sensualidad, especialmente a través del personaje de Lionel.

Lo misterioso siempre es atractivo, pero en este caso es lo extraño, lo fuera de lo común y lo que para algunos pudiera parecer monstruoso lo que atrae a Diane. Allí está, por ejemplo, la escena en un bar de enanos, donde ella queda embelesada ante los galanteos de una pareja, o el baile amoroso con un trasvesti.

Ciertas escenas como la visita de los freaks a la casa de los Arbus –por cierto, todos son seres reales porque no se quisieron usar efectos especiales- me hicieron recordar la película Big Fish (2003).

Y la referencia más obvia a la relación surgida entre Lionel y Diane es La Bella y La Bestia de Jean Cocteau. Sin embargo, Lionel también me trajo a la mente el Minotauro de Los Reyes de Julio Cortazar: adorable y monstruoso, guía y protector de las artes, de los mundos no convencionales, de la verdad más profunda.

Y es que, si bien en la Bella y la Bestia, Belle se enamora del monstruo a pesar de sus deformaciones físicas, en FUR, Diane se enamora de Lionel debido precisamente a su físico inusual.

Inspirada en el libro Diane Arbus: A Biography de Patricia Bosworth, no es la mejor película que pudiera hacerse de esta curiosa artista. No obstante, me resultó un interesante homenaje a su estética e imaginería, y una forma original, rara, sensual y hermosa de mostrar los dilemas que pudieron ocupar a alguien capaz de ver lo grotesco en un glamoroso desfile de modas y, en cambio, percibir la belleza de un niño con un gran lunar morado en la cara.

Argumento:
A mediados de los años 50, Diane Arbus es en un ama de casa modélica que trabaja como asistente de su esposo, un fotógrafo de moda y publicidad. La llegada de un nuevo y curioso vecino, Lionel, quien de niño fuera exhibido en ferias por su abundante vello corporal, marca el inicio de un viaje a mundos poco convencionales y a su descubrimiento interior, que culmina en su transformación de dócil esposa en artista de vanguardia.

Ficha técnica:

Dirección: Steven Shainberg
País: EEUU
Año: 2006
Duración: 122 min.
Género: Drama
Interpretación: Nicole Kidman (Diane Arbus), Robert Downey Jr. (Lionel), Ty Burrell (Allan), Harris Yulin (David Nemerov), Jane Alexander (Gertrude Nemerov), Emmy Clarke (Grace Arbus), Genevieve McCarthy (Sophie Arbus), Boris McGiver (Jack Henry), Marceline Hugot (Tippa Henry), Mary Duffy (Althea), Emily Bergl (Alicia).
Guión: Erin Cressida Wilson; inspirado en el libro biográfico Diane Arbus de Patricia Bosworth.